Fue una noche clásica, de las que ya casi no se conceden. Lo anunció con tino y memoria Paco Paredes en su presentación: “una noche como las de antaño, de aquellos festivales de verano que terminaban a las cinco de la mañana”. Y algo de esa liturgia -de ese tiempo suspendido donde el cante manda- se respiró el viernes 20 de febrero en el auditorio Pilar Bardem, con sus cerca de mil butacas ocupadas por un público que no necesitaba arenga: sabía a lo que venía.
El ciclo Rivas Flamenca, que cada febrero convoca a la afición con rigor y criterio, había abierto el jueves con los jóvenes valores premiados en 2025: Gregorio Moya, Lámpara Minera, y Salomé Ramírez, Desplante femenino. Pero el viernes el cartel reunía dos nombres mayores: Antonio Reyes y Aurora Vargas. Como artista invitada, la bailaora Pastora Galván.
Abrió la noche Antonio Reyes, vestido de blanco impecable, con esa sobriedad que anticipa concentración. A la guitarra, Pepe del Morao, elegante y lúcido, dueño del soniquete que define a su casa; en las palmas, Tate Núñez y Manuel Vinaza.
Reyes arrancó por soleá de Charamusco, evocando a “uno de mis espejos”, según sus propias palabras, templando el aire, con entrega y acierto. Siguió por tientos que remató por tangos, dejando que el cante fluyera con esa línea suya de dulzura tímbrica y control expresivo tan características suyas. En las alegrías tuvo un recuerdo para Camarón de la Isla y su Bahía de Cádiz, y el auditorio recogió ese guiño con complicidad.
Su voz -caramelo y brasa a la vez- desplegó sus melismas gitanos sin artificio, con intensidad y jondura medidas. Cerró por bulerías y, ya en pie, regaló fandangos que confirmaron la conexión: aplausos rítmicos, oles sostenidos, ese murmullo que solo nace cuando el cante cala.
En medio, Pastora Galván había irrumpido por seguiriyas. Vestida de negro, con un traje de flecos y brillos cuya estrechez parecía desafiar su propio arrebato, levantó al público de sus asientos. Hubo flamencura, desplante y una tensión contenida que se resolvía en cada remate. La escena ardía en su zapateado y en un braceo que dibujaba sombras sobre el escenario.
Aurora Vargas, ciclón de verdad y entrega
Tras un breve descanso, el escenario dio paso a Aurora Vargas. Vestida de verde intenso, luminoso, también jalonada de flecos, salió con la determinación de quien no negocia su verdad. Dueña de los tiempos, del silencio y del estallido, desató el ciclón que siempre ha sido en escena. Magníficamente apoyada en la guitarra sobrada de colores e intensidad de Paco León, con un toque claro y enérgico, y abrazados ambos por las palmas y jaleos de Diego Montoya, Manuel Salado y Javi Peña, Vargas fue la dueña y señora del escenario.
Su quejío roto y profundo -voz de arena, grito que recoge el lamento de un pueblo entero- atravesó el auditorio. Cantó por alegrías, por tangos y por bulerías, en un derroche de entrega directa, sin red. La silla le quemaba y el respetable en seguida la vio también bailar. Rivas asistió a una estampa portentosa de arte frontal, sin concesiones, y a la vez generoso. Quiso dedicar el recital a las víctimas del accidente de tren de Adamuz, y el silencio fue entonces otro tipo de música.
El cierre fue un mano a mano hermoso, casi ceremonial. Reyes, microfonado; Vargas, a voz limpia, a pecho descubierto. Se buscaban, se escuchaban, compartían versos que se entremezclaban en una combinación soñada. Pastora Galván volvió para rematar por bulerías con su arte encendido.
En el último tramo, Antonio Reyes evocó al inolvidable Pansequito y comenzó a entonar Este loco. Aurora recogió el testigo, lo abrazó con su eco áspero y juntos sellaron la noche.
El público, en pie, sostuvo la ovación. Hubo aplausos largos, oles que no querían apagarse y esa sensación de haber asistido a algo que no se repite. Una noche clásica, sí: de las de antes. Pero también una noche viva, actual, con dos voces -Aurora Vargas y Antonio Reyes- recordando que el flamenco, cuando es verdad, no envejece.
Vídeos & fotografías: @Manjavacas.flamenco
































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