Un sábado de contrastes en una nueva jornada de la cita francesa
La jornada de un sábado lluvioso y sorprendentemente cálido para estas fechas en el festival de flamenco de Nimes comenzó con cine. La proyección de Fandango, de Remedios Malvárez y Arturo Andújar, prendió una chispa inmediata en la sala -llena hasta la bandera- del cine Le Sémaphore. Tanto fue el impacto que el público rompió en aplausos espontáneos durante las actuaciones, como si no estuviera ante una grabación, sino ante un directo palpitante. El coloquio posterior con la directora y productora confirmó esa vibración: las preguntas, inteligentes y afinadas, no sólo pedían detalles del proceso cinematográfico, también querían saber más de flamenco, del fandango y de asuntos más hondos que atraviesan la película, como la presencia de las mujeres en la vida pública y en el propio arte jondo.
El documental alterna conversaciones y números musicales con una imagen poética que bebe del amor a la tierra y usa como referente (está rodada en blanco y negro) la mítica serie de los 70 Rito y geografía del cante y, a lo largo de sus noventa minutos, va trazando un mapa de temas diversos sin huir de su complejidad, siempre contados por sus protagonistas. El valor de la cinta descansa, sin duda, en dos pilares. El primero es la belleza del paisaje: Huelva filmada no sólo a través de quienes la habitan, sino por una cámara que planea sola sobre la riqueza y la variedad de una única provincia que marca, como una partitura, el devenir de sus culturas y sus fandangos. El segundo son las actuaciones musicales, que ocupan cerca de veinticinco minutos de metraje y están grabadas en vivo con un sonido tan nítido -y grabado en directo- que invitan a una pregunta inevitable: ¿por qué no publicar un disco a modo de banda sonora?
No sólo porque sería un muestrario perfecto de la creación en torno al fandango -actual y tradicional, con una creación ex profeso, incluso, los polifónicos Fandangos de Ritcher de Rocío Márquez- donde, por fin, convivirían sin complejos folclore y flamenco. También porque la calidad de los artistas es tal que abruma.
Ya por la tarde, en horario de programación teatral, el Festival de Flamenco de Nimes ofrecía en sus escenarios un doble programa de espectáculos ya rodados pero inéditos en Francia. Para La Chachi, que presentaba una obra de 2021, era su primera vez en este festival. Miguel Poveda, por su parte, confesaba que llevaba muchos años sin cantar en Francia y que su presentación de Poema del cante jondo quería que fuese el inicio de un retorno más habitual.
Hay una línea fina, finísima, que separa la irreverencia de la burla, la iconoclasia de la superficialidad, la crítica artística del vacío disfrazado. Toda obra de arte debe sostener una propuesta -la que sea- que justifique lo que ocurre en escena. Si lo que se ve está hueco, si es pura superficie, entonces no se entiende, y quizás ni siquiera lo merezca. Se pueden usar referencias, claro: un archivo inmenso de creación escénica vanguardista, rupturista, contemporánea, iconoclasta o como quiera llamarse de las que tirar con inteligencia. También de otras disciplinas del que tirar (el inicio de la obra, en silencio, remite irremediablemente a 4’33”, del estadounidense John Cage, que cumple en 2026 la friolera de 74 años). Pero copiar está feo. Y es otra cosa muy distinta.
El problema de Los inescalables Alpes, buscando a Currito que propone La Chachi es que es una obra vacía. Ni se sostiene por sí misma ni aporta nada más que la interpretación musical. ¿Podría considerarse una performance? Quizás ahí podría tener hueco: encaja mejor en esa categoría que en la de espectáculo de danza para un espacio convencional de artes escénicas, porque danza hay muy poca. Hay una mínima referencia a Caída del cielo, de Rocío Molina; alguna pincelada de Israel Galván -ambos ya clásicos para el flamenco escénico-, ecos de La fiesta, de Fla.co.men y algún gesto más. Un buen atrás, y ya tiene La Chachi su obra montada.
