Todo el baile cabe en Eva la Yerbabuena

Espectáculo: Yerbagüena, oscuro y brillante. Baile: Eva Yerbabuena. Guitarra: Paco Jarana. Cante: Miguel Ortega, Antonio ‘El Turry’, Manuel de Gines, Sebastián Sánchez. Percusión: Daniel Suárez. Percusión y baile: José Manuel Ramos ‘El Oruco’. Lugar: Teatro Central. Ciclo: Andalucía.Flamenco. Fecha: Viernes, 21 de mayo de 2026. Aforo: Lleno.

No bailó su soléa. Quizás porque para mostrar esa dualidad de la que habla el programa de mano de este Yerbagüena, oscuro y brillante, que abría el ciclo Andalucía.Flamenco con un Teatro Central al completo, Eva Yerbabuena prefirió rehuir de lo que más le encasilla. Siquiera para contradecir a los que defienden que ese registro es el único en el que merece la pena verla.

Esta vez el repertorio lo sostuvo en cuatro puntos cardinales donde hizo confluir su baile libremente. De la intensidad de la bulería por soleá con la que arrancó demostrando que el baile no es sólo un estado sino también un impulso inconsciente, a las alegrías con bata y mantón con que bajó el telón, pasando por unos tientos solemnes y unos tarantos vehementes en los que se abandonó al cante de manera hipnótica. Eva.

Sin concepto, hilo conductor ni temática concreta -más allá de llevar el cuerpo a los movimientos extremos-, la propuesta se desarrolló como una sucesión de piezas con fundido a negro donde el resto del excelente elenco iba interviniendo entre Eva y Eva. El Oruco gustándose por seguiriyas. Los cuatro cantaores fundiendo sus cuatro metales por fandangos. El solo de Paco Jarana al compás de soleá con su toque delicioso y sensible, entre las cosas que desataron más oles.

Nada de lo que vimos era nuevo y, sin embargo, firmamos por seguir viendo lo mismo las veces que sean. Para que Eva nos fulmine una vez más así a los ojos. Para que nos paralice con su poderosa presencia escénica.

Bailar no es sólo moverse. Hay quienes se menean frenéticamente y no dicen nada. Para contar hay que darle sentido al movimiento. La maestría de la granadina va más allá de su virtuosismo, su versatilidad, su precisión o la riqueza de sus recursos. Está en lo imperceptible. En el peso de su cuerpo. En cómo lo disecciona. En la consciencia que le imprime a lo que hace.

Toda Eva es danza. Todo el baile cabe en su cuerpo menudo. En las manos que recoge nervio, en las muñecas que gira meticulosa, en esos codos siempre bien colocados, en su cabeza flamenca, en los tacones firmes, en la curvatura de su espalda, en el tronco inmóvil que El Oruco arrastró por el suelo en una imponente pieza con voz en off de las milongas de Marchena.

Lo que pueda resultar obsoleto en la estética (el uso excesivo de la luz cenital, el repetido recurso de las polifonías, su construcción abigarrada, las letras de los fandangos…) lo suple la exuberancia del baile de la artista. Que es tan primitivo como vanguardista. Tan de ayer como de mañana. Como siempre.

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