Un escenario negro. Un bailaor en el centro, vestido también de negro, con camisa y pantalón de pinzas, sin un adorno de más. Se agradece que vaya bien vestido: en tiempos de vestuarios imposibles, la elegancia sobria también es una declaración. Una voz y una guitarra. Y una frase de Antonio Gades como punto de partida: al baile, como a todo, hay que quitarle lo superfluo. Con esa premisa presentó Gabriel Matías Quitar lo superfluo este sábado por la tarde en la Sala Negra de los Teatros del Canal, con las entradas agotadas, dentro de la XXI edición de Suma Flamenca.
Lo primero que se impone es la belleza. Y con ella, la negritud. Cuando la bailaora Yinka Esi Graves vio por primera vez las imágenes del Negro Meri, el primer bailaor filmado de la historia, se preguntó si nadie más veía que era negro. Los hermanos Lumière lo grabaron en la Exposición de París de 1900, y su negritud ha pasado prácticamente desapercibida desde entonces. Es algo que está ahí, pero nadie ve. Más de un siglo después, ver a un bailaor llegado de Brasil, el país con mayor población afrodescendiente fuera de África, ocupar un escenario madrileño con el repertorio más clásico invita a mirar lo que el relato oficial del flamenco ha preferido no ver. Lo ha documentado en profundidad la investigación reciente, de Meira Goldberg a Raúl Rodríguez o el documental Gurumbé, de Miguel Ángel Rosales: la presencia africana en la Sevilla y el Cádiz de los siglos XVI y XVII, una zarabanda que ya apuntaba compás, braceo y zapateado, unos tangos que vinieron de ida y vuelta. Matías no hace de ello un discurso, ni lo necesita. Basta con mirar.
Y, sin embargo, para buena parte del público su nombre dirá todavía poco. No así en el circuito profesional. Gabriel Matías nació en Porto Alegre en 1994 y empezó a bailar con 11 años. Ganó dos veces en su país el premio Açorianos al mejor bailarín. En 2015 se instaló en Madrid para estudiar Pedagogía del Baile Flamenco en el Conservatorio Superior de Danza María de Ávila, donde se formó con nombres como Rafaela Carrasco, Eva Yerbabuena, Isabel Bayón o Alfonso Losa. Ha bailado en tablaos madrileños y en las compañías de Antonio Canales y Javier Latorre, y desde 2019 forma parte de la de Rafaela Carrasco. En 2019 ganó el premio al mejor solista masculino del Concurso de Baile Flamenco Puro del Festival de Jerez. Ha estrenado Ellos (2020) y Claroscuro (2021), y en septiembre abrió el ciclo Canal Baila en esta misma sala con Bailar, un solo autobiográfico.
Arrancó solo, de frente y en silencio, con el público en suspenso. Llegó entonces la toná doliente de Mercedes Cortés, que bailó sin más armazón que el cante y el cuerpo, y enseguida una bulería de juego y de sabor, pícara y contenida, con un poso que mira a Jerez. Qué hermoso ver la sencillez bien ejecutada, la elegancia sin artificios ni pretensiones.
En la soleá, pausada y sentida, llegó lo mejor de la tarde. El bailaor fue siendo menos Gades y un poco más él: ganó plasticidad en los brazos, dibujó vueltas y círculos, trabajó las torsiones de tronco y dejó oír, por fin, su propia voz. Le sostenía la musicalidad exquisita de Jesús Torres, director musical del recital.
Justo entonces, cuando el baile empezaba a tomar vuelo, Matías salió de escena y la guitarra tomó el protagonismo. José Luis Medina se situó al frente, en un lateral, y tocó un solo bajo la atenta mirada de Torres, que le observaba desde la oscuridad, al fondo de la esquina opuesta. En la pieza siguiente, Torres salió de la sombra y se colocó junto a él para tocar a dúo. Riqueza y color, ejecución y emoción: el público premió con un aplauso emocionado el encuentro entre ambos.
La pausa se prolongó con una zambra que evoca la época del cometa, que Mercedes Cortés cantó sin baile, doliente y sutil, con voz quebrada y emoción sobrada. Cuando Matías reapareció, de blanco y con bastón, fue para bailar por garrotín: un baile técnico y tradicional, elegante y completo.
Ninguno de esos intermedios desmerecía por sí solo. El problema es lo que provocaban juntos. Al recital le sobraron pausas musicales: era demasiada guitarra para un recital de baile de una hora. Cada vez que Matías abandonaba la escena, la energía se rompía y costaba mucho volver a levantarla. No se puede soltar tras cada palo para empezar de cero en el siguiente. Así, la emoción aparecía y desaparecía, en lugar de crecer.
Faltó, en consecuencia, presencia y peso del bailaor en escena. Y faltó, sobre todo, coronar. La estructura era demasiado de tablao: número, salida, número. Y esto no es un tablao, es el teatro. Quitar lo superfluo no tiene por qué significar renunciar a un arco dramático. Habría bastado con algo narrativo, por mínimo que fuera, que hiciera crecer la emoción hasta un clímax. Sin ese hilo, el cierre llegó de forma abrupta, con una seguiriya canónica, correcta, que no remató lo que la soleá había prometido.
Queda la certeza de un bailaor con una verdad limpia y una elegancia sin impostura, que domina el lenguaje tradicional con respeto y con gusto. Y queda un cuerpo que el flamenco haría bien en mirar de frente, porque forma parte de su historia más de lo que se ha querido contar. Falta que Matías se atreva a arriesgar algo más que la limpieza. A veces, al quitar lo superfluo, también se va lo necesario.
FICHA TÉCNICA
Quitar lo superfluo. Teatros del Canal, Sala Negra. XXI Suma Flamenca, 24 de octubre de 2026. Dirección, coreografía y baile: Gabriel Matías · Dirección musical y guitarra: Jesús Torres · Guitarra: José Luis Medina · Cante: Mercedes Cortés · Iluminación: Gloria Montesinos · Sonido: Carlos Verguer
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