Ese atrás es de tal calidad que acaba robando la escena. Mientras Lola Dolores desgrana su toná, o incluso cuando el loop del estribillo del himno del primer centenario de la coronación canónica de la Virgen del Rocío se repite en bucle, metido por fandangos hasta completar cuarenta minutos -bravo por esos músicos incombustibles capaces de sostenerlo-, se nos olvida que María del Mar Suárez, La Chachi(Málaga, 1980), actriz y bailaora, está en el escenario. Falta presencia escénica. Estar quieta y en silencio durante cinco minutos, por sí mismo, no tiene valor artístico si no se nos entrega algo más. Y ese algo más no llega. No se entiende el contexto de la romería ni por qué le resulta tan molesto, tan cuesta arriba, como escalar los Alpes. Ni si quiera con las proyecciones didácticas del final (si tienes que explicar tu espectáculo…)
Quizá el problema sea que ya está todo visto.
Le acompañan, además de Lola Dolores al cante, Francisco Martín a la guitarra e Isaac García a la percusión. Más adelante se suma un coro de tres mujeres: Natascha Astier, Amélie Chambinaud y Faustine Pont. Un par de señoras abandonaron la sala, pero, en general, con el teatro L’Odéon casi lleno, el respetable aguantó en silencio y con respeto la hora escasa de duración de la performance.
Fotografías Sandy Korzekwa de «Los Inescalables Alpes, buscando a Currito» de María del Mar Suárez “La Chachi”
El transatlántico de Miguel Poveda
Miguel Poveda, en cambio, es un transatlántico. Es una estrella del flamenco, y lo sabe: ocupa el escenario como tal. A Nimes -donde reconoció que llevaba muchos años sin venir, también a Francia- trajo la versión reducida de su espectáculo más reciente, Poema del cante jondo. Y aun así es decir mucho, porque el formato incluía a su equipo habitual: Jesús Guerrero a la guitarra; Miguel Ángel Soto, Londro y Carlos Grilo a las palmas y el coro; Paquito González a la percusión. No sólo son todos brillantes: la maquinaria Poveda está perfectamente engrasada. Los tiempos, los picos de emoción, las entradas y salidas… todo funciona con precisión de reloj.
La de Nimes era una parada más de la gira que mantiene desde el estreno del disco y el espectáculo dedicados al Poema del cante jondo de Federico García Lorca, que vio la luz en 2024, y se nota. La sonoridad, la gestualidad e incluso las luces parecen pensadas para espacios de mayor escala: festivales pop de verano -Starlite, Tío Pepe y similares-, plazas de toros, grandes recintos al aire libre. Quizá por eso resultó algo excesivo de volumen y teatralidad en un teatro lleno a rebosar -el propio Poveda comentó que 150 personas se quedaron en lista de espera-, con un público entregado incluso antes de que sonara la primera nota.
Poveda se entregó como siempre: es un cantaor generoso y sabe sacar partido a su presencia escénica. Nadie puede decir que no lo dé todo cada vez que se sube al escenario. Ni que no lo disfrute. Tras una presentación en off sobre la importancia del poeta y su vínculo con el flamenco, abordó, en un recital que rozó las dos horas, su repertorio habitual: ¡Ay! (caña), Juan Breva (malagueña y verdiales), La Baladilla de los tres ríos (por cantiñas). Para la soleá invitó a Pepe Fernández, guitarrista local que regaló un toque preciso, emotivo y colorido, arropado por un público que lo conocía y lo jaleó antes y después de su intervención: “¡Orgullo de Pepe!”, le gritaron.
Siguieron su Retrato de Silverio (seguiriya), un solo de guitarra de Jesús Guerrero, La canción de la madre del Amarco, Encuentro (tangos), El silencio -de su disco Enlorquecido- y Paisaje (bulerías), con las que se paseó entre el público antes del primer cierre. El bis remató la noche con un fin de fiesta juguetón en el que Londro y Grilo bailaron su pataíta, y Nimes, por un instante, volvió a latir al compás del duende.
Fotografías Sandy Korzekwa de «Poema del Cante Jondo» de Miguel Poveda
