Si es uno de los muchos incondicionales de Farruquito, como los que abarrotaron este lunes el Teatro de la Maestranza de Sevilla o los que esperaban en la puerta con carteles de “se compran entradas”, entonces les bastará ver cómo pasea su estampa gitana para quedarse satisfecho y les fascinará tanto su carismática figura que no compartirá en absoluto lo que sigue.
Nacido como una continuación del documental firmado por Santi Aguado y Reuben Atlas, que sigue el árbol genealógico del “mesías del baile” para profundizar en la transmisión de su legado artístico y sus peajes, Serás Farruquito: el musical plantea un recorrido cronológico en cinco actos, donde asistimos a sus primeros aprendizajes, la explosión internacional, la sombra y el legado, reflejado en su hijo Juan El Moreno y también en su propia continuidad. “Voy a seguir”, canta él mismo desde la escalera del escenario con traje de chaqueta blanco, entre unas impactantes luces de neón más propias de la super bowl.
Lejos del tono intimista y franco de la cinta, mucho más reflexiva y personal, la obra se presenta como una sobrecargada, ensordecedora y frenética amalgama de baile, cante, textos recitados con su voz en off y música a todo volumen que en el fondo no llevan a nada, más que a la descripción obvia y superficial de determinadas anécdotas bajo una dramaturgia infantil.
Rodeado de cinco músicos (Ramón Amador a la guitarra, Sergio Fargas a la batería, Paco Vega a la percusión, Robert Chacón al teclado y un Fran Roca tapado por una lona durante medio espectáculo a los vientos), las voces y palmas de Ismael El Bola, Ezequiel Montoya y Estrella Fernández, un cuerpo de baile de seis bailaoras (Cristina Soler, Cristina Aguilera, María Carrasco, Lucía La Bronce, Gloria del Rosario y Marta Cañizares) y su hijo Juan El Moreno; y en medio de un agobiante trajín de accesorios y un insoportable ruido, que hacía retumbar el suelo del teatro e incomprensible las letras, resultaba imposible detenerse en la maestría con la que conectamos tantas veces. Sobre todo, porque aquí a Farruquito se le ve escondido entre tanto estímulo y efecto. Farruquito no se deja ver en la Bienal, apuntamos en nuestras notas contradiciendo el lema de la cita que apuntaba justo lo contrario.
Mientras que en anteriores propuestas disfrutamos de su baile soberbio, sus inconfundibles pasos aéreos, sus desplantes gitanos, sus giros precisos y el virtuosismo y buen gusto con el que zapatea, en este musical lo vemos perdido, como si en realidad estuviera huyendo de sí mismo y prefiriera alimentar su meme que compartir con los espectadores su verdadero tránsito. Esto es, paradójicamente, en su obra con más purpurina es en la que el artista brilla menos.
En su afán por hacer algo grande, como se ha hecho con otras estrellas internacionales de su mismo poderío como Elvis, Michael Jackson o Tina Turner, el sevillano confundió intensidad con emoción, espectáculo con impostura y ritmo con excitación. Hasta el punto de que salimos del Maestranza con la misma angustia, agotamiento y desconcierto que de la calle del Infierno (el gran parque de atracciones de la Feria de Sevilla).
En lo estético y artístico Serás Farruquito: el musical es una obra empalagosa, sensacionalista y obsoleta, propia de otras épocas. Puede que, para muchos, y a tenor de los efusivos aplausos que se escucharon, su marca sea eterna pero lo que reveló este ejercicio de retrospectiva fue a un artista instalado en la melancolía. Un regreso al pasado que no ofrece esperanzas futuras.
Archivo fotográfico de La Bienal de Flamenco – @Laura León
