Galería fotográfica Ana Palma & vídeo
Qué curioso soñar con las doncellas y, cuando hay que ponerse a escribir, se queda una en blanco, como El Bo en este mismo teatro. Qué difícil es intentar arrejuntar las letras pertinentes para dar una idea, así sea leve, de lo que Doncellas (Juerga Permanente) trajo anoche al Festival de Jerez.
El estreno absoluto más esperado del certamen jerezano volvió a demostrar la amplitud creadora del tándem artístico formado por Rafael Estévez y Valeriano Paños, cuya trayectoria está ya inscrita en el olimpo del flamenco, de tan capaces como son de poner de acuerdo con sus producciones a la vanguardia y a quienes defienden la vertiente más conservadora.
Desde esa orilla suya única en la que resaltan la pulcritud coreográfica y escénica, el manejo estratégico de la dramaturgia y el cuidadísimo trabajo coral, estos hijos del futuro que tanto miran al pasado tejieron una red tupida y flexible sobre la que oscila todo lo demás. De los bailes individuales ortodoxos (e impecables) al hacer entre todos una pavana cumbianchera con tintes de kung-fu. De los café-cantantes a los teatros. De las fiestas de terratenientes a la celebración colectiva. De la factura deliciosa a sacar el móvil para grabar.
Es en ese universo E&P todo cabe, pero solo lo que supera el filtro de estos Premios Nacionales de Danza 2019, que no es un detalle menor, porque proviene de una dilatada y profunda investigación terrenal. Cualquier detalle, por espontáneo que pueda parecer, proviene de algo previo estudiado y analizado de un pasado del que tanto nos queda por desempolvar todavía. De las pastillas Crespo “con mentol y cocaína” que anunciara el jilguero del flamenco, don Antonio Chacón (que encontraría en Montoya un compañero a la altura de sus miras) a una especie de Young Pope de Sorrentino con bajos reguetoneros para volver a la Milonga de Ramón y estallar en un after electrónico.
Incluso el punto final sugiere creación sin fin, pues terminan como empiezan, por rondeña de Montoya en manos y cuerpo de Alejandro Hurtado. Tremenda responsabilidad para el alicantino meterse en la piel del gitano madrileño que elevó la guitarra flamenca de acompañamiento a solista de concierto, entre otros logros.
Además de Rafael y Valeriano, vemos en todo momento al resto del equipo: Yoel Vargas, Manu Montes, Jorge Morera, Jesús Bergel, José Alarcón y Jesús Perona. Este rebaño que bala, muge, cacarea, masca, asesina y procesiona, se da un aire a los Yesterday de Juan Carlos Aragón puestos de MDMA. Pero también podrían parecer a ratos una banda de pequeños hooligans de un instituto de Arizona.
Fieles a su línea del riesgo, la innovación y honrar el caudal, estos creadores presentan el flamenco como lenguaje principal sin dejar de echar mano de la danza española, la contemporánea o el folklore. Todo en su caja de herramientas cobra sentido. Tampoco dejan de lado parte de la historia jonda con sus sombras: el hilo de la juerga permanente, el subtítulo de la obra, tiene que ver con el poema que dedicó a Montoya Manuel Benítez Carrasco, Juerga en el cielo, pero también con la necesidad que pasaron muchos flamencos, siempre ávidos de una juerga con la que llevar el pan para su casa.
O uno de los momentos más aplaudidos con luces rojas y fumando a contraluz, que acaba con besos de fuego y tosiendo, la excusa perfecta para llegar al anuncio de Antonio Chacón de las pastillas Crespo, “con mentol y cocaína”. Las doncellas enfilan para comulgar y el jilguero del flamenco, encarnado en Estévez, da una a cada uno como si fuera una hostia consagrada.
Cuando vemos el inicio pero al revés en un espejo infinito, sabemos que la juerga continuará, pero no hoy. Remata Hurtado-Montoya por rondeña. Esta vez, con la camisa partida. No es para menos.
Galería fotográfica Ana Palma y vídeo – Especial Festival de Jerez 2026
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