El público que llenó la noche del jueves el teatro principal de la ciudad francesa de Nimes, la sala Bernadette Lafont, salía del espacio con una sonrisa y el ánimo en alto. Es el efecto que provoca el baile de María Moreno en su más reciente creación, Magnificat, que, pese a la barrera del idioma, se entendió a la perfección en la ciudad.
María Moreno (Cádiz, 1986) ha conseguido, con Magnificat, transformar uno de los episodios más venerados de la tradición cristiana en una celebración flamenca que respira alegría, complicidad y autenticidad. La religión es aquí un marco, el espacio desde el que imaginar lo que siente una mujer que recibe la noticia de que está embarazada y quiere celebrarlo con su prima, que también lo está.
En Magnificat -estrenado en junio en la primera Bienal de Flamenco de Madrid-, Moreno recrea la Visitación, el encuentro bíblico entre la Virgen María e Isabel, ambas embarazadas, que dará lugar a la oración del mismo nombre. Pero no se limita a una interpretación literal: su genialidad reside en entender este episodio como lo que realmente es, el encuentro gozoso entre dos mujeres que celebran la vida que llevan dentro. Y lo hace con las herramientas que mejor conoce: un flamenco que respira profundidad pero no tiene corsés ni barreras que le resten libertad.
Con un elenco de cómplices cuya profesionalidad no resta un ápice de emoción, alegría y ganas de pasarlo bien, Moreno puso en pie al público, al que supo trasladarle ese momento gozoso que ella misma está viviendo en su carrera.
Su presencia escénica es arrolladora desde el primer compás por alegrías, cuando sale juguetona y establece pronto un diálogo cómplice con los músicos: la guitarra de Raúl Cantizano, el cante de Miguel Levi y las palmas, jaleos y tantos recursos más del incombustible e imprescindible Roberto Jaén. La bailaora está, literalmente, en estado de gracia: su baile es rotundo, completo, salvaje y técnico a la vez, un torrente de fuerza expresiva que nunca pierde la elegancia ni la precisión.
La energía del espectáculo se mantiene siempre en alto y alcanza su cénit cuando entra en escena Rosa Romero -actriz, cantante y performer gaditana-, que la jalea, juega con ella, baila con rotundidad y sencillez y, lejos de robar la escena, la eleva aún más. Qué difícil es lo que hace este elenco y qué sencillo parece. Todo se siente ligero, natural, espontáneo. Qué admirable lograrlo y transmitirlo.
También Raúl Cantizano se vuelve imprescindible. Aquí trasciende su papel de acompañante para convertirse en un tercer protagonista de la historia. Toca con tino y emoción, en el mismo tono en el que se desenvuelve la obra, y tras el encuentro entre María e Isabel (o María y Rosa) se coloca en el centro de la escena: ataviado con casco romano y cordón a modo de banda, no solo toca sino que canta, baila y jalea. Su aparición con guitarra eléctrica para interpretar un Magnificat que desemboca en unas sevillanas corraleras demuestra que la propuesta de Moreno no teme a la experimentación ni a la mezcla de registros.
La obra es sin dudauna fiesta. Una celebración de la vida, de la amistad femenina y de la libertad flamenca. Y qué necesitados estamos de encontrar motivos para celebrar la vida en estos tiempos oscuros que nos acechan.
Ternura y emoción de la guitarra
A la fiesta llegamos después de vivir una tarde de ternura y emoción distinta y poco habitual, de la mano de Joselito Acedo (Sevilla, 1979) y su padre y maestro, José Acedo. Ambos construyeron en L’Odeon, la segunda sala del festival, un recital de guitarra estrenado en 2024 -qué refrescante es un recital en el que solo hay guitarras- basado en el repertorio de Niño Ricardo como homenaje a él y a la escuela sevillana, Recuerdo a Sevilla 50 años Niño Ricardo.
El recital, que Acedo fue anunciando a la manera antigua, como se hacía en las grabaciones históricas, partió de danzas árabes y siguió por fandangos, alegrías, bulerías, soleá, farruca (con guajira y colombiana), seguiriya y Recuerdos de Sevilla como cierre, que no fue tal, porque el público pidió un bis con una ovación atronadora. Los guitarristas, sorprendidos, respondieron con una nueva versión de las bulerías.
En solitario o en dúo, ambos transmitieron no solo la emoción de las piezas, sino la del momento. “Qué maravilla poder compartir escenario con mi padre”, admitía Joselito desde las tablas, que decía venir al festival por tercera vez y, como suele ser habitual en los artistas que pisan estas tablas, reconocía lo especial que es para ellos una cita que ha crecido tanto en los últimos años.
Compás detenido, guitarra cálida, técnica al servicio del instante, ilusión, respeto, miradas cómplices y ternura. Honestidad en la sorpresa ante la ovación y en el agradecimiento sincero. De esto va el arte: de emocionar desde la generosidad del que comparte su sensibilidad con el mundo.
Fotografías ‘Magnificat’ de María Moreno por Sandy Korzekwa










Fotografías Joselito Acedo & José Acedo – Recuerdo a Sevilla 50 años – Sin Niño Ricardo por Sandy Korzekwa
Mientras tanto, la ciudad ofrecía más opciones para los aficionados. La exposición de la fotógrafa oficial del festival, Sandy Korzekwa, maestra en capturar instantes únicos de emoción sobre el escenario y fuera de él -en los encuentros con el público, en el backstage y en otros espacios-. Las imágenes pertenecen a la edición anterior del festival, Entre bastidores de la 35ª edición del Festival de Flamenco de Nimes. Rocío Molina, Ana Morales, Andrés Marín y tantos otros protagonistas con nombre propio, pero también escenas espontáneas del equipo técnico. En blanco y negro, lo único que se echa de menos en la muestra es una mayor cantidad de copias impresas, ya que muchas aparecen proyectadas en monitores.
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