Hay un momento en Sevillanas solteras en el que Israel Galván baila con una mantilla. Después, lo hace sobre castañuelas. También lo hará con una gran flor en la cabeza. En el coloquio posterior, con la periodista Mara Torres al frente, él mismo lo justificaba con una broma: lo hace mucho últimamente, dijo, «para coger la wifi». Es una imagen que lo dice casi todo de este espectáculo: Galván en su salsa, Galván consciente de su propio universo, cómodo en él hasta el punto de convertirlo en chiste. La pregunta que queda flotando en la sala después de ver Sevillanas solteras en el Centro de Danza Matadero este viernes es si esa comodidad es una conquista o el síntoma de algo más.
Galván dice que es una obra sobre su pasado. Aquel pasado en el que fue niño prodigio del baile obligado por su padre a presentarse a concursos, entre otros, de sevillanas. Este pasado ya lo ha sobrevolado antes en su obra: ese material ha aparecido en obras como La fiesta y más recientemente en Seises, donde una niña le repetía machaconamente «tú no sabes bailar sevillanas». Aquí regresa para centrarse en esas seguidillas del folklore del bajo Guadalquivir que tomaron cuerpo propio gracias a la escuela bolera y, son hoy música y baile popular y costumbrista. Israel las recoge aquí, como siempre hace, a su manera y desde su vivencia. El título, además, no es inocente: solteras, porque siempre ha preferido bailar solo que en pareja.
El mayor acierto de la obra es sin duda la música. María Marín demuestra lo todoterreno que es y la belleza con la que lo aborda todo: desde la elegancia y limpieza de su guitarra en la Sevilla de Albéniz hasta su cante, que puede ser dulce y melodioso o como una auténtica corralera de Lebrija, además de ser capaz de cantar con profundidad una soleá con una charanga sonando piano por detrás con un Que la detengan de David Civera, una escena que parece rememorar esa caseta de Feria a altas horas de la madrugada en la que se cuelan los ecos de la Calle del Infierno.
Hay en Sevillanas solteras momentos de auténtica poesía, como el paso a dos con el trompetista en las sevillanas románticas, que por supuesto rompe finalmente con el registro humorístico dominante. Pero es capaz de abrir una grieta de lirismo que el propio Galván parece no querer sostener demasiado. Galván baila desde las corraleras hasta David Civera, desde Los del Río a Lully, pasando por la Niña de los Peines y el Pali. La tarima y la lona de listas verdes y blancas de la Feria anclan el espacio escénico en Sevilla con precisión y economía.
Están en esta obra muchos de los elementos que ya pueden considerarse marca de la casa: la ruptura, lo grotesco, el humor, lo inesperado, el encuentro entre músicas y ritmos aparentemente sin sentido. La obra arrancó con iluminación natural y luz de sala -eso sí fue una sorpresa verdadera-, y Galván bailó así hasta bien entrada la función, con rápidos cambios de vestuario que mantenían sus objetos fetiche: el delantal de cuero, las mayas cortas y los calcetines ejecutivos, la pseudo cola de volantes. Veinticinco años lleva desarrollando este lenguaje singular e inimitable, y es un lenguaje que ha dado obras de una densidad extraordinaria.
Pero aquí, en esta ocasión, falta lo que más admiramos de él: el vértigo de no saber bien qué está ocurriendo, el riesgo genuino, la provocación que incomoda. ¿La hay en Sevillanas solteras? Probablemente sí, pero usada de un modo poco sorprendente, construida ya como marca de la casa antes que como necesidad. Todo o casi todo roza la parodia.
El público de Matadero parecía pasarlo en grande. Lejos quedan aquellos tiempos en que la mitad del respetable abandonaba la sala a los diez minutos. Hoy Israel Galván llena y entusiasma, las risas suenan más que los olés, y eso habla de un artista que ha construido un público cómplice. También habla, si uno quiere escucharlo, de un artista que se ha vuelto predecible para ese mismo público.
Es una pena, además, que el Centro de Danza Matadero haya desaprovechado la ocasión de tener a este maestro de su generación una semana en el escenario sin programar ningún estreno. Galván es prolífico, al menos en los tiempos recientes, así que sorprende que a Madrid haya traído dos obras estrenadas no recientemente, sino en 2024. Israel Galván es ya un clásico. El problema, si acaso, es que él también lo sabe.


Descubre más desde Revista DeFlamenco.com
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.













Debe estar conectado para enviar un comentario.