A Pastora Galván la hemos visto hacer de todo en esta misma Bienal, o eso creíamos hasta anoche. Desde que hace dos décadas se estrenó en solitario con La Francesa y logró el Giraldillo a la innovación, la sevillana nos ha regalado momentos memorables en los que nos ha embelesado con su baile sensual, expansivo y vigoroso, que recoge la frescura y la espontaneidad de una Sevilla vieja.
Siempre sorprendente e indómita, la artista se ha sumergido también en arriesgadas propuestas escénicas, que recordamos más por su histrionismo que por su resultado, pero que nos han servido también de oxígeno en una cita casi siempre encorsetada en tendencias random. En más de tres semanas de Bienal, a tres espectáculos por día, se termina por preferir a un artista valiente que fracase que a otro que busque sólo la corrección, aunque convenza.
Bajo esta premisa, acudíamos al Teatro Alameda al estreno de Tribusssh!,una enigmática propuesta que la propia Pastora no pudo explicar con detalles en su presentación y de la que poco podíamos intuir leyendo las enrevesadas e incomprensibles notas de la web que aventuraban una supuesta fusión de flamenco y rock.
Con unos tapones para los oídos, repartidos exprofeso para la función a la entrada de la sala, nos sentamos dispuestos a disfrutar de lo que fuera que la Galván nos propusiera esta vez. Con ganas, por qué no, de aplaudirle su atrevimiento. Por eso, hasta cuando apareció en escena con una pose chulesca de ¿estrella de rock jonda? quisimos seguirle el rollo y acompañarle en la aventura, por extravagante que pareciera.
Detallar el despropósito de lo que vino a continuación tiene poco sentido. No sólo porque nadie entendió nada sino porque, lejos de ver el brillo de la Pastora poderosa y luminosa que conocemos, lo que encontramos fue un personaje grotesco, que rozó a ratos lo ridículo, y a nadie le gusta detenerse en esto.
Ni nuestros esfuerzos por tratar de agarrarnos a su reconocido talento ni los suyos propios por defender con determinación y hasta el final semejante disparate, lograron encauzar esta deslavazada, superflua y descorazonadora idea, que no llevaba a ningún sitio. Así, al contrario que en la emblemática comedia estadounidense No me chilles que no te veo, aquí fue imposible el entendimiento entre sordos y ciegos. El público no sabía ni cuándo aplaudir y ella, probablemente, tampoco tenía claro qué estaba haciendo.
Más allá de los clichés (como pegarse dos alas a las botas de baile) y de la presencia perenne de las dos baterías machaconas, cuyos músicos marcaban con sus baquetas el compás a la artista o le daban la réplica igual pero no planteaban discurso musical alguno, no se dio produjo el diálogo entre ambas músicas. Como tampoco sirvió este acompañamiento para ofrecer un registro nuevo de la artista ni verla bailar distinto.
Con estas, el desconcierto por este frustrado intento de Pastora Galván por acercarse al rol de showgirl o glam rock star fue in crescendo hasta que por fin llegó el final y nos preguntamos ¿por qué?
Fotografías: Archivo fotográfico de la Bienal – @Laura León
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