La de Dani de Morón es una guitarra seria, aventurera e incansable. Desde que arrancó dando los primeros acordes de las bulerías con las que abrió este Cuadro que presentaba en el Espacio Turina, dentro de la Bienal de Flamenco, evidenció que la propuesta iba a trascender el recital animoso y plácido que proponen otros de sus contemporáneos. Primero porque su toque, a las antípodas del efectismo, se detiene en la búsqueda de armonías que ponen a prueba la velocidad de sus manos, de sus pensamientos y de sus palabras. Y, luego, porque gusta de introducir en sus composiciones silencios que invitan a la reflexión más que al divertimento.
De esta forma, en una pulcra y personal exhibición de riqueza musical sin límites, el guitarrista propuso un doble viaje donde deleitarnos de su toque fértil y sofisticado como solista y de la capacidad para atender el cante y el baile desde su guitarra de acompañamiento.
En un acto de generosidad, quizá excesivo para quienes venían a escucharle a él, el moronense cedió gran parte de su protagonismo en favor de los artistas de distintas generaciones y trayectorias que le acompañaban: a las voces Sergio El Colorao, Amparo Lagares e Ismael El Bola, al baile de Claudia La Debla y a las palmas de Los Mellis.
Poniendo en práctica la llamada a la escucha y al perdón, que pidió al final del recital entre lágrimas (“sed buenas personas”, dijo), el guitarrista se entregó al resto del elenco con afecto, admiración y atención, dibujando y enriqueciendo con sus idealistas falsetas cada una de sus intervenciones.
Del repertorio de acompañamiento disfrutamos de la soleá apolá, que cantaron con gusto y sensibilidad los tres cantaores y que él meció manteniendo el equilibrio justo entre el pulgar y la mano izquierda. De la farruca que Sergio el Colorao se llevó a lo melódico con pellizco; de las sevillanas viejas a las que Amparo Lagares le imprimió su quejío preciosista; de un excelso romance a doble voz entre El Colorao y El Bola y de unas cantiñas en las que la guitarra imaginativa y profunda de Dani se fundió con el cante meloso y firme de El Bola, cuyas magistrales apariciones en la Bienal están pidiendo a gritos un Giraldillo.
En el baile, Claudia la Debla, que debuta aquí en solitario en la cita jonda, derrochó fuerza, frescura y seguridad por martinetes a ritmo de seguiriya, recordándonos a la joven Patricia Guerrero que descubrimos en este mismo teatro en un Jueves de Cajasol a los dieciséis años. Igual de enérgica que su maestra en el Ballet Flamenco de Andalucía, con capacidad de transmisión y lenguaje amplio, la Debla será seguramente uno de los nombres propios que se sumarán en próximas ediciones de la cita.
En solitario, el músico, ahondó en su toque profundo y depurado, pero desde un lugar más entusiasta que el de otras veces. Buscando la pausa y la melodía. Cada vez más de su tierra, más antiguo, y más nuevo. Aquí nos conmovió sobre todo con la seguiriya doliente o los tientos y la mariana, donde dio muestras de su amplio conocimiento del instrumento. “Fijaros si es difícil la guitarra que hasta para tocarla mal hay que echarle diez horas al día”, confesaba después de recordar su primera vez en esta cita hace ahora 26 años en un homenaje a Matilde Coral.
Es verdad que las dos horas de recital se hicieron largas. Sobre todo, cuando pasada la hora y cuarenta apareció de nuevo la Debla en una coreografía completa por tangos (¡qué alegría verla disfrutar bailando!), a los que sumaron un fin de fiesta, innecesario a estas alturas de concierto.
En cualquier caso, lo de Dani volvió a ser una lección de humanidad y una invitación para reconciliarnos con este “mundo que se va a la deriva”. Por un rato, al menos, pensamos que es posible frenar la locura si simplemente nos escuchamos. O lo escuchamos a él.
Fotografías: Archivo fotográfico de la Bienal de Flamenco de Sevilla @Laura León
