Decía Benito Pérez Galdós en sus Episodios Nacionales que las cigarreras eran «la alegría del pueblo y el espanto de la autoridad». Mujeres libres desde el siglo XVII, independientes económicamente antes de que tal cosa fuera norma ni derecho, las trabajadoras de las grandes fábricas de tabaco de Sevilla, Cádiz, Madrid o A Coruña constituyeron una anomalía magnífica en el paisaje laboral de la España moderna: un colectivo que usaba sus manos finas y sus dedos ágiles -los mismos que liaban cigarros con una precisión que los hombres no podían igualar- para reivindicar también dignidad, salario justo y solidaridad entre iguales. Fueron, paradójicamente, las más visibles de las invisibles. Y fue precisamente esa visibilidad, esa libertad ruidosa, lo que tentó al escritor francés Prosper Mérimée a convertirlas en materia literaria y a Georges Bizet a transfigurarlas en música inmortal, construyendo alrededor de una de ellas un arquetipo de femme fatale que llevaría siglos eclipsando a las demás.
Humo, el nuevo espectáculo de Rafaela Carrasco (Sevilla, 1972), Premio Nacional de Danza 2023, se estrenaba este jueves en el Centro Danza Matadero de Madrid y permanece en cartel hasta el 19 de abril con la voluntad de romper ese eclipse. La propia Carrasco lo dijo con claridad meridiana en el coloquio que siguió al estreno, moderado por la periodista Olga Baeza: «el personaje de Carmen se comió a las cigarreras«. Humo quiere devolver el bocado. Quiere que quienes sostuvieron a sus familias, lucharon por subsistir y dejaron huella en símbolos y recuerdos de varias generaciones vuelvan a ocupar el centro que el mito les robó.
La obra, coproducción de la compañía Rafaela Carrasco, el Centro Danza Matadero y el Théâtre de Nîmes, llega precedida del reconocimiento que ha acompañado a Carrasco desde sus inicios, una artista que ha hecho de la investigación y de la elaboración conceptual del flamenco su firma, sin abandonar nunca la raíz. La dramaturgia y las letras corren a cargo de Álvaro Tato, su cómplice de largo recorrido, y la obra bebe de la Carmen de Mérimée y Bizet, de la Amparo de La Tribuna de Emilia Pardo Bazán, de los célebres cuadros de Gonzalo Bilbao en que las cigarreras aparecen con toda su humanidad cotidiana, y de las cigarreras anónimas del folclore y el flamenco. Un vasto tapiz de fuentes que la bailaora ha declarado querer abordar «alejándome de los estereotipos, aunque partiendo de un arquetipo clásico».
La escena se abre con presencia y misterio: cantaora y cantante -la voz flamenca de Gema Caballero y la voz lírica de Marta Estal- entran desde los laterales a oscuras, portando cada una un candil que ilumina sus rostros como si fueran apariciones. Cuando se levanta el telón, la Nave 11 se ha transformado en espacio fabril: suelo de losa, gran ventanal de forja al fondo, humo suspendido en el aire que, significativamente, flota por encima de las bailaoras sin ocultarlas. El humo rodea, pero no esconde. El cuerpo de baile –Cristina Soler, Magdalena Mannion, Carmen Coy, Nazaret Oliva, Alejandra Gudí y Cristina San Gregorio junto a Carrasco– entra a escena como un enjambre organizado, moviéndose de lado a lado del escenario en formaciones cambiantes, jugando con los candiles y su ausencia en una coreografía que evoca la monotonía y el pulso obsesivo del trabajo en cadena.
El zapateado de Carrasco marca el paso de las horas como el metrónomo de una jornada laboral que nunca cesa. Hay urgencia, repetición, compás binario. Las bailaoras gesticulan imitando las labores del liado del tabaco, pero esa gestualidad es también percusión corporal, ritmo que se suma al ritmo, cuerpos que son al mismo tiempo herramienta y protesta. La música, grabada -decisión inusual en el flamenco que Carrasco justificó con honestidad descarnada en el coloquio: «No hay economía para llevar músicos en directo. O llevo bailarinas o llevo músicos»- combina la guitarra flamenca de Jesús Torres con las composiciones electrónicas y de ambiente de Pablo Martín Jones e Isadora O’Ryan, con el chelo de esta última tejiendo un hilo melancólico bajo las dos magistrales voces. El conjunto orbita constantemente alrededor de la Carmen de Bizet, pero las letras hablan de barrio, de jornal, de dignidad reclamada en voz alta. Todo en una composición monumental.
