Algo mal hemos hecho como sociedad para que hasta el saludo de un vecino lo recibamos como un regalo. Aburridos del scroll, saturados de los estímulos enlatados que notifican nuestros móviles, vacíos frente a una hiperconexión engañosa y solos entre un bullicio de gente que ni se mira ni se escucha, vivimos atrapados en un desolador aislamiento del que no logramos escapar.
Esta desoladora realidad es el punto de partida de Gesto mínimo, la obra que estrenó este viernes Alfonso Losa en el Teatro Lope de Vega dentro de la Bienal de Sevilla y que reivindica la presencialidad, el contacto físico y la ocupación del espacio como único antídoto para combatir la deshumanización del mundo, y del arte.
En un espacio delimitado por cuatro cuerdas rojas, que van del techo al suelo funcionando a modo de cuadrilátero, el artista aparece solo iluminado por un candil en la penumbra, como convocando un ritual con el que atravesar este abismo.
A partir de aquí, Losa, en el papel de oteador, oficia una ceremonia colectiva a la que se suman tres soberbios bailaores (Karen Lugo, Yoel Vargas y Águeda Saavedra) junto a los que construye una pulcra obra coral donde el movimiento actúa de catalizador.
Como en el mito chino del hilo rojo (que lucen todos en el oportuno vestuario), según el cual nuestras almas están inevitablemente conectadas a otras, los artistas caminan perdidos, desconcertados o desvalidos en este lugar acotado, que es el vacío, hasta que los cuerpos se cruzan y el roce activa la maquinaria.
El baile de uno sirve aquí para despertar al otro, empujarle, invitarle a seguir, sacarle de su ensimismamiento o recogerle. El Gesto mínimo es la chispa que hace saltar la alarma con la que poder salir vivos de esta atmósfera asfixiante y desértica. Por eso, cuando los escuchamos respirar y sentir sus latidos en los silencios que hilvanan las piezas compartimos el sosiego.
Sin apenas resquicios de distensión, el coreógrafo madrileño sumerge al espectador en una propuesta hierática y cruda en la que el sólo encontramos consuelo en el virtuosismo de los intérpretes. En este sentido, Losa no cede a lo complaciente, sino que se recrea en ese clima glacial y austero que incomoda. Exigiendo, de algún modo, que nuestra atención se concentre en el diálogo de los cuerpos.
Con un registro más contenido, el bailaor impresionó por su precisión de reloj suizo, la solemnidad que imprime a sus movimientos, sus velocísimos e impecables giros y una colocación siempre perfecta. Así, en un exhaustivo ejercicio de disección del movimiento, demostró su baile seco, que no grita, exhala. “Bicharraco”, le jaleó El Pechuguita desde un patio de butacas lleno de compañeros como Eva Yerbabuena, Farruquito, José Maya, El Choro, Miguel Ángel Heredia, Lucía La Piñona, Gloria del Rosario, María Carrasco…
De sus solos disfrutamos especialmente de la imponente farruca, pero la propuesta se planteaba más como un laboratorio coral donde el creador experimenta elaboradas coreografías que combinan las escenas grupales, los pasos a dos y las piezas individuales.
La guitarra inspiradora y rotunda de Fran Vinuesa, como sostén musical; el cante de Ismael El Bola y Antonio ‘El Pulga’, como aguijón y aliento; y las composiciones grabadas de Isadora O’Ryan, que enfatizan lo fantasmal, estimulan desde fuera del ring al organismo que forma el cuerpo de baile hasta darles vida propia.
La sobrecogedora soleá, en la que ambos cantaores iban intercalando letras desatando los oles por la profundidad y pasión del uno (¿Ya hemos pedido el Giraldillo para El Bola?) y la singularidad y visceralidad del otro, fue otro de los momentos más conmovedores. Igual que la malagueña en la que por primera vez el guitarrista cruza la línea para introducirse en el grupo con un toque tan cálido como sugerente, con el que construyeron estampas de hermosa plasticidad.
La dificultad del espectáculo, que no sólo exige de los bailaores una alta capacitación técnica sino adoptar un estado anímico concreto, permitió descubrir aún más a los bailaores. Desde la seguridad, la fuerza y el poder de transmisión de una infalible Karen Lugo (natural en sus múltiples registros); a la frescura, la soltura y la amplitud de registros de Yoel Vargas, que con castañuelas hizo alarde de su baile fluido y aéreo en un paso a dos por taranto; pasando por el temperamento y magnetismo de una Águeda Saavedra casi en trance, que derrochó flamencura en la soleá por bulerías.
Las ya más relajadas bulerías, donde Alfonso Losa y Karen Lugo fueron dibujando como en un boceto los marcajes, daban ya la bienvenida a la liberación final. Abrazados, y en una vibrante coreografía tribal, desataron los candados de estas cuerdas para manifestar juntos que la salvación está en la red.
Fotografías Archivo fotográfico Bienal de Flamenco @Laura León
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