Manuela Carpio, la del baile ingobernable, abre la XXX edición del Festival de Jerez
Galería fotográfica Ana Palma y vídeo
Pocas veces el montaje inaugural del Festival de Jerez arranca sin programa de mano, ni en papel ni en la web. Raíces del alma se presenta, por tanto, desnudo de argumento y cargado de nombres de muchos quilates: una ficha técnica que, si la lees de corrido, te desmayas. Lo del motivo importaba poco, porque la Carpio renueva una y otra vez los mismos votos con el baile gitano, con la Plazuela y con algo que se le da de maravilla: convocar y rodearse de su gente para el disfrute, propio y ajeno, que en el flamenco es territorio compartido.
Así, el primer estreno absoluto de la XXX edición del certamen jerezano llega al Teatro Villamarta como el baile de su urdidora: ingobernable. Primero con los tiempos: empezó pasadas las 20:30 y a las 22:30 aún abría el fin de fiesta. Y después con una estructura que, a ratos inconexa y con transiciones sin pulir y tiempos muertos, florecía cada vez de un ramillete distinto, nuevo, alargándose. Eso sí, a golpe de momentitos de gloria.
Es en ese caos donde reina esta forma de abordar y vivir el flamenco, donde nadie espera el argumento. Puede pasar cualquier cosa y el público lo sabe, por eso permanece atento: en cualquier giro aparece un hallazgo nuevo que celebrar. Manuela Moneo Carpio bailó menos de lo habitual, pero se mostró arrolladora en sus intervenciones, primero por alegrías, después (muuuucho después) en su feroz soleá, y por supuesto por bulerías, donde baila, canta con carisma y libertad y hace de maestra de ceremonias leyendo clarividente las intenciones del personal. Y esto también es cuidar a los demás.
La dueña de las piernas más veloces (y musculadas) del baile jerezano alimenta los vínculos convocando a su candela a su histórica artillería, ampliada para la ocasión. Así, caminó con las guitarras de Juan Requena y José Gálvez y el soniquete y compás de Torombo y Oruco que, además de sostener el edificio toda la noche, remataron con yunque y martillo y su vueltecita corta y al pie otro momentito para quedarse a vivir. También Susana Casas, Saray García y Rocío Marín (por favor, que se prodigue más esta mujer) aportaron su saber con un baile desde la silla lleno de expresividad y reaños, como mandaba la tesitura.
En el cante, la arroparon como a ella le gusta Enrique El Extremeño, Manuel Tañé y Miguel Lavi. Y respecto a este último necesito pedir a quien corresponda que la caverna surcada de betas de oro desde la que se abre en canal este gitano menudo sea patrimonio de la humanidad a la brevedad.
Cuando llegó el triángulo de fuego Triana-Lebrija-Jerez se paró el tiempo, literal y metafóricamente. Anabel Valencia, La Macanita, Angelita Montoya (que es una placa tectónica de compás y proyección de la voz), El Tolo y El Barullo (que aprovechó para poner la soleá de su casa sobre la mesa), y José Valencia cerró volviendo a Lebrija con age y poderío. Cada intervención estiró unas costuras ya al límite y bloqueó el avance de la propuesta general, es cierto. Ahora bien, el peso y el sabor de todas ellas mereció cada segundo, aunque se dilató tanto el asunto que algunas llegamos a dudar de dónde estábamos y si era de día o de noche.
Por eso en el fin de fiesta ya no sabíamos dónde meter tanto suceso, así que recojo aquí la pataíta del hijo de Juanillorro, Juanito Carpio, y lo que Manuela le dijo a Iván, “viva mi tierra, la urti”, de la última, que nos vamos, que nos vamos.
Qué quieren que les diga. Han sido tiempos duros, el mundo está difícil, mucha gente pasando fatigas, hacía meses que no veíamos el sol en la Baja Andalucía, así que, pese a todo, estos ratitos de gloria y primores que cantaba la Montoya nos llenan el alma de flores.
Galería fotográfica Ana Palma y vídeo – Especial Festival de Jerez 2026
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