Galería fotografía por Ana Palma & vídeo
Sin entrar en los dilemas éticos o formales que suelen convocarse ante la factura de algunas propuestas en certámenes flamencos, me declaro insolvente. Se pueden extrañar ciertas hechuras o facetas y épocas de algunos artistas, pero no me apetece sacar un flamencómetro que, desde luego, no manejo. Observar la curva que dibujan las y los flamencos (y acompañarla en la medida de lo posible) en el discurrir de su camino me interesa más.
Así las cosas, tenía curiosidad por ver el siguiente peldaño que Olga Pericet desarrolla en su trilogía inspirada en las guitarras del almeriense Antonio de Torres, considerado el padre de la guitarra española moderna. Hace dos años trajo a Villamarta La Leona y después será La invencible.
Anoche fue La Materia. Mucho menos luminoso que el anterior, que miraba hacia afuera, y con una clara invitación al trance para investigar desde dentro, la cordobesa nos tienta encaramada a los maderos que ese otro Premio Nacional de Danza, Daniel Abreu (que es artista invitado y a su vez se encarga de la dirección escénica), maneja con mimo y firmeza.
Fascina que no se aprecie en ese tándem el veneno de la seducción romántica. No juegan a la tensión amorosa ni al duelo simbólico. Se dedican a desplegar con y para ellos un arsenal de recursos corporales -siempre con los materiales de construcción mediante- que nos lleva a pensar en un excéntrico engranaje de circo contemporáneo. Y desde allí, como en un sueño gestáltico, Olga dice sin decir: no hablo de la madera. La madera soy yo. Soy el mástil. Soy Abreu. Soy el sudor. Soy el pelo. Soy el vuelo. La materia, toda yo.
No puedo imaginar el trazado de virguería de la banda para acompañar una propuesta así, aunque Juanfe Pérez al bajo eléctrico y Javier Rabadán con la percusión llevan tiempo al lado de Pericet, en custodia de la curva que dibuja su camino. Junto a ellos, José Manuel León a la guitarra genera un ambiente que perfila con esmero los preludios y fugas de la bailaora que, a ratos, deja sentirse como una taranta y, después, pasajes de una bulería por soleá que estallará en una rave flamencólica esquizoide.
Allí, en un paisaje lunar raruno e inhóspito, Olga recupera el vestido más tradicional que llevará en toda la noche y, escoltada por un ramillete de pies de micro, retoma la vis cómica que tan bien le queda (y que ya vislumbramos en La Leona) y despotrica disparatada dándolo todo: viva jereeeee toma que toma arsa ole con ole que toma vamo quillooooo papita aliñá vamoallá. Parece decir desde el futuro con vestigios de pasado: esto es lo que queda. Humo, lunares y jaleos.
Galería fotográfica Ana Palma y vídeo – Especial Festival de Jerez 2026
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