Nimes, otra edición más (que no lo es)

El Festival de Flamenco celebra su primera edición de la nueva era con los teatros llenos, pero sin el discurso artístico que lo convirtió en referente

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En las calles, en los teatros, se respira normalidad. En el hotel, espacio de encuentro entre artistas, invitados por las compañías, periodistas y personal técnico, parece ser una edición más. El reencuentro, las conversaciones, el ambiente es el mismo. Aquí estamos. Una vez más. Sin cambios.

Pero no lo es. No es una edición más. Es la primera edición de la nueva era, estos tiempos extraños en los que se está dejando morir a la cultura lentamente. Sin que pase nada ni a nadie le importe. Estamos en el sur de Francia, en Nimes, un lugar especial donde confluyeron el respeto de esta república por las artes con el arte genuino y popular que trajeron las sucesivas oleadas de población española (andaluza, gitana) que se fueron asentando aquí desde la Guerra Civil. Año tras año construyeron un festival de flamenco que se había convertido en faro del buen hacer.

La muerte del ciclo de festivales como motor de la creación escénica flamenca, que capitaneó en los 80 la Bienal de Flamenco de Sevilla, es un hecho. Aunque los teatros sigan llenos. Resulta difícil mantener el optimismo, porque no pasa nada. Todo se derrumba y no hay consecuencias. El público aplaude en pie.

El de Nimes fue un festival ejemplar. Han sido 35 años construyendo un público que fue virando de la inmigración y sus sucesores a un público amplio y heterogéneo, y un discurso artístico para él. Desde el impulso de un grupo de aficionados (capitaneados por Pepe Linares), hasta convertirse en referente para la creación flamenca. Fue la visión de François Noël, que comenzó a dirigir el teatro en 2003, lo que ha traído el festival hasta hoy. Primero con el empuje de Patrick Bellito como director artístico y, tras su jubilación, con el acierto visionario de incluir a Chema Blanco al frente de la programación, en 2018, que le permitió dar el gran salto hacia arriba.

Esta última decisión tuvo dos resultados: un empuje hacia dentro (alineó el festival con el resto de la programación del teatro, centrado en la creación contemporánea) y hacia fuera. Consiguió crear un discurso detrás de la programación: esta no era una sucesión de espectáculos, sino que tenía una intención, un desarrollo filosófico e intelectual. Y, por encima de todo, el apoyo a la creación para construir y dar voz al flamenco escénico más actual.

Siempre hemos encontrado unanimidad entre los artistas: en Nimes pasan cosas especiales. Hay una energía diferente. Las emociones de las obras fluyen de una manera especial. En la antítesis, dicen, de lo que ocurre en la Bienal de Sevilla, que sigue siendo la plaza más importante del circuito por repercusión, pero quizás también por ser lo opuesto a la magia de Nimes. Lo hemos comprobado como espectadoras.

Esto no ocurre por los hados, por el viento Mistral que corta la piel en los cuerpos de enero, ni por el bacalao tan rico que se sirve en sus restaurantes. Esto ocurre porque las cosas funcionan: porque el teatro está disponible a nivel técnico para los artistas, porque estos se sienten arropados y cuidados por la dirección, porque se pueden dedicar a crear. Porque el público es respetuoso y valora la valentía.

Pero empieza a ser un recuerdo. La jubilación del director del teatro fue el principio del fin. La nueva directora venía con otras ideas: ante todo, llenar los teatros. Que todo cambie (aunque sea un poco) para que PAREZCA que no ha cambiado nada. La abrupta salida de Chema Blanco de la dirección artística justo después de finalizar el festival de 2025 y la osadía de pensar que un festival de esta categoría no necesita una dirección artística, le dieron la puntilla y han convertido al de Nimes en otro festival de flamenco más. Poco a poco, comenzaron los cambios: en el equipo (mermado), en la programación (mermada en fechas y ambición). Quizás pueda parecer que no son muchos. Suficientes.

