El Flamenco Festival de Nueva York alcanza en 2026 una cifra simbólica: veinticinco años de trayectoria continuada. Un aniversario que no solo celebra la consolidación de un proyecto cultural pionero fuera de España, sino que invita a reflexionar sobre una relación mucho más profunda entre el flamenco y una de las grandes capitales culturales del mundo.
Desde su primera edición en 2001, el festival ha acompañado la evolución del flamenco contemporáneo, ampliando públicos, espacios y lenguajes, y situando a este arte en algunos de los escenarios más prestigiosos de la ciudad. Al frente del proyecto, Miguel Marín ha sido testigo directo de ese crecimiento, pero también de las dificultades inherentes a sostener un festival privado de esta envergadura durante un cuarto de siglo.
La edición de 2026, concebida como una celebración de bodas de plata, ha servido además como ejercicio de memoria. La programación pone el foco en los artistas que, desde finales del siglo XIX, abrieron camino al flamenco en Estados Unidos, estableciendo una conexión histórica que precede al propio festival.
Conversamos con Miguel Marín sobre esa mirada al pasado, sobre el presente creativo del flamenco, la evolución del público, el papel de los artistas emergentes y los retos de seguir tendiendo puentes entre tradición y contemporaneidad desde Nueva York.
Puedes ver el vídeo con la conversación completa:
¿Cómo afrontas este 25º aniversario del Flamenco Festival de Nueva York?
Lo afronto con mucha ilusión y con una sensación muy clara de celebración, pero también de reflexión. Cumplir veinticinco años te permite parar, algo que no solemos hacer en la gestión cultural, y mirar atrás con cierta perspectiva. Al hacerlo, me he dado cuenta de que esta historia de amor entre el flamenco y Nueva York no es una historia que pertenezca al festival, sino que pertenece al propio flamenco. El flamenco llevaba aquí mucho antes de que nosotros empezáramos y seguirá después.
Mirar atrás ha sido muy revelador porque te das cuenta de que el flamenco lleva casi 140 años estableciendo una relación muy especial con Nueva York. Eso cambia la manera de entender el aniversario: no se trata solo de celebrar un proyecto, sino de reconocer una historia cultural mucho más amplia de la que el festival forma parte.
Esa reflexión ha marcado claramente la programación de este año. ¿Cuál ha sido el punto de partida?
Ha sido el leitmotiv de toda la edición. El aniversario nos dio el impulso para dedicar el festival a los maestros y artistas precursores que abrieron el camino al flamenco en Estados Unidos desde finales del siglo XIX. Queríamos poner nombre y rostro a esas figuras que permitieron que hoy el flamenco tenga un espacio natural en la programación cultural de Nueva York.
En ese proceso ha sido fundamental el trabajo de investigación de José Manuel Gamboa. Sus libros sobre el flamenco en Nueva York han sido una fuente de información brutal y una inspiración constante. Gracias a ese trabajo hemos podido articular una programación que dialoga con la historia de una manera muy consciente.
Carmencita se convierte en una figura central del discurso del festival. ¿Qué os llevó a ella?
Carmencita es un personaje absolutamente fascinante. Fue una de las grandes divas de su tiempo y una figura clave en la llegada del flamenco a Estados Unidos. Al investigar sobre ella descubrimos hasta qué punto su impacto fue transversal, incluso más allá de los escenarios.
Uno de los hallazgos más llamativos es que inspiró a grandes pintores de la época. En el Metropolitan Museum of Art se conserva un retrato suyo firmado por John Singer Sargent, y a partir de ahí surgió la idea de cerrar el festival con una performance de Olga Pericet bailando frente a ese cuadro. Es una forma muy simbólica de despedir el festival y de cerrar el círculo entre historia, arte y flamenco contemporáneo.
¿Cómo convive esa mirada al pasado con la creación actual?
Para nosotros era fundamental que no se quedara en un ejercicio nostálgico. El pasado está presente como inspiración, pero siempre dialogando con la creación contemporánea. Un buen ejemplo es el espectáculo La Confluencia, de Estevez y Paños, que toma como referencia a figuras como Carmencita, Trinidad la Cuenca, Carmen Amaya, Mario Maya o Vicente Escudero.