La primera parte de Humo es, según explicó la propia Carrasco, una inmersión en lo colectivo: «La primera parte se centra en la jornada laboral y la protesta». Y así se percibe en el escenario: no hay individualismo, hay camaradería, complicidad, buen humor de trinchera. Hay también un momento de ternura inesperada y poderosa: las cigarreras plantean sus reivindicaciones a través de un megáfono que se funde con la voz grabada de una señora mayor, que no es otra que la madre de la artista. El pasado y el presente, la lucha y el afecto doméstico, soldados en un único gesto. Carrasco baila por fandangos y abandolaos vestida de rojo, soberana, marcando el territorio con los pies.
La segunda parte, tal como la describió la bailaora, «ocurre cuando salen de la fábrica» y se adentra en los arquetipos: «juega con ellos con sarcasmo y profundidad, pero desde una identidad individual». Es aquí donde la sombra de Carmen, construida -como recordó la coreógrafa- desde la mirada de un hombre que además era extranjero, comparece para ser cuestionada. Carrasco no se desnuda, no explota su sensualidad, no se entrega al exceso. La Habanera de Bizet se funde con una guajira en la que la bailaora despliega su maestría con el mantón con una elegancia que nunca se rompe, siempre medida, siempre consciente. Hay majismo, hay cerilleras vestidas de blanco, hay el chotis del maestro Alonso que trae la Colasa a escena, y hay solos del cuerpo de baile en los que cada bailaora, sin salirse del tono general, expresa su diferencia con plena autoridad. El torero hace su aparición acompañado de unos pitos de carnaval que quieren frivolizar el gran drama operístico: el gesto es cómico, lúcido, liberador.
Si hay una sombra -y toda obra honesta admite sus zonas de claroscuro- es quizás que la luminosidad del conjunto, las sonrisas del cuerpo de baile y de Carrasco, aunque legítimas y hermosas, dejan sin explorar la veta más oscura de aquellas vidas. La obra es reivindicativa de buen humor, sí, y eso es una opción artística válida, pero la historia de estas mujeres quizás exigía también algún instante de pausa, algún descenso hacia la sombra. La segunda parte, al enredarse en el mito de Carmen, diluye en parte el impulso de la primera, y una queda con la sensación de que queda pendiente una obra que aborde las cigarreras con el rigor y el peso que merecen como protagonistas únicas. Tal vez eso mismo es lo que Humo -con inteligencia- propone como horizonte.
El público del Centro de Danza Matadero, cuyo aforo estaba casi al completo en esta noche de estreno, pareció no compartir las dudas o, sencillamente, decidió quedarse con lo mejor: respondió con calor a cada desplante de Carrasco, sumando su energía a la del escenario.
El cierre, en todo caso, es pura gloria: unas sevillanas rapidísimas en la voz prodigiosa de Gema Caballero que las bailaoras danzan de forma individual arropadas por sus compañeras, seguidas de una coda en la que las voces cantan en canon una loa a las cigarreras de Sevilla. Al terminar, la ovación en pie fue larga y unánime: el mejor reconocimiento para unas mujeres que, durante demasiado tiempo, esperaron que alguien les devolviera lo que el mito les robó.





FICHA TÉCNICA
Humo Compañía Rafaela Carrasco Centro Danza Matadero, Madrid. 16-19 de abril de 2026
Dirección y coreografía: Rafaela Carrasco
Dramaturgia y letras: Álvaro Tato
Baile: Rafaela Carrasco, Cristina Soler, Magdalena Mannion, Carmen Coy, Nazaret Oliva, Alejandra Gudí, Cristina San Gregorio
Dirección musical: Jesús Torres y Pablo Martín Jones
Guitarra: Jesús Torres
Chelo: Isadora O’Ryan
Cante: Gema Caballero
Voz lírica: Marta Estal
Composición musical: Jesús Torres, Pablo Martín Jones, Isadora O’Ryan, Gema Caballero y Marta Estal
Ambiente sonoro: Pablo Martín Jones
Diseño de espacio sonoro: Ángel Olalla
Diseño de iluminación y escenografía: Gloria Montesinos (A.a.i)
Colaboración coreográfica: Adrián Gómez, Rubén Rojo
Dirección de producción: Emilia Yagüe
Producción ejecutiva y prensa (compañía): Alejandro Salade
Producción: Rafaela Carrasco
Producciones Coproducción: Rafaela Carrasco, Centro Danza Matadero y Théâtre de Nîmes, con la colaboración del Ayuntamiento de Móstoles Duración: aprox. 1 hora y 10 minutos
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