Los hermanos Parrilla llegan a la Bienal para celebrar la música que nos une

Ensimismados a veces en nuestras preocupaciones y deseos nos alejamos de lo verdaderamente importante y olvidamos que lo que sostiene nuestra efímera existencia es lo que hacemos con y junto a los otros. “Verdad. Ahora saca la basura anda”, contaba Juan Parrilla que le dijo su mujer cuando él le enseñó entusiasmado la “bonita soléa que acababa de componer”.

De ese necesario aterrizaje, que el músico agradeció, se traduce un modo de entender el arte como experiencia real y compartida. ¿Acaso la creación no es un desahogo y una búsqueda de un lenguaje común con el que mostrarnos y acercarnos a los demás?

Esta visión es, desde luego, la que desprendieron los Hermanos Parrilla (Juan a la flauta y Bernardo al violín) en el emotivo y vibrante concierto con que debutaron este jueves en solitario en una Bienal de Flamenco que han visitado siempre acompañando a primeras figuras.

Concebido como un homenaje a quienes han influido su trayectoria y con la memoria como punto de partida y estímulo, Herencia se plantea como una agradable reunión familiar en la que los reconocidos artistas hurgan en sus recuerdos y vivencias más íntimas para celebrar la vida. 

Gracias a la actitud relajada y cercana, que mostró el propio Juan introduciendo los temas con naturalidad, y una música luminosa y sincera, en el Teatro Alameda se creó desde el inicio un ambiente esperanzador en el que nos fueron contagiando las ganas de cantar, de bailar, de hacer compás y de disfrutar, al fin.  Porque de eso va la música de estos jerezanos: de lo cotidiano, los afectos, la familia, los que estuvieron antes y los que vienen detrás.

Así, los hermanos recordaron a Moraíto Chico en la bulería titulada Vivan los cayos reales; al tío Parrilla de Jerez en los tangos Dicen que suena, a los que sumó su voz camaronera y gustosa el cantaor Rubio de Pruna; o a su bisabuelo Juanichi el Manijero en una “seguiriya rara” con influencias de Arturo Pavón o Sabicas que, sin embargo, resumió a la perfección el amplio discurso musical del concierto. Esto es, unas composiciones melódicas en las que conviven con elegancia y buen gusto los nuevos instrumentos como el teclado (José el Gato) o la guitarra eléctrica (Manu Fernández) con la calurosa e inspiradora guitarra flamenca de Curro Carrasco y la percusión de Faé Ramos, todo sin perder en ningún momento el pellizco jondo. “No somos violinistas o flautistas que tocan flamenco, sino flamencos que tocan la flauta y el violín”, apuntó al respecto Juan Parrilla.

El matiz se explicó no obstante en los palos que abordaron como solistas donde ambos adoptaban desde sus instrumentos la voz del cantaor, haciendo creer que era la flauta o el violín los que cantaban; o dibujando en su caso falsetas en los silencios como hace la guitarra.

Además del encuentro entre la soleá de Cádiz y de Alcalá, Bernardo Parrilla, mucho más tímido en las interlocuciones, derrochó expresividad y energía en los tanguillos. Y con las alegrías que interpretó junto a la guitarra eléctrica de su hijo disfrutamos de la flauta prodigiosa y pasional de Juan, capaz de crecer hasta adquirir una dimensión casi vocal.

En un in crescendo, llegamos a la farruca Escarlata, una de las composiciones más completas y emocionantes, cargada de melancolía, que nos llegó a arrancar alguna lágrima. Y como cierre, las bulerías Toma que toma, como versión del tema Take five, popularizado por el célebre pianista y compositor estadounidense de jazz, Dave Brubeck, donde demostraron la capacidad del flamenco para conversar con otros lenguajes sin dejar de reconocerse en el espejo.

En cualquier caso, más que el virtuosismo individual, la banda parecía respirar al mismo tiempo, ofreciendo una fiesta colectiva a la que aparecieron invitados de lujo como Diego Carrasco, quien con su sola presencia cambió el aire de la sala. Cuando empezó a recitar con ese empaque de gitano sabio los primeros versos de su mítico Alfileres de colores el público sucumbió a su carisma y dominio del compás para sumarse al unísono con los oles. ¡Qué gusto escuchar de nuevo su eco pausado, tan fresco y añejo!

La sorpresa final llegó con el esperado Carrete de Málaga que, “a sus 20 años recién cumplidos” volvió a conquistar a todo el patio de butacas con su exhibición de arte genuino y auténtico que nos supo a poco. Como él, no queríamos que se echara el telón. No hay mayor alegría que la de celebrar lo que nos une. La música que nos pone los pies en el suelo.

Fotografías: Archivo fotográfico Bienal de Flamenco @Laura León

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