Todo (o casi) lo que va a acontecer este año en Nimes lo hemos visto ya. Hay una apuesta por un flamenco más comercial. Que llena los teatros y con cachés que suponen la mayor parte del presupuesto. Hay obras que estrenaron otros, que se puede ver en cualquier otro festival del circuito, que no dialogan entre sí. No hay un discurso que los enmarque, no hay una intención que dirija la programación, no presentan creaciones nuevas. Vienen con lo que la directora del teatro sabe que funciona, porque lo ha visto ya. El riesgo ha desaparecido. La valentía, también. El apoyo a la creación, casi.

(No deja de ser llamativo que, Rocío Molina, anunciada en la edición pasada como artista asociada al teatro, y que ha hecho una residencia técnica en él durante la preparación de Calentamiento, su más reciente estreno, lo presentase justo tras su debut en el Centro de Danza Matadero de Madrid, fuera del cartel del festival de flamenco).

Jueves 15: una jornada como las demás

Pero no pasa nada. El jueves 15 fue una jornada como las demás. De éxito y ovaciones. De teatros llenos. Primero, por la tarde, en L’Odeon, para la propuesta de Paula Comitre, Florencia Oz y Carmen Angulo, estrenada en los Teatros del Canal de Madrid en septiembre.

Parcas. La voz, el ojo, la carne es una creación colectiva que encuentra en la mitología clásica el hilo conductor para una reflexión sobre la condición femenina. Las tres creadoras encarnan a la tríada de diosas que existen desde la mitología griega encarnadas en las Parcas de la tradición romana, esas diosas hilanderas que tejían, medían y cortaban el hilo del destino humano.

La atmósfera oscura y misteriosa atraviesa la pieza, sostenida por la iluminación de David Picazo que hace de la luz la escenografía. Un hilo colgando del telar completa el universo visual, junto al vestuario negro de Belén de la Quintana. La música, grabada (no nos acostumbramos a perder la frescura de la música en directo, que tanto aporta y que convierte la experiencia en algo único), es una creación de Isadora O’Ryan, Jesús Torres y Pablo Martín Jones y dialoga con la oscuridad de la propuesta.

El cante de Rocío Luna, cuya voz se convierte en el hilo sonoro que une pasado y presente, eleva la propuesta. Añade una cuarta dimensión: esa mujer universal que somos todas, que interactúa y se mezcla con las tres edades de la mujer.

Se suceden figuras cargadas de simbología, construidas con precisión, sincronía y maestría: la elegancia y luminosidad de Comitre (la juventud); la profundidad dramática de Oz (la plenitud); el clasicismo de Angulo (la madurez). El momento de mayor emoción llega con la seguiriya de Florencia Oz, donde el diálogo con el cante de Luna suspende el tiempo. Memorable también el monólogo de Carmen Angulo sobre la metáfora del hilo como símbolo de la vida.

Después, en el Bernadette Lafont, le tocó el turno a Tomatito. Con la propuesta con la que lleva años girando con mucho éxito. Cinco años llevaba sin venir a la ciudad, a la que lleva viniendo desde que, siendo apenas un chaval, llegó por primera vez con Camarón.

Junto al resto de componentes del quinteto (su hijo, José del Tomate, a la segunda guitarra, Kiki Cortiñas y Morenito de Íllora al cante y palmas y Joni Cortés a la percusión), en el que todos los intérpretes estuvieron a la altura y se dejaron la piel, repasaron los grandes éxitos del genial guitarrista. Arrancaron por rondeñas, para después interpretar alegrías, la balada Too much compuesta para el disco Spain que publicó junto a Michel Camilo, sustituido aquí por la guitarra de José del Tomate, bulerías, una zambra que dijo Tomatito ser “de la familia” y que interpretó José del Tomate en solitario, su versión de La leyenda del tiempo, tangos y bulerías, y un bis de nuevo por bulerías.

El público aplaudió en pie.

Sala OdéonPaula Comitre, Florencia Oz & Carmen Angulo «Parcas» – Fotos Sandy Korzekwa

Sala Bernadette LafontTomatito Quinteto – fotos: Sandy Korzekwa

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