También la Gala Flamenca de este año está inspirada en espectáculos históricos como Flamenco Puro, que fue mítico en Broadway. La idea es entender el flamenco como una continuidad, donde las raíces alimentan constantemente nuevas formas de creación.
La Gala Flamenca sigue siendo uno de los pilares del festival. ¿Por qué mantiene ese peso?
La Gala Flamenca es una de las señas de identidad del festival desde sus inicios. A nivel artístico es muy importante porque muestra el baile por el baile, sin un concepto narrativo añadido, centrado únicamente en el intérprete y en su lenguaje propio.
Además, tiene una función fundamental dentro del proyecto: nos permite presentar artistas nuevos al público de Nueva York. Muchos artistas que hoy tienen una relación muy estrecha con el festival llegaron por primera vez a través de una gala y, con el tiempo, regresaron con sus propios espectáculos. Este año, contar con Eva Yerbabuena, Manuel Liñán, El Farru y Juan Tomás de la Molía es un honor y una enorme alegría.
¿Cómo ha evolucionado el público del flamenco en Nueva York en estos 25 años?
Ha habido un cambio muy profundo. El flamenco siempre ha gustado, pero el nivel de oferta que ha existido durante estos años, la cantidad de artistas y la variedad de propuestas, ha ampliado muchísimo la base de público.
Antes el público estaba más asociado a una visión étnica o racial del flamenco. Esa parte sigue siendo esencial, pero hoy convive con públicos muy diversos. Hay propuestas que conectan con espectadores que vienen del ballet clásico, de la danza contemporánea o de formatos más experimentales. La evolución creativa del flamenco ha sido clave para que esto ocurra.
¿Se nota también ese cambio en la respuesta a los distintos formatos?
Sí, claramente. El baile sigue siendo lo que más público atrae en términos de aforo, porque suele ir a teatros más grandes, pero todo tiene su público. En los últimos años hemos comprobado algo muy interesante con los recitales de cante y guitarra en formato muy desnudo.
Hemos presentado conciertos solo de voz y guitarra y han funcionado muy bien. Hay una madurez en el público que le permite apreciar los matices y la profundidad de este tipo de propuestas, algo que quizá hace años no ocurría con la misma intensidad.
A lo largo del tiempo son muchos los artistas que están vinculados especialmente al festival. ¿Qué significa eso para ti?
Es una de las mayores satisfacciones cuando miras atrás. Artistas como Sara Baras, Eva Yerbabuena, Israel Galván, Olga Pericet o Manuel Liñán han estado ligados al festival desde etapas muy tempranas de sus carreras.
Recuerdo cuando algunos vinieron por primera vez sin tener todavía compañía propia o cuando estaban dando sus primeros pasos internacionales. Haber compartido ese camino, acompañarlos y crecer juntos es algo muy emocionante y muy gratificante.
El festival sigue apostando por nuevas generaciones. ¿Cómo se refleja eso este año?
Este año el 50% de los artistas actúan por primera vez en Nueva York con trabajo propio. Eso es algo muy importante para nosotros porque demuestra que la puerta está abierta y que no vienen siempre los mismos, como a veces se dice.
Siempre buscamos que el artista tenga la madurez suficiente para aprovechar una oportunidad como Nueva York. Si viene demasiado pronto, puede quemar un cartucho importante. Por eso intentamos que el momento sea el adecuado dentro de su trayectoria.
Nueva York sigue siendo un hito en la carrera de un artista flamenco.
Nueva York tiene una capacidad de proyección internacional enorme, pero también por la carga simbólica de sus escenarios. Actuar en teatros donde han pasado los grandes artistas del mundo genera una emoción muy especial.
No es solo una cuestión de visibilidad, sino de sentir que estás compartiendo espacio con la historia cultural universal. Eso marca mucho a los artistas y también al público.
Después de 25 años, ¿qué deseo tienes para el futuro del festival?
Seguir. Que el flamenco siga creciendo, emocionando y encontrando nuevos públicos. Y que esta historia de amor entre el flamenco y Nueva York continúe escribiéndose durante muchos años más.
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