Como el chamán que actúa de puente entre lo físico y lo espiritual, José Maya llegaba este domingo a la Bienal de Sevilla para presentar Lejano, un ritual místico que invita a viajar entre el flamenco que fue y será. Si es que acaso ha existido alguna vez una línea fija que ponga límites temporales a un arte siempre tan nuevo como ancestral.
Convocando el trance, el artista busca desde el inicio el apoyo en lo tribal, en lo colectivo, dejando que sean las voces de José del Calli, Delia Membribe, José Pechuguita y Juan de la María y la música de El Peli (Guitarra), Batio Hangonyi (Violonchelo), Lucky Losada (Percusión) y Husam Hamumi (Kanun) las que le sirvan de estímulo y le permitan encontrar su voz más profunda, la que le marque el camino hacia la luz.
Hay un halo hipnótico en el ambiente en el que es Maya el que nos guía. El ritmo es intenso, a ratos angustioso, pero sentimos que con él estamos a salvo. No hay más que seguir sus pasos y dejarnos llevar por su capacidad expresiva y su baile fulgente y recóndito.
Sólo había que contar los artistas que se encontraban en el patio de butacas (Carmen Ledesma, Rafaela Carrasco, El Choro, María Carrasco, María Terremoto o Gloria de Rosario, entre otros) para confirmar que estamos ante un bailaor de culto. Un artista completo y singular que no se parece a ninguno de sus contemporáneos y que despliega un baile vigoroso y enérgico. De pies a cabeza.
Con él no cabe el aburrimiento, tampoco la tregua. Y nos gusta, sobre todo, cuando juega, se divierte y se libera, como vimos en las alegrías o en las bulerías de cierre en las que rebosó flamencura.
Lo mejor de Maya es que combina la visceralidad de sus pies veloces, sus giros rabiosos y sus desplantes robustos, con un lenguaje coreográfico rico de recursos, un porte elegante y una capacidad expresiva que muchos bailaores olvidan: ¡qué alegría de brazos y muñecas! Quizá por eso no entendimos el interés por subrayar cada remate y ponerle altavoz a la percusión entrecortando un baile que nos gustaría haber disfrutado desde el potencial natural del cuerpo de Maya.
El exceso de decibelios que imperó en la obra, y que resultó por momentos insoportable, no sólo aportó una intensidad innecesaria (ya es el baile del madrileño lo suficientemente poderoso como para tener que remarcarlo de manera machacona) sino que nos distrajo de su discurso artístico. Y, en este frenesí forzado, después de todo el despliegue, acabamos echando de menos un poco de pausa y de silencio que nos permitiera contemplar los matices de un artista único e imprevisible.
Fotografías: Archivo Bienal de Flamenco @Laura León
