Mercedes de Córdoba (Mercedes Ruiz Muñoz; Córdoba, 1980) lleva toda una vida construyendo desde las raíces. Niña prodigio del baile flamenco, que con siete años ya pisaba escenarios internacionales junto a Manuel Morao y con 12 giraba por Francia con Eva Yerbabuena, hoy es una de las voces más firmes y necesarias del flamenco contemporáneo. Premio Nacional de Arte Flamenco de Córdoba, Premio Lorca 2025 al mejor espectáculo español y candidata a los Max, llega al Centro de Danza Matadero de Madrid con Olvidadas. A las Sinsombrero-. -grito, deuda y reparación-, un espectáculo que estrenó en la Bienal de Flamenco de Sevilla de 2024, para recordarnos que el olvido no es un accidente, sino una elección. Y que ella, desde el cuerpo y desde la verdad, ha decidido hacer exactamente lo contrario.
Cuándo: 27 y 28 de marzo – 20h – Entradas – Dónde: Centro Danza Matadero, Madrid
Los días 27 y 28 de marzo presentas Olvidadas. A las Sinsombrero en el Centro de Danza Matadero de Madrid. ¿Cómo llegas a esta cita, a nivel personal y con una obra ya tan rodada?
Pues mira, siempre que se va a Madrid se llega muy ilusionada, porque siempre es una plaza importante y un lugar de paso imprescindible, y también con los nervios que da la capital. De Madrid al cielo o al infierno… Pero sobre todo, con la seguridad de haber hecho el trabajo que me ha apetecido hacer y que me ha nacido desde la más absoluta verdad y el más absoluto amor. Con la tranquilidad de estar segura de ese trabajo, que siempre es mejorable, pero no suelo tocarlo mucho.
¿No sueles modificar las obras una vez estrenadas?
No me gusta tocarlas. Creo que hay mucha verdad en esos primeros contactos. Mira, este fin de semana me pidieron Ser. Ni conmigo ni sin mí, que es del 2018, y lo hice. Claro, imagínate cuánto ha llovido desde entonces, creativamente y de todo, pero creo que cada espectáculo transmite la esencia de ese momento y el contacto verdadero con el asunto a tratar. Lo podría mejorar a nivel de efectismo, sé qué cosas serían tal vez más fáciles de tolerar o a nivel coreográfico, pero no suelo hacerlo. Una vez hecho, de verdad, es como si el regalo ya se ha entregado y no se devuelve. Lo que ya tienes en la cabeza, todo lo que has mejorado tú como persona, como artista, como creadora, eso ya viene para el siguiente. Salvo ajustes técnicos -de iluminación, de tiempos en las transiciones-, una obra hecha no se toca.
¿Cómo nació Olvidadas y cómo fue evolucionando hasta llegar al espectáculo que es hoy?
Todo nació de una necesidad. Siempre cuento que estaba trabajando sobre otro proyecto, con trabajo de investigación ya iniciado, y en ese proceso me topé con ellas. Gracias a Dios, al universo, a lo que cada uno quiera creer. Tengo que confesar que conocía nombres, por supuesto, como María Zambrano, etcétera, pero no conocía este movimiento de las Sinsombrero como tal, ni ese olvido que han tenido que sufrir y que seguimos sufriendo, porque si siguen sin estar en los libros de texto, todo lo que reivindiquemos es poco.
Fue una necesidad, un enfado incluso conmigo misma por no conocer hasta qué punto la historia puede ser así de cruel, y a nivel artístico también. Se convirtió en una obligación darles voz. Es verdad que pensé en hacer algo general, pero en la primera investigación, en el documental de Imprescindibles y sobre todo en una foto, me enamoré perdidamente de Marga Gil Roësset. De su mirada, de su obra, de su mundo interior, que puede llegar a ser bastante doloroso, porque sus dibujos no son fáciles. El mundo interior de Marga me intrigaba muchísimo.
Y ahí surgió el work in progress que se pudo ver en el Festival de Jerez, ¿cierto?
Cierto. Como decidimos pasar por Jerez y estrenar primero en la Bienal, el primer paso por Jerez fue un work in progress y se lo dediqué totalmente a ella. En ese proceso de investigación pude estar con la familia, con su sobrina, que se llama igual, Marga. Me metí muy de lleno en ella, y eso me condujo hacia lo que después fue Olvidadas.
