Todavía con un nudo en la garganta vengo a llorar este texto de alabanza a Pedro El Granaíno que esta mañana de domingo, a la hora de misa, y en la imponente y sobrecogedora iglesia barroca de San Luis de los Franceses, se ha erigido como un predicador divino del cante gitano.
Igual que no hay aplausos suficientes para agradecer el regalo de esta experiencia sublime y transformadora, me temo que no encontraré palabras a la altura de este conmovedor recital que ha ofrecido durante dos días en la Bienal el cantaor, con la guitarra atenta y sensible de Antonio el Patrocinio, y el acompañamiento exquisito de la viola de Rosa Escobar y el clavecinista Daniel Oyarzábal.
Más que un concierto, Pan de oro, estrenado exprofeso para este espacio y para la cita sevillana, es una invitación al recogimiento. Una ceremonia pulcra y solemne de comunión mística de la que hemos salido distintos. Ojalá más humanos.
Cuando se abrieron las puertas y apareció entre las butacas cantando por saetas que “todavía existe el cielo”, sentimos que el profundo quejío de su garganta herida hizo llorar a los ángeles que presiden el imponente altar. Y viéndolo ahí, parado sobre las iniciales IHS que sitúan el nombre de Jesús en el centro del templo, pensamos si el significado atribuido al cristograma (Iesus Hominum Salvator: Jesús, Salvador de los hombres) no estaba adquiriendo a través de su cante un nuevo significado.
En un ejercicio de serena introspección, como en una oración íntima, Pedro merodeó por las melodías, arañó las notas y se detuvo en las sílabas precisas para transmitir no sólo la palabra de Dios y de Jesús, sino la de un pueblo dolido que pide auxilio y la del hombre que nos recuerda lo que somos y a lo que hemos venido.
Desde el Padre Nuestro que cantó por malagueñas llamando a vencer la guerra con paz, al Réquiem que Vicente Amigo compuso para Paco de Lucía y él, en un gesto de fraternidad quiso dedicar a Pepe Habichuela y Miguel Salado, el artista y los músicos diseñaron un intenso y emotivo recorrido por palos y letras que hablaban del perdón, del amor, del dolor y de la necesidad de abrazarnos. Confieso, de hecho, que hubo varios instantes en los que mi compañero de butaca y yo misma hicimos el amago.
Tras la mariana, la soleá y la granaína, en la que arrancó oles desde el ayeo, El Granaíno abordó, con el acompañamiento sutil e inspirador de los músicos, dos de los momentos más gloriosos del espectáculo y de los que se recuerdan en esta misma Iglesia. La versión de la canción Encima de las corrientes, cantada por Morente sobre poemas de San Juan de la Cruz, y una vidalita de Enrique Casellas, entre los asistentes, que nos dejó rotos. “¡Qué stendhalazo!”, escuché.
Al margen de las creencias particulares, cuánta falta nos hace recobrar la fe en la humanidad en estos tiempos de proliferación del odio y de las violencias. Y cuán necesario también este cante gitano sincero, profundo y dictado a media voz. En esta religión creo yo.
Fotografías: Archivo fotográfico de la Bienal de Flamenco de Sevilla / @Laura León
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