Dos cuerpos que se miran. Que se estudian. Que se ven de frente, de lado, de espaldas. Que se cruzan, que se mezclan, que bailan en sincronía. Que se escuchan. El diálogo, y la ausencia de este, es la historia que cuenta Alter Ego. Sin narrativa, sin personajes, a través de los cuerpos y la sonoridad o su ausencia, de los cuerpos y de la música.
Este viernes por la tarde, a una hora un tanto temprana, se subían a las tablas del Teatro Albéniz de Madrid los artistas que desarrollan Alter Ego, una obra estrenada en 2023 en los Teatros del Canal de Madrid y ampliamente girada, en el marco del ciclo Villanos del Flamenco. Pinchazo de público (entregado el que acudió), el teatro sólo se llenó hasta la mitad, una sorpresa desagradable para todos por la calidad de la obra y los artistas.
Paula Comitre y Alfonso Losa. Losa y Comitre. Dos bailaores de generaciones diferentes, de formación diferente, de trayectorias y miradas diferentes. Dialogando. Muchas cosas en común: ambos son elegantes, limpios, precisos en su baile. Ambos tienen luz en su movimiento, ambos emocionan y abruman con la calidad de su movimiento. Ambos tienen un estilo depurado, en el que no sobra nada, preciso, conciso, imprescindible.
Alfonso Losa (Madrid, 1980) es el último gran bailaor de una manera de hacer el baile que es sobria, que concentra la emoción en la perfección técnica, puesta al servicio de la emoción. Es directo, sin fuegos artificiales. No le sobra nada. Sus brazos dibujan geometría en el aire, su cuerpo se eleva al infinito y recrea una música telúrica, que conecta con otra dimensión. En su cuerpo convergen sus maestros, sentimos a Vicente Escudero, al Güito…, pero no se adueñan de él: conviven con su propia inquietud personal, con su necesidad de expresión, con su mirada llena de otras danzas, con esa hermosa ambición de dejar su propia huella en el flamenco.
La evolución de este bailaor es admirable: pocos son capaces de recoge esa herencia que le es legada sin ruido, sin querer romperla, pero siendo capaz de armar un discurso propio, conocedor que la herencia por sí misma no es suficiente. Fue audaz en convocar este encuentro, primero con Patricia Guerrero, con la que construyó Alter Ego, ahora con Paula Comitre, en una coreografía que ya está hecha pero no es la misma, porque en el cuerpo de Comitre es otra cosa.
Paula Comitre (Sevilla, 1994) es una bailaora joven que no sólo concentra en su cuerpo la verdad del baile flamenco, sino que desde la dulzura y la amabilidad es capaz de llegar al límite de la contemporaneidad. Tiene en su cuerpo la esencia, que no es más que un punto de partida para explorar lo inexplorado. Su baile es luminoso, y su juventud descarada, pero se intuye en ella esa ambición insaciable de los grandes nombres del arte jondo.
A ambos les complementa un atrás de categoría, que elevan aún más la propuesta: un conjunto musical compuesto originalmente por Francisco Vinuesa, autor de la música, y el cante de caramelo de Ismael de la Rosa y Sandra Carrasco, el guitarrista es aquí sustituido por un sagaz José Manuel Martínez El Peli, que sostiene la obra con el amplio colorido que saber sacar a la madera. A Carrasco la sustituye ahora una grandiosa Rocío Luna, llamada a la grandeza en el flamenco, con quien Comitre ha trabajado ya y que siempre demuestra la riqueza de su cante. De la Rosa y Luna son cómplices, encajan como un puzle diseñado por ellos.
Alter Ego es eso que ocurre cuando dos cuerpos se miran tanto tiempo que dejan de saber dónde termina uno y empieza el otro. La respuesta no importa. Importa el temblor.
Es quizás esta una obra clásica para esos que aún dividen el flamenco con ese tipo de terminología: los palos son reconocibles, las partes del baile también: salida, llamada, temple, marcaje, escobilla, remate, desplantes… Está todo, pero a la vez, es otra cosa. Los estilos se superponen, las letras saltan a otras armonías, las estructuras cambian de lugar. Alegrías, soleá, sevillanas, serrana, caña, guajira (¡qué guajira!), unas deliciosas sevillanas… Qué más da, si lo importante es que todo eso que ocurre en el escenario esté al servicio de la emoción.
No hay en esta fase de Alter Ego la sensación de sustitución. Quien conozca al elenco original lo reconoce en estos nuevos cuerpos y voces, su autoría, su coreografía, pero la nueva composición da una nueva vida, una nueva emoción, un nuevo aire a una obra que se puede definir por su emoción.
Alter Ego es una obra hermosa, sencilla y profunda, directa y compleja en su desnudez. Los artistas en escena manejan con maestría los silencios y las medias voces. No hay grito, pero hay quejío, no hay angustia, pero hay dolor. Hay preciosismo y belleza, pero también profundidad.
Y cuando los artistas abandonan el escenario, algo permanece en el aire, en el cuerpo del público, como si el baile hubiera dejado una huella que no sabe todavía su nombre.
Fotografías: @Manjavacas.flamenco
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