Manuel Liñán busca a Lorca y se pierde por el camino

Unas bailaoras vestidas de negro se mueven por el escenario, se colocan, repiten movimientos de brazos, se alinean, se viuelven a perder. Primero en silencio. Después, suena una música de violín y batería y entretejidas, las canciones populares que Lorca grabó con la Argentiita. Así arranca Llámame Lorca, y ese comienzo anuncia ya lo que vendrá: muchas ideas, muchas imágenes, mucho movimiento, muchos Lorcas posibles, y pocos asideros para los espectadores y espectadoras.

Manuel Liñán (Granada, 1980) estrenó este homenaje al poeta en agosto de 2025 en el Teatro del Generalife, dentro del ciclo Lorca y Granada, donde agotó casi todas sus funciones. Llega ahora a la Sala Roja de los Teatros del Canal, donde permanece hasta el sábado, en el 90 aniversario del asesinato de Lorca. Una interminable cola de público en la entrada principal de los Teatros del Canal anunciaba mucha expectación ante su paso por Madrid. El bailaor contaba a El País antes del estreno que había querido «ser muy ambicioso» y abarcar todo lo posible de la obra del granadino, al que descubrió de niño en la voz de Curro Albaicín. Esa ambición es, a la vez, el motor y el problema de un espectáculo que acumula estampas sin encontrar el hilo que las una, y en el que lo mejor llega, precisamente, cuando Liñán baila.

Llámame Lorca quiere ser muchas cosas a la vez. Quizás demasiadas. Hay una soleá por bulería con la que entra Liñán, baile de mujeres vestidas de traje, versos de Mariana Pineda y otras muchas referencias a Lorca en una música desigual, pregones, tangos, una fiesta coral con batas de cola descolocadas, alegrías. Cada cuadro, por separado, tiene su razón de ser. Pero se suceden sin que uno conduzca al siguiente, sin un guión que los ordene ni una narrativa que dé sentido al conjunto. El resultado se parece más a una sucesión de estampas que a una dramaturgia, y a lo largo de una hora y cuarenta minutos sin pausa la acumulación termina por pesar.

Hay mucho de todo: muchos músicos, mucha coreografía, mucho movimiento, muchas entradas y salidas, mucho juego con el vestuario. Pero sobre todo hay una ausencia: la del baile de Liñan, el principal motivo que nos reunió a todos en el teatro este jueves.

Tampoco entendemos demasiado la relación con Lorca. Llámame Lorca, dice el título de la obra. Hay muchas referencias: asoma en versos sueltos, en la luna y el ojo pintados, en las declamaciones de Curro Albaicín, está la sangre, la homosexualidad y la muerte. Pero rara vez llega a sostener la escena.

El momento de mayor recogimiento llega con Curro Albaicín. Envuelto en un abrigo blanco cuajado de claveles, recita el Romance de la luna, luna y evoca a Soledad Montoya, mientras José Maldonado pinta sobre el muro del fondo una luna negra.

Maldonado merece mención aparte: pinta de maravilla, y sus trazos en directo son uno de los hallazgos plásticos de la propuesta. Mientras pinta, y entra y sale de la escena para hacerlo, su presencia es solemne. Su arte está presente sin necesidad de más. Sin embargo, su presencia en el tramo final se prolonga más de lo que la obra necesita y desequilibra el cierre. El paso a dos con Liñán sobrecarga, es excesivo y llega tarde.

El cuerpo de baile, formado por bailaoras granadinas de trayectoria aún incipiente, se entrega con generosidad, aunque las coreografías grupales resultan irregulares: falta limpieza y precisión en los conjuntos. La bailaora Raquel Heredia La Repompa aporta la rotundidad de mujer de raza que a Liñán tanto gusta: es el ancla con el flamenco que el granadino conoció de niño. Baila una soleá solemne, canónica y entregada, en la que echamos en falta un vestuario acorde: ¿qué sentido tiene vestirla a lo moderno con vestido vaporoso y gabardina si ella justamente lo que representa es lo contrario? No le ayudó en su baile, no la hizo relucir. Echamos en falta el peso de una bata de cola que coronara la estampa.

