Este festival de la guitarra es una de las grandes novedades de la historia del flamenco en este siglo XXI. Me pongo solemne porque la ocasión lo requiere. El invento es obra de Antonio Benamargo y nos ha regalado sesiones fabulosas, gracias a un formato tan sencillo como eficaz construido desde la tradición.
A Sabicas le ofrecieron cerrar un festival en su honor y el maestro navarro lo dejó claro: “En el flamenco primero va el toque, luego el cante y después el baile. Yo salgo el primero”. Santa palabra.
Así que aparece Chicuelo en el centro del escenario e interpreta una granaina que es un palo que reconocemos los que nos hemos criado con Jim Morrison y The Doors. Si el día anterior Manolo Franco nos ofrecía un viaje a la belleza del instrumento, Chicuelo añade una dinámica extraordinaria. La combinación entre melodía y ritmo a menudo recibe el nombre de soniquete y es como el swing en el jazz clásico, los músicos lo necesitan tanto como el aire que respiran.
Hasta ahora, Chicuelo era el más brillante guitarrista de Cataluña, un músico capaz de embarcarse en 1001 aventuras desde dentro y desde fuera del flamenco. Se hizo acompañar por los nudillos y el compás de Juan Mateos y Diego Amaya en unas alegrías a mesa vacía y fue como recorrer el bar ese del centro de Madrid en el que entras por la calle Barcelona y sales por la calle Cádiz en un santiamén. El caso es que Chicuelo estuvo soberbio en todo lo que hizo y luego avisó de que iba a caer el telón un ratito para recomponer el escenario.
Una anomalía, puesto que la mayoría de los espectáculos de hoy han resuelto las transiciones escénicas con astucia, desparpajo e imaginación. A veces el artista se cambia de ropa frente al espectador, otras arrastra la silla hasta donde convenga y así hasta el infinito que el flamenco contemporáneo tiene soluciones escénicas para todo; aún no ha llegado a la velocidad de crucero que impusieron los Ramones pero le falta poco.
Nos quedamos a oscuras con nuestros pensamientos y cuando volvió a subir el telón vemos que casi nada ha cambiado. Excepto que la posición del guitarrista se ha movido hacia la derecha para situar en el centro de la escena una silla un micro, una mesita con un folio y un vaso de agua. Lo siguiente fue una serie de movimientos de cine mudo. Sale Chicuelo y se acerca al micro que acaba de llegar y en ese momento aparece Mayte Martín, el guitarrista hace un gesto de contrariedad y la cantaora vuelve sobre sus pasos.
-Llevo toda la semana preparando esto y me acaba de jo… la sorpresa.
Ya saben ustedes/vosotros que la presencia de Mayte no era un secreto, lo que no sabíamos era la trascendencia del momento. Llevaban dos décadas sin trabajar juntos. Chicuelo presentó a la cantaora como el que habla de la persona más importante de su vida: un faro, un sostén, una maestra. Nueve años creciendo juntos en un momento crucial para las carreras de ambos artistas que daría para una película. Tras la presentación y los saludos, Mayte se tuvo que sonar los mocos de la llorera. Ahora sabemos que lo que tapaba el telón era un melodrama con instantes cómicos.
Comenzaron por un extraordinaria versión del garrotín hecha con profundidad, enjundia y un intercambio de papeles en el remate. Mayte citó al Rey de España sin entrar en asuntos de actualidad y es que Mayte canta letras de otra época.
EL TIEMPO Y EL ESPACIO
Ambos hablaron como hablan dos viejos amantes después de un largo periodo de ausencias y barbechos. Hablaron del tiempo y del espacio, luego se callaron lo de la teoría de la relatividad. Más tarde jugaron a ser los de antes, Chicuelo afinaba y a mitad de la tarea Mayte le cambiaba la posición de la cejilla, así que la cosa se demoraba lo cual permitía un viejo chiste nuevo, un chascarrillo, o una ironía cariñosa y mortal en otra circunstancia. Entre medias mucha música que es lo que importa.
Ahí aprendimos las razones por las que decidieron seguir cada uno por su lado y también las cosas bonitas que son capaces de hacer juntos con la música, todo envuelto en un cariñoso juego de malabares con cuchillos afilados. Bueno para el arte, aunque un gasto extra en tiritas.
Quedaba la guinda del pastel: Juan Tomás de la Molía que fue presentado como el presente y futuro del baile flamenco y aquí Chicuelo volvió a valorar a su compañera que se ha prestado a cantar para bailar. Seguramente la última vez que Mayte Martin ha cantado para el baile fue en el emocionante reencuentro con Belén Maya en uno de las primeras ediciones del Flamenco on Fire de Pamplona en el que ninguna de las dos hizo flamenco en sentido estricto y todos los que estuvimos allí estábamos de acuerdo en que nadie había visto algo tan tan tan flamenco.
Juan Tomás de la Molía es un ser extraordinario que baila con una claridad de movimientos e ideas que está destinado a ser la envidia de su generación. Lo tiene todo. ¡Jo, qué noche más güena!
Vídeo – Teatros del Canal
Fotografías – Paco Manzano
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