Si ya han estado o tienen pendiente acudir próximamente a una comida de Navidad en noviembre entenderán la desubicación que sentimos ayer el estreno de Festeros S.A. en los Jueves Flamencos de Cajasol. Esa sensación de que, aunque el menú sea el esperado, las ganas sean las mismas y el objetivo de reunirse se haya cumplido, no acompaña ni el clima, ni el ambiente ni nuestro estado de ánimo.
Por más que nos colguemos el espumillón y le demos a la botella de anís sabemos todos que quedan dos meses para la llegada del niño Dios y que es un sinsentido tratar de celebrar por anticipado un acontecimiento que no ha ocurrido, si es que ocurrió. Lo mismo pasa con la fiesta flamenca que, en el momento que no nace desde lo orgánico y lo espontáneo, sino que se convierte en una representación para otro(s) que paga por presenciar la simulación, pierde por completo su razón de ser.
Dentro de este pacto, del que participan artistas y público, hay ambientes más idóneos que camuflan el engaño porque permiten reproducir mejor los códigos que se atribuyen a una buena fiesta. Esto es, la privacidad, intimidad, distensión, improvisación, naturalidad y diversidad de sus protagonistas.
Con una luz cegadora en la escena y todo el elenco ya listo para convocar la fingida alegría, mientras los espectadores estaban todavía casi acomodándose en sus asientos, resultaba difícil sumergirse en la arriesgada propuesta que reunía a José ‘El Pechuguita’, Javielito Heredia, Luis Peña, Mara Rey, Antonio Santiago y Raúl Moreno ‘El Perla’ (no anunciado), con la colaboración del bailaor Miguel ‘El Rubio’ como invitado.
La reunión de estos singulares artistas, que pese a su desigual trayectoria comparten el arte de cantar y bailar con la gracia, la personalidad y el encanto que requiere un festero, resultó por tanto forzada y poco verosímil. Como si en realidad nadie entendiera muy bien el motivo de la celebración. “¡Ya vamos a estar con el anís!”, animó Luis Peña tratando de buscar uno.
Entre tanto, fue El Perla el que con su toque poderoso, fantasioso y enérgico dio soporte musical a las distintas intervenciones, enriqueciendo con generosas filigranas el monótono repertorio de bulerías y cuplés. A Mara Rey, que ejerció de anfitriona, la vimos desplegar de nuevo su pose de afectada pasión, como hizo en este mismo ciclo hace unos días, bajándose al patio de butacas para romper la fría barrera que se sentía. Luis Peña defendió, por el contrario, un talento más comedido que precisa más tiempo (y conocimiento) para su desarrollo y disfrute. Antonio Santiago señaló lo que le hace único con una interpretación cargada de sensualidad y carisma. El Pechuguita, el más cantaor de todos, rompió la tendencia melodramática con su jondura y desparpajo. Javielito Heredia hizo alarde de elegancia y señorío con un cante corto y cabal que acompañó de sus estilosas pataítas. Y Miguel ‘El Rubio’ sorprendió con su baile personal y conciso.
Así, como pudieron, suplieron la falta de complicidad y el clima desangelado con la maestría que atesoran. Conscientes todos de que la fiesta flamenca es otra cosa y que aquí no había nada por lo que brindar.
