Miguel Poveda en Catalunya Arte Flamenco – Auditori de Barcelona

Texto: Silvia Cruz
Fotos: Ana Palma

Poveda, como en casa

Miguel Poveda
III Ciclo Catalunya Arte Flamenco
Auditori de Barcelona
12 de enero de 2012

FICHA TÉCNICA: Cante: Miguel Poveda. Guitarra: Juan Gómez ‘Chicuelo’, Jesús Guerrero . Piano: Joan Albert Amargós. Percusión: Paquito González. Palmas: Carlos Grilo y Luis Cantarote.

Miguel Poveda clausuró el III Ciclo Catalunya Arte Flamenco con el cartel de ‘completo’ colgado en la puerta del Auditori de Barcelona y con una interminable fase de bises solicitados por un público que anoche ratificó que adora al cantaor de Badalona.

Ya en la puerta se podían notar las ganas de Miguel. Sus seguidores venían a por todo, se lo pidieron y él se lo dio. Había parejas, gente sola, grupos enteros que viajaban para verlo y muchas señoras mayores que no pararon de gritarle guapo y otras cosas más picantes que mejor me guardo. Variedad de gente, como palos y estilos tocó el artista. Y había pocos jóvenes, casi en consonancia con la escasa novedad de lo que exhibió Miguel, que cantó bien, con soltura y mucho salero. Como en casa, vamos, que es donde estaba.
 
Miguel se arrancó jondo, dio un paseo por las provincias andaluzas para cantar por alegrías, por bulerías y malagueñas. Pero el momento cumbre de la primera parte del recital fueron los tientos que cantó con rigor, que no con rigidez, y ahí vimos a Miguel. Poveda quiso homenajear a los grandes: Chano Lobato, Mairena, Marchena, La Paquera, Camarón e incluso Morente. Y se olvidó un poquito de él. Pero en los tientos se quitó la máscara, nos enseñó su rostro más bello, su voz más limpia, su precisión, su saber y su apostura. En los tientos hizo lo que sabe, que sabe mucho, haciendo virguerías, subiendo y bajando a su antojo, matando de gusto al respetable. Ahí se mostró entero y enseñó esa voz amplia y doliente que se abrió paso por los pasillos del Auditori para acabar de enamorar a quien tuviera dudas. Lo hizo como le dio la gana, hiriéndose e hiriendo en un alarde de povedismo del bueno.

Y luego llegó la copla. Se cambió de ropa, lució como un pincel, pareciendo, a ratos un crooner, a ratos Miguel de Molina, y consiguió una cosa casi imposible: que nos olvidáramos de Juanita Reina al cantar “En el último minuto”. En esa interpretación Miguel demostró que hay una cosa que domina como nadie: el silencio. Calló, creó expectación, atemorizó con su semblante y remató la copla con un alarido teatral y perfecto que le reventó por dentro y arrancó la más larga ristra de piropos de la noche. Y también en ese tema fue cuando se pudo ver con claridad su capacidad interpretativa, su teatralidad y su dominio de la escena. Bailó un par de veces y encandiló con el movimiento de manos y de sus pies, aunque también hay que decir que si a la guitarra está Chicuelo (la sensibilidad de este hombre empieza a merecer un Nobel) y del compás se encargan Carlos Grilo y Luis Cantarote, es posible ver bailar incluso a las estatuas. Lo de Cantarote requeriría un artículo aparte. Ese hombre pisa uvas en lugar de suelo, porque embriaga que da gusto: la velocidad que alcanza jaleando con pies y manos no se consigue ni a máquina.

Pero volvamos a Miguel. En una entrevista previa al concierto, el cantaor aseguraba que tenía miedo de defraudar. Es normal que alguien que a su edad tiene una calle con su nombre ni más ni menos que en La Unión, se sienta demasiado en deuda con quien le aplaude. Pero, y aunque es cierto que anoche Poveda aflamencó las coplas y suavizó lo jondo, tocó demasiados palos y enseñó pocas cosas nuevas, también es una verdad casi incontestable que es bueno, buenísimo, y que sabe perfectamente lo que hace. Por eso, yo espero con ardor “ArteSano”, el trabajo que presentará en pocas semanas y en el que asegura que ha hecho el flamenco que a él le gusta y le apetece.

 

 


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