El vestuario es, probablemente, el aspecto menos afortunado del montaje. Y resulta chocante por ser su responsable Ernesto Artillo que tan acertado suele estar en sus colaboraciones con el baile flamenco. La ropa aquí está mal elegida, no sienta bien al elenco, no lo favorece, ni siquiera está ajustada en el tallaje y no siempre se entiende qué efecto pretende buscar. No aporta nada que se vayan desnudando y queden en ropa interior, tan poco favorecedora para todos, rozando el kitsch. Donde cabía esperar una bata de cola aparece una suerte de gabardina cortada y mal plisada; por tangos, el elenco viste ropa interior roja; y la escena final, con los dos bailaores en calzoncillos sobre una música de aire festivo, busca la provocación pero provoca más bien desconcierto.

En lo musical conviene separar la partitura de sus intérpretes. La guitarra de José Fermín, autor también de la música, el cante de Antonio Campos, Marian Fernández y Fita Heredia, la percusión de Miguel El Cheyenne y el violín de Víctor Guadiana defendieron la propuesta con calidad. Pero la composición remite a menudo a unos paisajes sonoros superficiales, como de décadas atrás, música ligera de festivales de galanes vestidos de smoking en los 70, y el sonido no ayudó: la batería se impuso sobre el resto de instrumentos durante buena parte de la función.

Y sobre todo, se echa de menos a Manuel Liñán. Baila poco. Cuando lo hace, la obra respira. Sus tangos y sus alegrías son lo mejor de la noche: ahí está el bailaor de gusto, compás y gracia que ha hecho historia en el flamenco reciente. A eso habíamos venido. A eso estábamos convocados. Y sin embargo, incluso en esos momentos hay decisiones discutibles. El vestuario, con transparencias que dejan ver una ropa interior ciertamente sacada de los tiempos de la Guerra Civil o de la España del landismo, resta a la elegancia de su baile; y en las alegrías con mantón y bata de cola que también defiende este bailaor rompedor de moldes, elige un mantón ligero, de esos que no pesan ni suenan al caer. Liñán es un maestro capaz de dominar un mantón de peso, y a estas alturas de su carrera no necesita ese atajo.

La Sala Roja estaba llena, y el público respondió con entusiasmo de principio a fin: aplaudió cada desplante, que fueron muchos. Esa complicidad habla del cariño que Liñán ha sabido construir con los años, aunque no alcanza a disimular las costuras de la propuesta.

Queda la certeza de que el bailaor sigue ahí, intacto, en esos minutos de tangos y alegrías. Lo que Llámame Lorca pide, más que nuevos invitados o nuevos cuadros, es que el creador vuelva a confiar en él.

Fotos: @Manjavacas.flamenco

Ficha técnica

Llámame Lorca. Compañía Manuel Liñán.
Teatros del Canal, Sala Roja Concha Velasco, Madrid.
 21-24 de octubre de 2026
Dirección, coreografía y baile: Manuel Liñán
Colaboración especial: Curro Albaicín
Artistas invitados: Raquel Heredia La Repompa y José Maldonado
Baile: Manuel Liñán, José Maldonado, Raquel Heredia, Irene Morales, Irene Rueda, Susana Sánchez, Rocío Montoya, Cristina Soler, Cristina Aguilera, Noelia Calvo y Anabel Moreno
Música: José Fermín
Colaboración en la composición musical (paso a dos): Antonio Campos
Adaptación de textos: Manuel Liñán
Guitarra: José Fermín
Cante: Antonio Campos, Marian Fernández y Fita Heredia
Percusión: Miguel El Cheyenne
Violín: Víctor Guadiana
Asesoramiento creativo: José Maldonado 
Diseño de iluminación: Gloria Montesinos
Diseño de sonido: Ángel Olalla
Maquinaria: Luca Gallo
Diseño de vestuario: Ernesto Artillo

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