Sentada de espaldas, inmóvil, mientras la guitarra y la percusión abren la noche. Así arranca Proceso eterno, y así se presentó Patricia Guerrero (Granada, 1990) ante una Sala Verde de los Teatros del Canal llena: sin prisa, dejando que la música llegue antes que ella. Cuando por fin se levanta, lo hace por bulería por soleá, limpia y precisa, midiendo cada remate.
No es un estreno, aunque así se haya anunciado. Proceso eterno se presentó en 2020 y ha pasado desde entonces por Nueva York, el Teatro Real, Oslo o Logroño. Ese rodaje se nota: es una coreografía sólida, asentada, y la complicidad entre la bailaora y sus músicos se ha ido forjando función tras función. Es también el formato que el circuito de festivales puede permitirse, cuatro personas en gira en un sector que apenas sostiene producciones de compañía. Que la directora del Ballet Flamenco de Andalucía lo mantenga vivo habla de su vínculo con este trabajo y de las condiciones en que se produce baile flamenco en este país.
Con ella, los de siempre: Dani de Morón a la guitarra, Agustín Diassera a la percusión y Sergio El Colorao al cante. Son el equipo con el que Guerrero ha construido buena parte de su obra, de Distopía a Deliranza o la Pineda con la que debutó al frente del Ballet. «Lo que yo hago como creadora lo hago con ellos», decía entonces. Y se nota: este grupo de artistas está en su punto de madurez, se sienten seguros, y esa seguridad se transforma en precisión. Se buscan con la mirada, se sonríen, se esperan. Proceso eterno deja ese núcleo al desnudo: sin cuerpo de baile, sin dramaturgia, sin más escenografía que unas sillas que se mueven y un fondo que se ilumina.
El siguiente gran momento es de ellos. Diassera y Morón dialogan solos en escena, y la digitación del guitarrista despliega armonías nuevas que en sus manos suenan a pureza; a la suya, porque Morón hace tiempo que encontró un idioma propio. Guerrero regresa vestida de rojo a un escenario desnudo, donde el movimiento de las sillas es toda la escenografía, y se sienta a escuchar a El Colorao por tientos. Los tientos se transforman en tangos, y ahí llega el pasaje menos redondo de la noche: pese al intento, la propia falda le dificulta la expresión y el baile no termina de soltarse.
Se resarce por alegrías. Baila solo sobre el cante, sin escobilla, en diálogo directo con El Colorao, y el protagonismo pasa a los hombros y las manos, que vuelan y se continúan unas en otras, pícaros. Es la Guerrero más luminosa, la que juega.
Llega entonces la malagueña del Mellizo, sin baile. El Colorao la canta con la letra vuelta hacia el padre que Dios se ha llevado, y su voz dulce, la de los Coloraos de Granada, se hace lamento. Armonías y colores mínimos que, sin embargo, se vuelven grandes.
El fondo se ilumina para dejar salir a la bailaora con bata de cola. Y ahí está la soleá: grandiosa, detenida, oscura. Es el terreno donde Guerrero se siente más cómoda, y se nota. Limpia, precisa, dueña de cada suspensión, de cada giro de la cola, de unos brazos que buscan la geometría como la han buscado siempre. La remata por bulerías, devolviendo la noche al compás con que había empezado.
Todo en Proceso eterno es bello. Cristalino, nítido, con la limpieza de una estampa; la del arranque, con pantalón alto y chaquetilla, parecía salida de un lienzo de Julio Romero de Torres. Guerrero, Morón, Diassera y El Colorao son artistas de hoy, modernos, con un sello propio que se reconoce en cada compás. Pero lo que traen a sus voces, a sus cuerpos y a sus manos es una herencia: la del tablao, la del flamenco de sus padres, aquel que quedó codificado en la segunda mitad del siglo XX. No lo repiten, lo habitan. No busca Proceso eterno incomodar ni romper; su apuesta es otra, la de la depuración, y en ese terreno Guerrero no tiene quien le tosa.
Cuando la cola se recogió en el último desplante, desde las primeras filas del patio de butacas, muy cerca del escenario, se oyó un grito: «¡Olé la belleza!». Era Rubén Olmo, el maestro que la vio bailar por primera vez en un tablao sevillano y la llevó de la mano hasta el Ballet que hoy ella dirige. Pocas veces un jaleo resume tan bien una noche. El público, en pie, la ovacionó largamente, y ella aún regaló una pataíta por bulerías antes de despedirse.
Fotografías & vídeo: @Manjavacas.flamenco
FICHA TÉCNICA
Proceso eterno. Patricia Guerrero. Suma Flamenca 2026. Teatros del Canal, Sala Verde, Madrid. 14 de octubre de 2026. Baile: Patricia Guerrero · Guitarra: Dani de Morón · Cante: Sergio El Colorao · Percusión: Agustín Diassera · Duración: 80 min.
