Título: El fuego que llevo dentro. Cante: Lela Soto. Artistas invitados: Vicente Soto, Luisa Heredia, Diego del Morao, Curro Carrasco, Antonio Malena y David Cordero. Guitarra: Rubén Martínez. Palmas: Reyes Moreno y Juana Gómez. Percusión: Ané Carrasco. Fecha: Viernes 27 de febrero de 2026. Lugar: Museo de la Atalaya. Festival de Jerez
Galería fotográfica por Ana Palma y vídeo
My only love le leo tatuado en el brazo derecho como rastro -intuyo- de algún amor ya olvidado que, en un arrebato, creímos único. Todo me cuadra. Hay que ser muy valiente para entregarse al amor y a la vida apasionadamente. Sobre todo, en un mundo que nos llena de miedos y nos empuja a un individualismo atroz para convertirnos en seres aborrecibles e inhumanos bajo la falsa excusa de estar protegiéndonos.
Ella no. Lela Soto prefiere el escozor de la herida, y hasta el arrepentimiento, que permanecer impasible y dejar que le invada la apatía. Por eso, saca El fuego que lleva dentro, el álbum que lanzó hace justo un año al mercado y que -por fin- estrenó este viernes en su tierra, en un acto profundamente honesto con el que se muestra sin recato. Insisto, hay que tener muchos ovarios para manejar el legado de tu dinastía con esa libertad.
El duende de Lela, su carisma, nace de una inusitada frescura que, como digo, cada vez es más difícil de encontrar en estos tiempos de corrección. Su cante, por donde transitan los ecos de su casa, pero también sus vivencias e inquietudes, transmite la verdad de quien no ha venido a demostrar más de lo que es. Pase lo que pase.
Sentada en la silla de enea en la que ha crecido artísticamente, y rodeada de los suyos en un vaivén de colaboraciones por donde pasaron muchos de sus compañeros de batalla (Diego del Morao, Curro Carrasco, Antonio Malena…), Lela Soto ofreció emocionada un vibrante recital en el que vimos a una cantaora personal, poderosa y con garra, que se conoce mucho más a sí misma y se muestra más segura que nunca. Aunque pensemos que aún queda más Lela por salir.
Desde su arranque, la jerezana llevó a su terreno unas tonás melodiosas acompañadas por David Cordero con los sintetizadores, y así fue haciendo con el resto del repertorio del álbum en el que destacaron la malagueña A mi pare Manuel y unos tangos luminosos en los que recordó a la mejor Marina Heredia o a la Niña Pastori de otros tiempos.
Por soleá, bulerías o tientos la artista de voz melodiosa y quejío sereno, a la que nos gustaría ver cabalgar más en la belleza de sus medios tonos, fue imprimiendo giros propios que acercan su cante a los sonidos del blues, el R&B o el jazz. Como demostró en la improvisada versión de la milonga de Chacón con la que regaló uno de los momentos más sublimes, mezclando su natural dulzura con firmeza.
De esta forma, Lela consigue conectar su herencia ancestral con el hoy, haciendo que lo suyo suene actual y asequible para nuevos públicos, sin parafernalias. También gracias a letras renovadas que hablan de amor, fracasos y pasiones y que tanto se agradecen en esta generación de mujeres (por cierto, también a las palmas y a los coros ¡qué alegría!) que tienen tanto que decir.
Con los artistas sinceros pasa que es imposible no dejarse llevar. Y Lela nos supo pellizcar con su entusiasmo y su franqueza. Para acabar, fin de fiesta en su casa con su padre al cante, su madre marcándose una pataíta y sus tías abuelas tirándoles besos desde el patio de butacas. Pues eso. ¡Vivan las gitanas con kimono y viva las jerezanas valientes!
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