«Me acuerdo de ti más veces». Así, por petenera, arrancaba Alicia Morales (Granada, 1981) este jueves en la Sala Negra de los Teatros del Canal: vestida de cuero negro y subida a una escalera, con José Quevedo «Bolita» sentado a sus pies. No es una elección casual. La petenera fue el origen de todo este proyecto: la cantaora la escuchó en una vieja grabación de Antonio Pozo «El Mochuelo» y de ahí nació Honores a Antonio Pozo «El Mochuelo», el disco que presentaba dentro del Suma Flamenca. Fue un recital de gran dominio vocal, arropado por una puesta en escena mínima que acierta, al que solo le sobró el documental: cada vez que aparecía, le cortaba el vuelo.
El Mochuelo fue un cantaor generalista del cambio de siglo, de los que lo cantaban todo: soleares y seguiriyas, guajiras, peteneras, saetas, jotas o cantes de Levante. Fue también uno de los que más grabó en su tiempo, con cientos de cilindros. Nació en la calle Sol de Sevilla, cantó en los cafés cantantes, vivió buena parte de su vida en Madrid trabajando de cuchillero y murió en Valencia con apuros, relegado por voces como las de Chacón o La Niña de los Peines. Morales prefiere decir de él que no está olvidado, sino «no recordado». Para recordarlo ha investigado durante años y ha financiado el disco de su bolsillo.
Lo primero que queda claro en el escenario es la voz. Alicia Morales es una cantaora de gran dominio técnico, con una voz poderosa y una tesitura amplia que le permite subir y bajar sin perder el control. En la saeta echó el resto y profundizó en los melismas. En la soleá y en la granaína mostró que ese dominio no es solo potencia, también es manejo de los tiempos y de los matices.
El espectáculo tiene intención y cierta dramaturgia. Las escaleras, que cambian de lugar, dan al recital un movimiento poco habitual en un concierto de cante. Los cambios de vestuario, del cuero al terciopelo y encaje negro, marcan capítulos. Las dos coristas, Carmen Gil y Manuela Moya, apuntalan muy bien esa intención, y las sevillanas coreografiadas fueron uno de los momentos en que el público se entregó por completo. Otra cosa es la estética, que a ratos resulta algo anticuada, como si la puesta en escena mirara a un pasado que no es el del Mochuelo sino el de hace unas décadas.
El repertorio siguió buena parte del disco: tras la petenera y la saeta llegaron la guajira, unos cantes de Levante, las sevillanas y la soleá. Después vinieron la seguiriya, unos tientos que desembocaron en los tangos de los Serafines, cantiñas por mirabrás, la granaína por abandolaos y, para cerrar, unas bulerías dedicadas al propio Mochuelo.
El sonido no acompañó del todo: estaba algo alto, y en algunos pasajes la guitarra y la percusión grabadas se dejaban notar. En un recital que reivindica el cante antiguo, quizá habría ganado con todo en directo. Pero nada de eso pareció importar a una Sala Negra llena. El público, entregado desde el principio, llegó a reclamar a gritos que le cambiaran el micro, para que ella pudiera relajarse y entregarse mejor.
Ahí llegó el gran gesto de la noche. Bolita, que llevaba un rato tenso mirando al equipo de sonido, pidió a la cantaora que saliera del escenario y se quedó solo. Donde debían sonar las cantiñas improvisó unas alegrías y sostuvo la sala con más enjundia, si cabe. Fue un regalo para los espectadores, que pudimos disfrutar de su toque excelso, y también para ella, que volvió relajada y retomó el pulso del recital. Bolita es un maestro, y le da empaque al montaje. Su toque parte de Jerez, pero se lo lleva a nuevos juegos: arpegios, colores y matices, frases que se alargan y otras que se agrupan para ser más rítmicas. Lo dice la propia cantaora en el documental: aporta «la musicalidad de los antiguos y la creatividad del tiempo actual». Es difícil resumirlo mejor.
Lo que sí rompe la energía del recital es el documental. Entre cante y cante se proyectan fragmentos que explican quién fue El Mochuelo y por qué nace este homenaje. La información es útil, pero cada interrupción enfría la sala y corta la emoción que la cantaora acaba de construir. Sería más interesante oírselo explicar a ella, entre cantes, con su propia voz.
Al final, lo que permanece es la voz de Alicia Morales y la guitarra de Bolita. El flamenco tiene una deuda con quienes lo cantaron cuando aún se estaba haciendo, y que su memoria dependa de cilindros que casi nadie escucha dice poco de nosotros. Por eso se agradece un trabajo como este, hecho con rigor y con una voz capaz de sostenerlo. El Mochuelo, ese cantaor «no recordado», salió este jueves de la Sala Negra un poco menos olvidado.
Fotografías & vídeo @Manjavacas.flamenco
FICHA ARTÍSTICA
Honores a Antonio Pozo «El Mochuelo». Alicia Morales. XXI Suma Flamenca. Sala Negra, Teatros del Canal, Madrid. 22 de octubre de 2026
Cante: Alicia Morales · Guitarra: José Quevedo «Bolita» · Palmas y coros: Carmen Gil y Manuela Moya
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