Jerez pasa por la Bienal de refilón con ‘Xerezanías’, una horita corta de cante de postal

En el flamenco conocemos bien del peligro que tiene tratar de reproducir en un escenario la naturalidad y la pureza que se vive en las reuniones familiares donde el cante, el baile y el toque fluye de manera natural y sin guion.

En demasiadas ocasiones hemos visto en la Bienal de Sevilla fracasar espectáculos que aspiraban transmitir una esencia que, de delicada, se suele escapar en cuanto se abre el frasco. Por eso, recibía ‘Xerezanías’, la propuesta que llegaba este miércoles al Real Alcázar, con las reservas propias de quienes tememos estos peligrosos -y ambiciosos- intentos de vender una autenticidad que se nos antoja casi siempre impostada, cuando sealimenta de la mirada (y del dinero) del otro.

Cuando los guitarristas y los palmeros salieron a llenar este emblemático espacio con su compás contundente y Antonio Malena entonó los primeros ay de una soleá que arrancó al golpe creímos, por un momento, que ésta iba a ser una noche de cante grande. Por lo que fuera, nos anclamos al eco añejo y rancio del Zambo y a la garganta rota de Dolores Agujetas, que se sumaron al palo, queriendo encontrar el eco atávico, salvaje y cabal de esta tierra de solera.

Sin embargo, como ocurre otras veces con quienes se sienten tocados por la varita y echan toda su suerte a la cesta de la inspiración, se fue esfumando el brillo y lo que quedó fue un recital tibio, de apenas una horita corta.

Lejos de traer a Sevilla la memoria de estas tres fructíferas y personales sagas gitanas jerezanas, que resumen por sí mismas gran parte de la historia de lo jondo, el espectáculo se quedó en la foto fija de la postal, ofreciendo una representación de un arte que difícilmente se entiende (o disfruta en plenitud) lejos de su ambiente y su contexto natural.

Es verdad que el soniquete y la maestría de Manuel Valencia, que dirigió con gusto y ritmo la propuesta, sirvió de anclaje y estímulo a los cantaores y de hilván al concierto, como lo hizo el toque de Antonio Malena y el compás de Javier Peña y Juan Diego Valencia.

Pero, al margen de algún destello, como el carácter impetuoso y rabioso que le imprimió Malena a los tientos tangos, la seguiriya seca de una Dolores Agujetas -a la que no le favorecen los grandes espacios-, o la malagueña del Torre que el Zambo ralentizó con su garganta añeja, sentimos que los tres pasaron de refilón por el cante. No sé si por la dificultad de echarle un pulso a este espacio tan incómodo para el flamenco, por falta de ganas o por falta de tiempo para entrar en calor y entregarse a cada palo con la sinceridad que precisaba.
Si los señoritos que los contratan para las fiestas privadas, buscando no sé qué conexión mística y exclusiva con este arte ancestral, esperaban fiesta gitana tuvieron que conformarse con el amago descafeinado por bulerías donde aparecieron, ya con todo el elenco sobre el escenario, las siempre celebradas Tatas de Jerez (Juana de la Curra, Manuela La Majuma, Luisa de la Torrán, Tía Yoya) para darse una pataíta. Chocó, no obstante, la brevedad también de un fin de fiesta ensayado que no dio lugar ni a que saltara la chispa. Qué difícil es exportar Jerez, pienso mientras camino de vuelta a casa a la parada del autobús que por primera vez me da tiempo a coger en esta Bienal.

Fotografías: Archivo Bienal de Flamenco @Laura León

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