A veces pasa que, en una programación eminentemente flamenca como la del Festival de Jerez, aparecen cuerpos extraños a los que una acude sin saber, acercándose a la cita porque su presencia irradia magnetismo. En rigor, extraños a este mundo no son los protagonistas de Carne de perro que ayer se presentaron en el Centro Social Blas Infante. Helena Martín y Pablo Peña traen consigo dilatadas trayectorias, una con la danza -estilizada, española- y el otro en interpretación y composición sonora.
Galería fotográfica por Ana Palma y vídeo
Así pues, ante la expectación y el vacío del escenario, Helena y Pablo proponen un viaje performático para el que ni el nombre nos da pistas. Sin guía, son los artilugios de Peña (a medio camino entre Félix Rodríguez de la Fuente y Labordeta con su país en la mochila) quienes nos roban la atención. Está pendiente de su compañera, le aguanta la ropa, arropa su estado con las creaciones efímeras desde su maletita: vendavales y gruñidos, gorjeos y crujidos, ladridos, gemidos. Componer a tiempo real, le dicen a eso.
Al otro lado del escenario, una Helena esbeltísima trata de tapar la luz con la mano, uno de los gestos que más repetirá a lo largo de la tarde, aunque no será el único. El abanico de movimientos repetitivos irá combinándose en un bucle que avanza y retrocede, que crece y mengua en función de las emociones que la bailarina va experimentando y quiere compartir. La presencia (primero intermitente y cortada, luego central) de distintas versiones del Stabat Mater insinúa lo que baila Helena: la historia de un duelo, un sufrir materno interrumpido, cortante, cegador.
No lo sabemos, y no importa tanto: todas hemos estado ahí alguna vez. Y ante la incertidumbre solo queda elegir dónde te colocas: puedes irte (como hicieron muchos) o puedes quedarte y sostener la incomodidad de no saber, apuntalar la presencia ante el dolor de los demás. Si la dejas, la vida te enseña lo difícil que es estar a la altura de tus buenas intenciones.
No pienso decir que el dolor premie (ni que siempre traiga moraleja), solo que a veces es posible encontrar luces cálidas al atravesar ciertas experiencias. Será ahí, ya con una falda vaporosa que alarga aún más el cuerpo de Martín (qué delicia de vestuario, dicho sea de paso), cuando veamos sus quiebros y figuras más tiernas y redondas, salidas desde las tripas de algo que no deja de doler, como una adherencia que no termina de desprenderse. A esas alturas, el alpinista sonoro ya sabe que su compañera solo abre la boca para morder, no para hablar. Así que frota la grabadora por las curvas de su cuerpo, danza con ella, y nos dice que los cuerpos hablan, que guardan memoria, que son, como diría Rocío Molina, cuerpos acumulados ávidos de escucha, expresión, y un espacio mullidito para descansar.
Vulnerable, detallista y quieta, con una coreografiada labor de contención (¡qué difícil!), Carne de perro resulta una filigrana delicada y realista, un peculiar viaje hacia dentro con la capacidad de conmover a quienes resistan su hipnosis.
Permanecer da sus frutos, por extraños que sean. Y quienes nos quedamos, lo llevamos dentro.
Galería fotográfica Ana Palma y vídeo – Especial Festival de Jerez 2026
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