Cuando salíamos del teatro ya habían reabierto la principal arteria que rodea al Lope de Vega, cerrada al tráfico por la carrera nocturna convocada anoche en Sevilla. Habían pasado tres horas desde que se abrió el telón para esta esperada Noche Única que anunciaba en un mismo cartel a Juana Amaya y Aurora Vargas, dos artistas mayúsculas y poderosas, de esas que siempre quieres ver de nuevo.
En vista de que en esta Bienal los programas de mano brillan por su ausencia, dimos por hecho que asistiríamos a una propuesta conjunta, tal y como sugería la imagen del cartel con ambas enfrentadas bajo un solo título (Hazme con los ojos señas); y como prometían también las notas que definían “este espectáculo” como “un encuentro de feminidad, de garra, desgarro, descaro y discreción; de pureza y dolor antiguo que, sobre el escenario, se transforma en belleza”. Parole, parole, parole.
Fue después de la segunda intervención de Juana Amaya cuando encontramos, en otra pestañita de la web, que venían con elencos distintos y que aquello estaba planteado como un doble recital en el sentido más estricto. Esto es, se despidió a la primera a las hora y cuarto, se bajó el telón, se encendieron las luces, se dejaron quince minutos de descanso y, como si acabáramos de sentarnos en la butaca, se dio comienzo a la segunda parte con Aurora sin que se produjera ni siquiera un leve acercamiento entre las miradas de ambas en lo que podría haber sido un fin de fiesta memorable.
Explico el contexto, para que se entienda que, aunque compartan temperamento, la crónica seguirá la secuencia lineal de lo que se presentó: dos conciertos independientes. Y por otro, para advertir que este tipo de formato, más propio de festival que de la Bienal, obliga al público a resetearse innecesariamente y suscita además una inevitable -e injusta- comparación entre las protagonistas, como escuchamos comentar entre algunos espectadores.
Dicho esto, superada la contrariedad y dejando de lado las cuestiones técnicas que impidieron por ejemplo iluminar el baile de la Amaya, disfrutamos con ilusión inalterada de dos gitanas, flamencas y supermujeres de bandera que derrocharon su arte sin reservas y nos embelesaron con su magnetismo. ¡Quién va a venirse abajo frente a semejantes señoras!
Inspirada por el piano de Dorantes, que fue el encargado de reabrir este histórico teatro en la cita flamenca, salió Juana Amaya para embaucarnos con un baile terrenal que brota de los sentimientos más íntimos. Por seguiriya, esta sevillana enraizada en Morón, demostró con una elegancia indómita, que los códigos del baile flamenco los marca acaso el corazón, la memoria o la vida. Así, le fue inyectando a sus pies el nervio necesario hasta concentrar en la escobilla toda su rabia.
Fulgente, furiosa e incandescente, Juana Amaya, impulsada por las voces vehementes de El Kini, El Galli y El Extremeño (a ratos), las guitarras inspiradoras de David Caro y Paquito del Gastor, y la percusión de Paco Vega, nos fue llevando en volandas hacia otros tiempos pasados y futuros. El de un baile anárquico, intuitivo, fuera de toda norma, profundamente necesario.
En la soleá por bulerías y en los tangos, que interpretó con pantalón, esta artista impredecible reivindicó la expresión flamenca, el desplante gitano, la pausa. Entendiendo el arte como una respuesta y una lucha, pero también como una celebración y una forma de supervivencia.
No recuerdo exactamente el tiempo que llevábamos sin verla en la Bienal -¿quizá cuatro ediciones?- pero, entre aplausos y oles, con el espíritu pleno, pensaba en la capacidad de la bailaora para hacernos creer que siempre ha pasado demasiado tiempo de la última y hacernos sentir que la acabamos de ver por vez primera. Brava.
Para seguir alimentando nuestra esperanza, de verde Andalucía, Aurora Vargas entraba por toná en este teatro cuyas columnas guardan aún su quejío arrebatador de noches inolvidables como la que vivimos en 2018 en su última actuación aquí, junto al gran Pansequito. “Los grandes triunfitos que he tenido a lo largo de mi trayectoria los he tenido en este teatro, que es un monumento de Dios”, confesaba después de reconocer los nervios: “aquí sale una asustá, para qué vamos a mentir”.
Escoltada por cuatro efusivos palmeros y las estimulantes guitarras de El Perla (el ancla) y Pedro Sierra (las alas), la cantaora, que ya deleitó en la pasada Bienal, regresaba esta vez cargada de energía y con la garganta exultante para cantar con más ganas que nunca. Arañando las notas con sus quiebros secos, que son cuchillazos limpios.
Aurora parece cantar para defenderse. Consciente de que su arte es el mejor resorte para protegerse y mantenerse viva. Por eso, afronta todos los palos con la misma dignidad. Da igual que sean seguiriya, solea, alegrías, tangos o bulerías. Todo es grande en ella porque todo sale del mismo sitio. De heridas encalladas con las que se aprende a convivir. ¡Qué bien le canta Aurora al despecho! ¡Qué bien le canta a Sevilla!
Embelesados, con su fuerza ingobernable, nos fue llevando en la palma de su mano (con su palma firme y monumental) a nosotros y a todo su elenco. A ratos, la sentimos poseída y a nosotros a estas alturas se no ha pasado el cabreo. Que vuelva Aurora a la próxima, sin justificaciones.
Fotografías Archivo fotográfico Bienal de Flamenco @Laura León
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