Al flamenco hay que ir preparado. Necesitas calentar para que no te atropellen las sorpresas y con Andrés Marín más. Como dijo Martirio uno va “arreglao pero informal” , luego al otear el programa se tropieza con el nombre de José de la Tomasa. ¿Qué tendrá que ver ese cantaor monumental con las cosas de Marín?
Al salir del metro te topas con centenares de banderas palestinas. En la sala roja de los teatros del Canal está programada una compañía de danza patrocinada por el gobierno de Israel. Intento soslayar la protesta y conseguir mi entrada por una puerta lateral. Imposible, así que tengo que pasar a través de un pasillo protegido por la policía a pesar de que estoy cien por cien de acuerdo con la expulsión de Israel de Eurovisión, de los tratados con Europa, de la Naciones Unidas y de cualquier organización que defienda los derechos humanos. Sales del trance cardiaco entonando un grito sordo por los palestinos masacrados y despojados de su vida y de sus tierras. Verde.
La sala verde no está llena y no sé si es por la vanguardia o por la protesta. Se abre el telón y aparecen sentados José de la Tomasa, el guitarrista Salvador Gutiérrez y Pepe Fernández detrás del piano. Suena música electrónica a toda pastilla y Andrés Marín baila como baila Andrés Marín. Ese taconeo flamenco que hace y deshace como los jerseys de Penélope que está teje que desteje esperando a Ulises en su odisea.
Miras al cantaor y parece una figura del museo de cera pasando un mal trago con la música a todo trapo… y Marín a lo suyo, sin que asome una miaja de compás con el bombo a tope esperando el trance. Mal sitio para conectar con lo que la juventud baila, tengo siete filas por delante y no veo a nadie que siga el ritmo con la cabeza. La cosa torna acústica y el pianista parece que se ha subido a un campanario desde donde llaman a un funeral. ¿Quién se ha muerto? Es una elegía sobre la Alameda de Hércules que llora por el eco (flamenco) perdido. Una pena utilizar un gran piano de cola para eso. Hemos visto a pianistas tocar con los codos y con los puños. Eddie Palmieri ofreció un concierto maravilloso en esta misma sala y Cecil Taylor acudió al homenaje a Carmen Amaya en su casa de Begur. Allí nos contó que fue una de sus grandes inspiraciones.
Cada vez que ves a Andrés Marín aparece el nombre de Israel Galván. Comparten algunos pasos y una rebeldía congénita y uno no sabe qué es antes si el huevo o la gallina. José de la Tomasa habla de la Alameda y de las fatigas que se pasaban. Durante toda la representación suenan discos de pizarra de las leyendas del cante un eco que nos llega mezclado con ruidos, alarmas y… ¡Música electrónica!
Al cantaor se le pasa la cara de agobio quizás porque ahora canta y Marín escucha. Cuesta entonar en esas circunstancias pero sale del paso. El flamenco se escucha nítido sin mezcla, clásico. Cante y guitarra, sin experimentos. Marín está ahora manejando una cámara que luego tendrá más sentido cuando una mujer le imponga alfileres de acupuntura en el rostro.
Marín ha tenido un momento Ramoncín de su primera época punk (hacia 1978) cuando ha extraído unos huevos del interior del piano y los ha estampado contra el suelo. Parece tentado en lanzarlos contra el público. Un proyectil cae a mis espaldas pero ni salpica, ni hace daño a nadie.
Provocar en el arte es un ejercicio delicado e innecesario la mayoría de las veces. El pianista Pepe Fernández interpreta al estilo de los vanguardistas de mediados del siglo XX y sobre eso baila Marín que despojado del compás no encuentra un sitio donde rematar la faena. Salvador Gutiérrez apenas tiene vela en este “Desierto” y José de la Tomasa canta con mucho sentido. No será lo único que nos salve este viaje. Hay momentos interesantes, algunos sorprendentes pero ocurren demasiadas cosas y eso al publico le resulta agotador ¿Eso que lleva en la cabeza es una montera de torero? ¿Para que necesitas un flotador en el desierto? Todo se alarga y casi no quedan fuerzas para aplaudir. Todo ha merecido la pena.
Fotografías y vídeo: @Manjavacas.flamenco
Desierto. Madrid. Teatros del Canal. Sala Verde.
Una idea original de Andrés Marín
En escena: Andrés Marín, baile; José el de la Tomasa, artista invitado; Pepe Fernández, piano; Salvador Gutierrez, guitarra; Karina Oliveira, acupuntura. Coreografía, dirección artística y musical, Andrés Marín.
Textos, Luis Ybarra
Electrónica, Oscar Mulero – The Cycle [TOKEN83] con epílogo musical «Requiem Desierto» de Alberto Carretero
Composición para piano, Pepe Fernández
Composición para guitarra, Salvador Gutierrez
Ayudante personal de Andrés Marín, María Velasco
Dirección técnica y sonido, Manu Meñaca
Diseño de iluminación, Benito Jiménez
Vestuario y acompañamiento coreográfico «silla», Roberto Martínez
Atavíos y diseño del cartel, José Miguel Pereñíguez
Acompañamiento escenografía, Pepe Barea
Técnico iluminación, Alejandro Conesa
Regiduría, Jorge Limosnita
La pieza incorpora fragmentos de «Para terminar con el juicio de Dios» (1947), de Antonin Artaud, traducido por Jean François Carcelén y «Fiesta» (2024), de Juan Domínguez
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