Galería fotográfica Ana Palma & vídeo
“Todo lo que hemos vivido se refleja en mi baile y en tu cante. Todo lo que hemos visto y hemos escuchado”. Con la voz en off de Concha Vargas hablándole así a Inés Bacán comienza Lebrisah, un cuadro con corte de recital de flamenco clásico que rinde tributo a dos mujeres gitanas veteranas de 70 años o más que siguen en activo. Nada habitual.
En lo visto y escuchado está la gracia de este montaje a cargo de Curro Vargas (guitarrista e hijo de Concha), en la celebración del flamenco vivencial que, con las familias emparentadas de su Lebrija natal, se convierte en un ejercicio de memoria compartida donde el flamenco no se interpreta: se hereda y se revive. “Yo creo que cuando estoy triste canto mejor”, remata la descendiente de Pinini. No tengo dudas si así lo siente ella. Lo que sí sé es que, para mí, Inés Bacán actúa como médium entre la tierra que pisamos y el más allá.
Con Juan Juanelo y Moi de Morón al cante y compás, Antonio Moya y Curro Vargas a la guitarra y una atinadísima Gal Maestro al contrabajo, la pieza se articula para que ambas den rienda suelta a su inspiración y saber, pero es verdad que supo a poco, porque el grueso del montaje lo hizo cada una por su lado. Hubiera sido interesante quizá encontrar más conexiones y dejar entrever las costuras de su camino juntas. Eso sí, la toná compartida no nos la quita nadie:
Y hasta el olivarito del valle
yo acompañé a esta buena serrana.
Y le he echaíto mi bracito por encima;
la miré como a mi hermana.
Inés dice el cante por soleá con un Antonio Moya engloriao que se deshizo en oles, mirándola, visiblemente tocao. No sabemos a qué lugar llevaba la Bacán al guitarrista, pero sí sabemos que los ole sobre el escenario se dicen para el otro, no para el público. Qué gusto presenciarlo. Llega la siguiriya en la que Inés acompaña el tempo (el suyo interno y el otro) con sus brazos. Marca los cortes, subraya las falsetas, parece casi que dibuja su propio pentagrama que la guía y la impulsa hasta la Nana de los luceros que ya grabó con su sobrino Dorantes en el álbum Orobroy en 1998. Aquí quien pudo se quedó entero. Quienes no, nos partimos en dos o tres trocitos.
Concha por su parte mide sus intervenciones y la longitud de cada explosión: sabe que es un volcán y lo tiene domado a sus casi setenta. Aparece de verde esmeralda por alegrías, baja la velocidad y vuelve para la escobilla por soleá. Comedida, nos deja observar los detalles de los tempos de su tierra, ese compás lebrijano que más que bailar, mece. Hasta por bulerías estalla pero poco: sabe como nadie anticiparse a la capacidad de asombro de un público que espera el estallido y ella alimenta el crescendo llenando el espacio de giros y replantes (y el cante preciosista de Juanelo y roto de Moi) donde se ve lo importante, más que la velocidad o la precisión: la intención. Ahora, la imagen que no se me olvida es la de Curro mirando a su madre como diciendo: madre mía que me ha venido Dios a ver al hacerme nacer de esta gitana. Orgullo, admiración, alegría y fatigas compartidas y heredadas. Qué alegría de ser gitano, que diría Juanelo…
El cierre vino de la mano del Cante de las Caravanas, tan popular en Lebrija y tan pertinente ahora después del reconocimiento de Moncloa al Pueblo Gitano y las fatigas que España les ha hecho pasar. Gente en pie, ovación contenida y algunos lloros.
¿Qué más quieres, Jeré?
Galería fotográfica Ana Palma y vídeo – Especial Festival de Jerez 2026
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