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El regreso de la Caracolá. O cómo Lebrija alimenta su savia

Con un intenso y nutrido programa que se fue desgranando del 9 al 17 de julio, la Caracolá Lebrijana celebró su edición número 56 apuntalando la materia prima flamenca local e instalando la ternura en cada uno de sus actos. Este año, especialmente emotivo por la ausencia de 2020, lo es todavía más por la concesión del Caracol de Oro a uno de los creadores de este festival, Pedro Peña Fernández.

El hijo de María La Perrata recibió la insignia lebrijana visiblemente emocionado y, arropado por familiares y amistades que abarrotaron la Plaza del Mantillo, vio -todas lo vimos- cómo la noche se convertía en un dulce homenaje a su persona. Sucedió al compás que caracteriza Lebrija, al golpe, pascuchá, sin giros arrebatados sino con almíbar que paladear entre una sílaba y la siguiente.

Lo supimos cuando la guitarra de uno de sus hijos, la de Pedro María Peña, acompañaba a la artista invitada Inés Bacán en una Caravana de los Gitanos que acabó cantando hasta el apuntador y que trajo los aromas de La Perrata justo esa noche, tan pertinente. ¡Ole mi tía María!, jaleó Inés, acordándose, porque ella siempre se acuerda. Lloramos canales.    

Y se confirmó en el remate de su otro descendiente, David Peña Dorantes, que cerró la velada con su lenguaje particular al piano, esa caja de herramientas que une a Prokofiev y a Manuel Torre, al Lebrijano y a Hiromi Uehara, a Manuel de Falla y a Debussy. Conmovió lo que tocó, pero más hirieron las palabras que dedicó a su padre desde el escenario, mirándolo a los ojos, rebosante de gratitud: parecía llevar años juntando ganas para honrar su estirpe y derramar toda su investigación allí, justo esa noche, tan propicia. Te fuiste sin despedida, David, pero no te faltaron palabras, tampoco paladar.

La Caracolá de 2021 consumó la cuadratura del círculo: cerró con una dinastía, la de los Peña, y había abierto con otra, la de losMalena. Los árboles genealógicos impresionan y dan cuenta del sendero de la sangre, pero poco dicen de las ausencias, de la gratitud y del apetito; del calor y del amor, de incentivar la búsqueda y la reivindicación o de inculcar sin medida. Por eso emociona ver sobre las tablas las costuras de cada linaje. En los pespuntes está todo: quién lo teje y con qué mimbres.

Emocionantísimo cierre de un festival que recibió también a otras de sus joyas: José Valencia, Concha Vargas, Pepe Montaraz o Fernanda Carrasco, amén de documentales, conferencias y la puesta de largo del ansiado Centro de Interpretación del Flamenco de Lebrija. Decimos cierre porque algo hay que decir, porque el flamenco en esta localidad sevillana que se asoma a Cádiz no acaba nunca.

 
 


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