Con las mismas dudas que teníamos sobre el nombre al entrar en la sala salimos este lunes del teatro tras el estreno de Deuterenomio 5:8-10, la obra de Alberto Sellés e Iván Orellana que abría el ciclo Flamenco Aparte que inaugura esta temporada los Jueves Flamencos de Cajasol.
Agradeciendo la valentía y el riesgo de los creativos y polifacéticos artistas, que huyeron de lo fácil para hurgar en lo íntimo, la propuesta se vislumbró como un batiburrillo inconexo que no dejaba claro ni el mensaje ni el concepto artístico. De ahí el desconcierto y la desazón de un público que esperaba un proyecto a la altura de dos de los bailaores más personales e interesantes de la escena flamenca actual.
Entendemos que las referencias a la Semana Santa y el mundo cofrade y religioso, que abrieron y cerraron el espectáculo, hacían referencia a la idea del título que alude al texto en el que Dios se describe como “celoso” estableciendo la prohibición de idolatrar imágenes. Sin embargo, esta desacertada analogía con las relaciones terrenales quedó diluida entre una abigarrada dramaturgia, a ratos incomprensible, que nos alejaba continuamente del verdadero letimotiv.
¿Es que acaso se necesitan palabras cuando se unen dos cuerpos desvalidos por el abandono? Pensamos cuando tratamos de entender los mensajes que ambos recitaron en algunos momentos en un intento por reforzar lo que ya mostraba la danza.
Precisamente ahí, en los pasos a dos donde los protagonistas se abandonaron al fluir de los respectivos cuerpos -como hicieron en la caña y en la milonga-, donde más disfrutamos de Sellés y Orellana. No sólo por la técnica impoluta que exhiben, por la excelencia que despliegan o por la riqueza estilística de sus movimientos, sino porque al verlos juntos, piel con piel, es cuando sentimos el abanico de emociones que bordean al amor y al desamor: la soledad, los miedos, la rabia, la inseguridad, la melancolía, los anhelos…
La guitarra de Juan Anguita y la voz de Manuel Pajares, que arrancó varios oles y alguna lágrima situándose como uno de los cantaores más completos y fértiles, sirvieron de anclaje entre las variopintas piezas donde ambos quisieron dejar patente también sus respectivas credenciales. Pero pasa que, a solas, seguimos siendo esclavos de la caricatura y dueños de nuestro escudo y es al desnudarnos frente al otro y reflejarnos en el espejo cuando se nos ven las heridas. Por eso, la firmeza de Sellés, su carácter sólido, su picardía y la contundencia de sus pies crecían al lado de la plasticidad de Orellana, la sutileza de sus giros, la naturalidad y riqueza de sus movimientos y su cuerpo etéreo. Y viceversa. Justo ahí está la belleza.
Galería fotográfica por Luis Castilla
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