Hay noches que se cuentan con los años. Este domingo, en el Centro Cultural Paco Rabal, Pedro el Granaíno ofreció una de ellas: un recital de los que se guardan para contárselos a los nietos. El teatro estaba lleno, y el público, entregado desde el principio, supo también hacer lo más difícil: escuchar en silencio y dejarse romper solo al final.
Llegaba a la Suma Flamenca con Dicen que para cantar, el espectáculo que estrenó en la Bienal de Sevilla de 2024 como adelanto de su primer disco y que ahora pasea ya con el álbum publicado. El título viene de una bulería que Farruquito compuso en 2011 para Homenaje a los Grandes, de La Farruca, y que el Granaíno ha hecho suya hasta convertirla en su santo y seña. Pedro Heredia Reyes (Granada, 1973) se dio a conocer cantando en la compañía de los Farrucos. Debutó en solitario en el Festival de Jerez de 2012, y en 2020 se alzó con el Giraldillo al Cante de la Bienal de Sevilla. Tardó en grabar disco propio, pero su voz lleva años siendo una de las más reclamadas de festivales y peñas.
Abrió por seguiriyas rematadas por abandolaos, y desde ese primer tercio quedó claro el tono de la noche: cantó con enjundia, con recogimiento, con solemnidad. Se acordó de su madre, Antonia Reyes, la que vive junto a Dios en el jardín de la gloria, y la primera ovación llegó larga. Ya entonces los tercios se estiraban hasta el límite, y la entrega era total.
Cantaba con los ojos cerrados, concentrado, sostenido por una guitarra que le tiene tomadas las medidas: la de Antonio Patrocinio hijo, impecable y limpia. El Granaíno aguanta los tercios sin respirar, como si el aire le sobrara.
Llegaron después los tangos, que Patrocinio arrancó entreverando en su toque un guiño a Paco de Lucía. El cantaor sonreía, parecía sentirse a gusto, y en un momento en que respiraba el cante, el sonido se fue. Tan seguro estaba que, sin dejar de cantar, miró fijamente a su escudero y decidió, en un gesto de valentía, seguir adelante como si tal cosa, apartando el micrófono. Fue el regalo de escucharle a pelo, sin amplificación, con un patio de butacas suspendido en el silencio. La lástima es que aquel gesto durase menos de dos minutos. El sonido volvió y los micros con él.
Pero entonces llegó la vidalita, desgarradora, el momento cumbre de la noche. En ella, los ecos camaroneros que siempre le han acompañado se mezclaron con juegos tonales nuevos, y ahí estaba el Granaíno de hoy: entregadísimo, preciosista, delicado, en plenitud de facultades.
La vidalita lo había llevado a otro lugar, tan lejos que al terminar el trance lo dejó sin saber ni por dónde seguir. Regresó despacio, se volvió hacia el guitarrista y los palmeros y les preguntó con la mirada. Uno de ellos le sugirió unas alegrías, y por ahí siguió. Fue una de esas escenas que solo ocurren cuando el cante va de verdad, y que no se pueden ensayar.
En las alegrías la complicidad con Patrocinio fue absoluta, y se fue hacia La leyenda del tiempo: era imposible no acordarse de Camarón.
Después, las bulerías llegaron sobradas de entrega, con el metal de su voz intacto y una guitarra juguetona que le buscaba las vueltas.
Por bulerías llegó también la letra que da nombre al espectáculo, la que viene a decir que para saber cantar hace falta corazón para saber escuchar el dolor. Es toda una declaración de principios, y la noche la cumplió al pie de la letra. Más adelante se atrevió incluso a llevar al compás de la bulería el ‘Reniego’, la seguiriya que grabó Tomás Pavón. Quien esperase fiesta podía ir marchándose: aquí habíamos venido a que el Granaíno nos atravesara el corazón con su cante.
En el tramo final dedicó a dos guitarristas que se fueron este verano, Miguel Salado y Pepe Habichuela, el ‘Réquiem’ que Vicente Amigo escribió en memoria de Paco de Lucía, el mismo que el Granaíno grabó con él en Memoria de los sentidos. La guitarra de Patrocinio tuvo además su momento propio, con un silencio sepulcral en la sala, y sonó con sensibilidad y gusto. Miguel Heredia y Naim Real cerraron el círculo con un compás medido y unos coros que arropaban sin estorbar.
Tras una ovación de varios minutos, el Granaíno volvió para despedirse con un fandango a viva voz, sin micrófono. Fue el desquite de aquellos dos minutos que habían sabido a poco en los tangos, y el broche de una noche en trance, de maestría y de verdad. Ya lo dice su bulería: para cantar hace falta corazón. Y para escuchar así, también.
FICHA TÉCNICA
Dicen que para cantar. Pedro el Granaíno. XXI Suma Flamenca. Centro Cultural Paco Rabal, Madrid, 25 de octubre de 2026 · Cante: Pedro el Granaíno · Guitarra: Antonio Patrocinio hijo · Compás y coros: Miguel Heredia y Naim Real · Duración: aprox. 75 min
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