Que El Pele es un cantaor imprevisible lo sabemos bien en el flamenco, donde le hemos visto noches apoteósicas de catarsis colectiva y otras de mucha fatiga en las que lo sentíamos perdido. La de este viernes en el Hotel Tres Reyes de Pamplona, que acoge el Ciclo Nocturno del On Fire, se nos pasó sin más.
En estos tiempos de búsqueda del bienestar emocional, en el que vivimos intromisiones continuas en nuestros espacios más íntimos que nos impiden permanecer atentos y entregados a un solo estímulo, se considera un hallazgo lograr estar presentes. Un concepto que hemos entendido que no es lo mismo que aparecer físicamente en un lugar o figurar frente a los demás como una parodia de nosotros mismos y que, en el caso del arte, aunque cueste explicarlo, se intuye en cuanto un artista pisa el escenario.
Es obvio que el cantaor cordobés vendría a la capital navarra dispuesto a hacer disfrutar a un público que le esperaba con ganas: “espero que lo pasen bien, nos hemos hecho un montón de kilómetros sólo para estar aquí con ustedes y que echemos una buena noche”, reconocía. Pero, por lo que fuera, parecía no haber llegado todavía aquí (o querer acabar pronto) y a nosotros, en los escasos cuarenta minutos que duró el recital, casi que no nos dio tiempo a encontrarle. Puede que la inspiración sea incompatible con las prisas o que efectivamente no baste con ser, sino que hay que estar.
Nada de esto se explica si acudimos el repertorio (seguiriya, fandangos, tientos-tangos, alegrías de Córdoba, las soleares del Pele, bulerías…) o señalamos las virtudes creativas del artista, uno de los más personales de la escena actual jonda, que volvió a sorprender por la riqueza de sus melismas, la singularidad de su cante y sus siempre innovadoras letras.
El Pele es un artista con recursos y carisma al que no se le puede negar su afán por complacer al patio de butacas (-“¿Qué queréis que cante ahora? ¿Alegrías? Pues alegrías”) y sus intentos de atraer las miradas -y los oles- con palabras cómplices, cantes a capela a pie de escenario y hasta una pataíta. Lo mismo que en tantos otros momentos de gloria que tenemos en la retina. “Ópera flamenca en estado puro”, decía alguna, en alusión a los espectáculos de la época que este año rememora la cita navarra.
Claro que ay del flamenco si se pudiera contar siguiendo el orden cronológico de los acontecimientos, el relato de la ejecución técnica o las características expresivas del artista en cuestión. El arte jondo, para nuestra suerte, tiene además que morder y dejarnos señales que duelan y esta vez apenas nos llegaron leves pellizquitos que se nos pasaron en un plis plas.
Fotografías: Flamenco on Fire / Daniel Fernández
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