Olvidadas se convirtió en lo que quería: no quería hacer un clásico, no quería más personajes, no quería hablar de cada una de ellas porque, para empezar, no me quiero dejar a nadie en el tintero. ¿Esta pertenece a las Sinsombrero o no? A mí me gusta poner siempre a las Sinsombrero, incluso a las no artistas, porque gracias a todas las mujeres que han luchado estamos nosotras hoy aquí, yo pudiendo firmar este proyecto y pudiendo luchar por la igualdad y por ser libre. La obra se convirtió en la reacción que yo he tenido, en el impulso que me ha creado conocer su historia. No hay personajes, no enseño nada de sus obras. Es como el coste de todo lo que a mí me ha generado el proceso de investigación. Es Olvidadas en mi cabeza: lo que me hubiese gustado hacer, sacarlas de esa oscuridad, darles esa voz, con muchísimo silencio y con muchísimas metáforas, tanto de ellas como de su época, la Guerra Civil, el exilio…
Marga Gil Roësset se pegó un tiro con menos de 35 años. Todo el mundo lo atribuye al desamor con Juan Ramón Jiménez, pero tú no pareces estar del todo de acuerdo…
Ella dejó cartas, sí, y creo que el amor fue la gotita que colmó el vaso. Pero ella dibujaba con ocho años, y eso no era por Juan Ramón Jiménez. Yo creo en realidad que este mundo se le quedaba chico y la oprimía. Y esto sigue pasando. Lo que pasa es que ahora intentan que tengamos menos conciencia, que vayamos más rápido, que no nos paremos a pensar. Pero si te paras, es complicado mirarlo todo. Seguiremos, porque el arte es un acto de resistencia. Y el amor que yo le tengo, al final, puede con todo.
¿Hay algo que te conecte personalmente con esa sensación de olvido o de genealogía negada? En el flamenco también ha habido muchas mujeres olvidadas, ¿no?
Sí, de hecho Olvidadas como título ya era el nombre de una coreografía dentro de mi anterior proyecto, dedicado también a mujeres del flamenco: Dolores Vargas, Carmen Mora, el vídeo de Málaga Saavedra… ¿Cuántas nos habremos perdido? Intenté buscar otro título para no repetir el de esa coreografía, pero dije: creo que es el título más contundente y es como una continuación de aquello, pero con otro tipo de disciplinas artísticas. Y al final reivindica desgraciadamente lo que no debe pasar en ningún momento.
La anécdota que abre el espectáculo es la de Concha Méndez: llegó un hombre, amigo de la familia, a su casa y le preguntó a sus hermanos delante de ella: «Chicos, ¿vosotros qué queréis ser de mayor?» Y ella dice: «A mí no me preguntaba nada». Entonces ella respondió: «Yo quiero ser capitán de barco». Y él le dijo: «Anda, niña, cállate, que las niñas no sois nada». Y ella después cuenta: «¿Cómo que las niñas no somos nada? Yo siempre quise ser algo». Eso fue lo primero que escuché en un documental y dije: esto hay que hacerlo, hay que gritarlo.
Justo antes de las funciones de Olvidadas en Matadero también impartes un taller. ¿Qué lugar ocupa la transmisión en tu carrera?
La transmisión ocupa el lugar primordial. A estas alturas de vida y de carrera, si no me mueve algo por dentro, me cuesta muchísimo bailar por bailar. Creo que nunca bailamos por bailar, ni siquiera en un baile por bulerías o en un taranto: todo es una historia, no hace falta que sea un proyecto de una hora y media con argumento.
Lo que intento es trabajar la conciencia del movimiento a través de la emoción, tanto con elementos externos -la música, el cante, todos los elementos que tenemos en el flamenco- como con un dibujo, una pintura, una acción, una palabra, una conversación, una situación incómoda, triste, alegre… Intentar canalizar y moverte desde ahí, no desde lo puramente físico. El cuerpo tiene que estar preparado, claro, para no estar pensando en si se te cae el tacón o si te caes en un giro. Pero cuando se trabaja desde ese lugar, el movimiento es diferente, porque el cuerpo es muy sabio. Y muchas veces, con la técnica y según cómo se transmite, podemos llegar a bloquearlo, a cortar ese canal bonito por el cual empezamos a bailar o a dedicarnos a cualquier arte. Entonces, el taller se basa en abrir un poquito esa ventanita para que cada uno vaya descubriendo, igual que en Olvidadas.
¿Y cómo se traslada esa visión del movimiento cuando coreografías a otras artistas, como hiciste con Eva Yerbabuena en Al igual que tú?
Se vive con muchísimo respeto y con un poco de vértigo, porque tú lo sientes y ya te mueves sola, conoces tu cuerpo y lo que sientes. Hacer mover a otra persona de esa manera requiere meterte dentro de ella, ¿no? Y sobre todo hay que hablar mucho, mimetizarse, saber qué es lo que quiere contar, cómo lo siente, cómo reacciona, porque ante situaciones iguales cada uno reacciona de manera diferente, tanto físicamente como psíquicamente. Hay algo que puede afectarme a mí muchísimo y a otra persona no, y al revés.
