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El lio de Monte Pío Flamingo, la Vietnam de Sevilla 2018

Miguel Ángel Vargas. Jornalero de la cultura, estudiante de doctorado, historiador del arte, director de escena y dilettante professional.
29 de diciembre de 2017

Miguel Ángel Vargas

Resumo, a petición, el año flamenco que he vivido. Nada nace nuevo de la nada, que todo viene de todo, de lo que sea, del 2016, por ejemplo. Empecé el año con sendos trabajos flamenco/teatrales, el uno como co-responsable de la sección de Teatro del proyecto alemán "RomArchive" y de la dirección, dramaturgia y escenografía del espectáculo Gila, con José Valencia. Lo compagino todo con el avance de la investigación de mi tesis (Los artistas gitanos frente al Gitanismo en Sevilla y Cádiz 1746-1812) y con la buena nueva de que mi mujer traía vida al mundo. Todo se acumulaba.

Seguía siendo concejal-portavoz de Ganemos en el ayuntamiento de mi pueblo, con trifulcas flamencas decoloniales incluidas... Sí, chacho, los flamencos también participamos de las cosas de la res publica.

Participé en una interesantísimas jornadas en abril en Budapest sobre Acercamientos críticos a los Romani Studies, esto es, a los estudios gitanos pero en clave crítica corrosiva como la lejia blanca sobre el traje de un cantaor escarabajo. Mi ponencia versó sobre porqué en España no tenemos departamentos de Romani Studies. 

Básicamente, la flamencología se lleva todos los recursos de tiempo, espacio y visibilidad política. Curioso que los flamencos se quejan de que no se les tiene en cuenta y yo voy descubriendo que los gitanos no aparecemos porque el flamenco lo copa todo. Con las flores de mayo, llegó por fin mi dimisión como concejal en Lebrija (se enteren los sordos del ABCedario). El bombo de mi mujer aumentaba pero pude concentrarme algo más en el curre del RomArchive y el Doctorado. Craso error. 

Tras mi participación en las jornadas sobre el Big Bang de lo Flamenco de Archidona vino el lio de Monte Pío Flamingo. El Maestro decide apostar por mí pa que nos partan la cara con la Vietnam de Sevilla del 2018 y en el momento en que lo naquera con el eray que jabiyela el mando munisipá en pormenores culturales, mi vida... (mi mujer, el bombo, el Doctorado, los currelos varios...) da un vuelco y paso a estar expuesto en el ojo de huracán: ¿quién es este muchacho que dicen que a llevar la producción de la Bienal? El resto, por cosas de las vidas, ya es casi sabido. Aprendimos mucho y hemos soñado mucho. Y ya está. Sigue la vida, siguen los potajes demandando avíos. 

Vino Lucía al mundo y los relojes se me pararon: 12 de octubre, día de la Resistencia de los Pueblos Indígenas. Confluencias de familias gitanas de Algeciras, Lebrija, Jerez, Triana. Su madre Teresa es el árbol fuerte al que me agarro ante los vértigos de las vidas. Noviembre, como el disco de Tom Waits: sigo con el Doctorado, RomArchive, haciendo trabajos para mis flamencos de dirección, iluminación, producción en precarios... Incluso me dio tiempo el año para protagonizar una performance anti-gitanista en la inauguración de una exposición de artistas gitanos contemporáneos  en Granada  (Gloria para el difunto artista gitano inglés Damian Le Bas) y hasta de empezar a crear la posibilidad soñada de tener una compañía de danza teatro contemporáneo con jóvenes gitanos con la gran Belén Maya. (Primicia, séanme pacientes). 

Cierro el año con los preparativos sobre un foro que coordino el próximo 24 y 25 de enero de 2018 en Sevilla para ERIAC, European Roma Institute for Arts and Culture, entitulado: Déjame que te cuente: Déjame que te cuente. Foro de discusión sobre Gitanos y flamenco. Nuevas perspectivas de un viejo arte. 

Y lo último, creo, porque no descarto algún que otro follón/proyecto: mañana estaré con mi amigo, jefe y maestro José Luis Ortiz Nuevo en el estreno de su manifiesto teatral "La verdad salió perdiendo".

Cierro, compares, el año, diciendo: La tiesitud será inconmensurable pero el amor es más grande que el sistema que lo oprime. No me sean cantamañanas y acepten a todos los que vayan a compás, y al que no lo lleve, sean pedagógicos y se lo enseñan, que a lo mejor aprenden a hacer compás con las palmitas en las piernas. 

Epílogo: Viva Morente, que se casó con una gitana.

La verdá salió perdiendo