El de Antonio Reyes es un cante apetitoso, placentero, rico en sabores. Más que por el oído (o por la vista, como algunos pretenden ahora) entra por la boca. Por eso, en cuanto entonó con su eco dulce y gitano las melodías de la zambra caracolera Mora, morita, el Romance de Juan de Osuna y la Rosa venenosa, con el que abrió el recital junto a la flauta de Juan Parrilla, se nos abrió el apetito y quisimos degustar el delicado manjar que proponía el de Chiclana.
En su vuelta a la Bienal de Flamenco de Sevilla, donde ya se hizo con el Giraldillo al Cante hace doce años, y a este Teatro Lope de Vega, que tan bien acoge el cante jondo, el artista presentaba este viernes Seis cuerdas, seis, una atractiva propuesta en la que fundir su voz con el toque de seis grandes guitarristas, de distintas generaciones y estéticas sonoras.
Bajo este guiño taurino, Reyes proponía enfrentarse a seis miuras del toque (Rafael Riqueni, Manolo Franco, Diego del Morao, Joni Jiménez, Nono Reyes y José del Tomate), como ya vimos hacer con otros guitarristas a Rosario La Tremendita en el Maestranza en Principio y origen o, a la inversa, a Dani de Morón con seis cantaores.
Al margen del lujo que supone ver reunidos en el escenario a tanto maestro y joven con talento, y disfrutar de la riqueza de estilos que manejan con sus cuerdas (¡qué nivel el de la guitarra flamenca!), nos pareció que las breves intervenciones apenas daban lugar a que Reyes nos ofreciera una versión suya diferente.
Lo que sí permitió la idea del espectáculo es encontrarnos con un cantaor feliz y estimulado, consciente del regalo, que agradeció cada uno de los ratos compartidos como mejor puede hacerlo un artista: entregándose desde el corazón y las tripas.
De la recreación pausada y poética de la granaína y la taranta Gabriela que cantó con un aplaudido Rafael Riqueni al fulgor rítmico de las bulerías que le tocó su cómplice Diego del Morao (con quien tiene publicado dos álbumes), Antonio Reyes regaló un emocionante y sencillo recital clásico en el que lo vimos pletórico, más firme de voz y más contundente que nunca. Gustándose y seduciéndonos en cada tercio de esos que él se lleva a lo bajito. “¡Qué bonito canta!”, “Ole los que cantan por derecho”, fueron algunos de los vítores que se oyeron desde un patio de butacas entregado que lo despidió en pie con varios minutos de efusivos aplausos.
Entre los duetos escuchamos la soleá de Charamusco con las manos frescas de Joni Jiménez y las alegrías junto a un prometedor José del Tomate, que sostuvo el pulso con regocijo. Aunque, de todos, resultaron especialmente fructíferos el que unió a Reyes con el gran Manolo Franco, para fundir la voz galante de uno con el toque fulgente y fantasioso del otro en los cantes del Piyayo. Y, quizá el más sorprendente por inesperado, el de su hijo Nono Reyes, que con su toque preciosista y firme -de inspiración ceperiana- fue el primero en llevarse oles con su falseta por seguiriyas y provocar en su padre un ay subió de manera instantánea la temperatura de esta bombonera hasta caldear por fin estas paredes que han estado tan frías.
A los seis solos se les unió el toque del propio Reyes en el inicio y las bulerías naturales que ofrecieron los tres jóvenes con la percusión de David El Gasolina y las palmas de Tate Núñez, Manuel Vinaza, Ramón Reyes, tres de esos palmeros clásicos que, sin afán de protagonismo, enriquecen cualquier discurso musical.
Con su garganta anclada en los 70, Antonio Reyes rindió tributo durante todo el recital a los grandes de esa otra época dorada en la que el flamenco se vendía en las gasolineras, se escuchaba en los coches, salía en la tele y se compartía entre amigos en grabaciones artesanales, asentándose así un repertorio que permanece vivo en la memoria de todos y que el artista enarbola como pocos. Desde la verdad del que ha bebido de ahí.
En este registro, el Teatro Lope de Vega vibró recordando la rumba No juegues con mi amor de Los Chichos o las bulerías ¡Ay, qué mora! Y el mítico No me importan lo que digan de Pansequito, con la que hemos llorado en este mismo teatro.
Como en las cintas de casettes, donde las voces parecían escucharse más sinceras, Antonio Reyes nos devolvió ese cante analógico, lolailo y canastero, recogiendo las vocales con su paladar para dejarlas salir bañadas de caramelo. Con la misma parsimonia con que había que darle vueltas a la cinta con el boli. “¡Viva lo retro!”, le oímos decir a la maestra Cristina Cruces.
