Qué cargamento de topicazos solemos volcar en Andalucía. En la imaginada, pensada o habitada: tierra y luz, mantones floridos, patios de vecinas, alegrías desbordadas, fatiga compartida… Tierra Bendita juega con todos ellos, los recoge y los despliega como si fueran estampas de un álbum identitario, pese a que es absolutamente imposible meter Andalucía (ni ninguna otra región) en una caja de zapatos.
Galería fotográfica por Ana Palma y vídeo
El Ballet Flamenco de Andalucía, fundado en 1994 bajo la dirección inaugural de Mario Maya, nació con un mandato claro: custodiar la tradición, difundir el repertorio histórico, sostener los estilos clásicos y actuar como embajada artística del flamenco dentro y fuera de España. En ese marco se sitúa Tierra Bendita, una propuesta que asume abiertamente su vocación institucional y su estructura de gala. La sucesión de números funciona como muestrario de palos y estilos, aunque esa arquitectura en forma de suite diluye una posible línea narrativa más vertebradora.
Ese planteamiento bordea el riesgo de acomodarse en fórmulas reconocibles y en imágenes ya asentadas del imaginario flamenco, sin adentrarse en territorios de mayor espesor dramático. Hay pasajes donde el virtuosismo técnico —incuestionable— prevalece sobre una hondura expresiva más sostenida, y donde la brillantez formal no siempre se traduce en profundidad emocional que nos cale los huesos.
Algunas transiciones resultan más funcionales que orgánicas, y la sorpresa que asoma en determinados detalles coreográficos se mantiene dentro de márgenes estéticos seguros. Aun así, el disfrute del virtuosismo y la entrega del elenco es innegable, sostenido por un rigor técnico que confirma la solidez y madurez de la compañía, aunque nos quedamos con las ganas de verla navegar en aguas más profundas, sobre todo porque sabemos de lo que es capaz su directora actual.
Entre los momentos más celebrados, el paso a dos por granaína de Ángel Fariña y Lucía La Bronce, de una delicadeza precisa y entregadísima; los tangos de Sofía Suárez, talentosísima bailaora utrerana que aportaron frescura y carácter; la intervención de Araceli Muñoz con el mantón, muy resuelta y vivaz al final de las cantiñas; el solo de castañuelas de David Chupete, reivindicando el instrumento como verdadero protagonista de percusión, actual y no rancio. No se quedaron atrás las voces de Amparo Lagares y Manuel de Gines, que elevaban y sostenían el baile. O la actitud de los guitarristas, José Luis Medina y Jesús Rodríguez, atentos hasta el último milímetro del movimiento, en una lección de acompañamiento real que emocionó. Mención especial a este último en su pataíta por fiesta final: se nota que tiene en casa de quién aprender.
Patricia Guerrero, desde la dirección escénica y coreográfica, aporta detalles muy suyos que enriquecen y sorprenden. Aparte de eso, su presencia como protagonista declamando el poema Juerga en el cielo dedicado a Ramón Montoya —figura a la que ya rindieron homenaje con Estévez y Paños hace justo una semana— nos permitió ver a la bailaora granaína en otras lides, con una intención dramática y una vis escénica arrolladora, aparte de su baile, cabal y brillante en la siguiriya y en la bulería por soleá.
En conjunto, Tierra Bendita refleja la misión de la compañía: mostrar el flamenco de Andalucía a un público amplio y de forma asequible, pero con precisión técnica y una belleza que deslumbra. Y consiguen que, al salir del teatro, la vibración continúe, aunque quede la curiosidad por ver a la compañía explorar territorios más arriesgados en futuros montajes.
Galería fotográfica Ana Palma y vídeo – Especial Festival de Jerez 2026
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