Y siempre, siempre, siempre trabajo desde la música antes. Desde mi cuerpo. Primero monto el esqueleto musical con Juan Campallo y con Jesús Corbacho, que me asesora mucho en las letras. Cuando me pongo a coreografiar, ya lo he hecho con la música. Me pongo a escuchar y digo: no, no, repíteme esto, necesito que vayamos más lento, o a silencio, o que suene algo por aquí. Me afecta hasta la palabra del cante, no solo la letra. Si los cantaores me cantan algo del campo cuando la obra no va por ahí, me saca totalmente.
¿Hubo algún momento en tu carrera que supuso un antes y un después?
He tenido de todo. Muchas veces he intentado dejarlo, porque lo artístico tiene una industria, y cuando entramos en esa lucha es muy frustrante. Hay un tema económico y un montón de cosas más, porque para mí el arte debería estar tratado de otra manera. He intentado trabajar eso y llegar a la conclusión de que no me puedo pelear con el sistema si no quiero dejar de subir al escenario.
Desde pequeña lo recuerdo como una gran disciplina, más que el colegio, más duro que cualquier otra cosa, pero quería. No lo recuerdo como un juego nunca. Era lo más sacrificado que hacía, a nivel corporal, emocional y de todo. Creo que me lo tomé demasiado en serio desde siempre. Llegué incluso a cortarme el flequillo yo sola en el colegio para no tener que bailar, tengo fotos. Y después, he momentos preciosos, claro, si no no estaríamos aquí.
Empecé con 17 años en la Compañía Andaluza de Danza, con Grilo, con todos. Luego Eva Yerbabuena me ha marcado mucho, indiscutiblemente. Y cuando gané el Concurso Nacional, fíjate, me fue al revés de lo esperado: no me vino bien mentalmente al principio. El que todo el mundo empezara a hablar y a opinar, bien o mal, me desestabilizó. Me metí en los tablados, no quería hacer mucho. Pero después transité esa catarsis y salí mucho más reforzada, sabiendo que van a opinar bien o mal y que estás expuesta.
Antes mencionabas la precariedad del sector. ¿Cómo ves el flamenco en este momento desde ese punto de vista?
Siempre pienso que ya no queda una obra como antes. Yo lucho por eso: vendí Ser. Ni conmigo ni sin mí del 2018 para Francia hace muy poco. Me niego a meter en un cajón algo que cuesta tanto trabajo -económico, mental, físico, emocional-. Pero estamos en una dinámica en la que nos va a costar mucho que una obra quede para la historia, como ha sido Medea, o como las obras de Antonio Gades. Y todos los festivales quieren estrenos. Se va perdiendo consistencia artística y emocional, porque es imposible.
El arte no es eso. Un cuadro, ¿desde cuándo lo tenemos? Si uno piensa en el ballet clásico, en El lago de los cisnes, en Don Quijote, en Carmen… Antes hacían los clásicos y había distintas visiones de cada uno, y son maravillosos. Hay obras que no me cansaré de ver nunca, porque han cogido una consistencia a lo largo del tiempo, pero la industria no nos está dejando hacer eso. Y nosotros estamos entrando en esa rueda, porque como hay tan poco y se vive en la precariedad, el poder de decisión es muy limitado. Yo creo que no somos nada libres.
Dentro de lo que cabe, lucho por eso, y tampoco tengo tantas obras, precisamente porque he luchado. Cuando yo hablo de una obra como Olvidadas, de Sí quiero, de Ser, en las que te has tirado un año y pico trabajando, es imposible tirarlas a la basura como si fuese una camiseta barata. El arte es otra cosa. Y está desapareciendo, el cine, la música…
¿Y ya hay horizonte para tu siguiente proyecto?
Hace dos días se encendió la bombilla. Llevaba meses dando vueltas a muchas ideas, sin que ninguna me levantara de la cama, y justo cuando me dije que iba a descansar, que llevaba tres proyectos muy fuertes seguidos, llegó. Con título, escena, imágenes y todo. Cuando eres creativa hay que confiar, porque hay muchos momentos de decir: «¿Será que ya no voy a ser capaz de hacer otra cosa, que nada me va a inspirar?» Pero yo necesito eso, algo que me levante, que me acueste y me haga decir: «No puedo dormir».
Estoy explorando, pero hay unos tiempos marcados con la oficina. He decidido no estrenar este año en Bienal -a pesar de que en el flamenco, si no te mueves, desapareces un poco-, pero lo hago porque el proyecto ha aparecido de verdad. Y me gustaría esternarlo en el Festival de Jerez, que siempre me ha dado mucha suerte y muy buen rollo. Cuando llegan los 40, también priorizas muchas cosas en favor del arte. No puedo separarme de lo que hago.



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