El flamenco despide a uno de sus bailaores más auténticos, radicalmente fiel a una forma de entender el arte sin concesiones ni artificios. Juan Ramírez, nacido en Mérida el 16 de junio de 1959, ha fallecido dejando una trayectoria marcada por la pureza, el rigor y una concepción del baile hondo en la que el cuerpo —y de manera especial los pies— se convertían en instrumento de verdad.
Hecho a sí mismo, Ramírez defendió siempre un baile ajeno a modas o influencias externas, una expresión directa de lo que se siente y se pisa. Su territorio natural fue el zapateado, donde alcanzó una dimensión excepcional. Ángel Álvarez Caballero escribió en El País: «Todo su arte lo acumula en los pies que convierte en instrumentos de percusión». Joaquín Albaicín señaló en ABC que estaba «justamente considerado uno de los nombres de primera línea del baile hondo de hoy» y que representaba «la verdad del baile gitano».
Iniciado en el baile a los diez años, Juan Ramírez se formó con maestros fundamentales del flamenco como Matilde Coral, Manuela Carrasco, Angelita Vargas, El Mimbre, Manuela Vargas o La Chana, entre otros. En 1982 fue seleccionado para participar en la Bienal de Arte Flamenco de Sevilla, obteniendo el Giraldillo, y en 1986 recibió el Premio Nacional Pastora Imperio, convocado por el Ayuntamiento de Córdoba.
Más allá de su trayectoria escénica, Juan Ramírez fue un maestro de baile flamenco fundamental, cuya labor pedagógica marcó a toda una generación de jóvenes bailaores. Desde espacios clave como Amor de Dios, en Madrid, y a través de cursos y seminarios impartidos en España, Francia, Alemania y otros países, transmitió una manera de entender el baile basada en el compás, la verdad del cuerpo y la fidelidad a la raíz. Muchos de los bailaores que hoy ocupan los escenarios reconocen en su magisterio una influencia decisiva, no solo técnica, sino también ética y artística.
Su carrera estuvo ligada a figuras capitales del flamenco. En 1985 participó como bailaor en la gira europea de Paco de Lucía, con quien volvería a bailar años después en la clausura de la Cumbre Flamenca de Madrid. Compartió escenario con artistas como Camarón, Enrique Morente, Sara Baras, Antonio Canales, Lole y Manuel, Tomatito, Ketama, El Potito o La Macanita, actuando en espacios emblemáticos como el Teatro Albéniz, el Monumental de Madrid, el Palau de la Música de Barcelona, el Palau de Valencia o el Teatro de la Villa de Madrid, donde protagonizó un recordado mano a mano con Antonio Canales.
En el ámbito discográfico dejó su huella en grabaciones históricas como Siroco de Paco de Lucía, Misa flamenca de Enrique Morente o Potro de rabia y miel de Camarón. También creó su propio trabajo, Más flamenco que el tacón, título que definía igualmente su espectáculo y su manera de estar en escena. En este proyecto participaron artistas como Remedios Amaya, Raimundo Amador, Parrita, La Barbería del Sur, Jorge Pardo, El Guadiana, El Viejín, Ramón Jiménez, El Niño Jerónimo o El Maca, entre otros.
Juan Ramírez fue además un maestro respetado, impartiendo cursos y clases en Amor de Dios (Madrid) y en numerosos puntos de Francia, Alemania y otros países, así como por toda la geografía española, transmitiendo una concepción del baile basada en el compás, la raíz y la honestidad artística.
Artista invitado y figura principal en certámenes como El flamenco viene del sur en el Teatro Central de Sevilla, mantuvo durante décadas una presencia constante en los escenarios, siempre fiel a un lenguaje propio y a una idea del flamenco entendida como verdad.
Con su muerte, el flamenco pierde a un bailaor esencial, un artista que hizo del tacón palabra y del compás destino.

Juan Ramírez en Flamenco on Fire – foto: Rafael Manjavacas
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