Título: Bailando al cante. Baile: Pepe Torres, Lucía Álvarez ‘La Piñona’, Rafael Campallo y Adela Campallo. Cante: José El Pechuguita, Ismael de la Rosa y Manuel de la Nina. Guitarra: Jesús Rodríguez y Joselito Pérez. Fecha: Sábado, 23 de mayo de 2026. Lugar: Teatro Central. Ciclo: Andalucía.Flamenco. Aforo: Casi lleno.
No recuerdo si fue alguien del público o uno de los cantaores el que, en un momento dado, jaleó eso tan flamenco de “¡Ole tus maneras!”. Sin duda, uno de los mejores piropos que se le pueden decir a un artista porque apunta precisamente a lo que lo hace especial, a su identidad, a lo que lo diferencia del otro, a la personalidad de la que hablaba Manuela Carrasco en la -innecesaria- voz en off que se escuchó en el espectáculo.
Mira que es difícil bailar, cantar o tocar flamenco. Mira que es complicado hacerse un hueco en un mundo tan ingrato donde tantas veces se toman decisiones por cuestiones ajenas al talento. Mira que es duro sostenerse y mantenerse cuando van pasando los años… Pues, más aún que todo esto, lo es tener un sello propio. Primero, porque el ser personal no se puede aprender ni impostar. Y, luego, porque es ahí donde empieza lo que separa al intérprete del artista.
Exhibir esa singularidad y mostrar a distintas generaciones y las diversas formas de expresar el flamenco fue justo el punto de partida de Bailando al cante. Una reunión cómplice y fraternal de cuatro bailaores únicos que, lejos de competir, salieron a disfrutar y admirarse los unos a los otros, dejándose llevar por las guitarras poderosas de Joselito Pérez y Jesús Rodíguez y escuchando las letras que les tiraban tres de los cantaores jóvenes más curtidos y gustosos de la escena actual: Manuel de la Nina, Ismael El Bola y El Pechuguita, que lo dio toda esta noche.
Nos faltó, eso sí, una pieza donde verlos juntos, más allá de la presentación por tonás o en el breve cierre por bulerías. Intuyo que hasta ellos se quedaron con ganas porque desde el patio de butacas vimos a Rafael Campallo casi colándose en la escena desde las bambalinas de la emoción de ver a su compañero Pepe Torres.
Esto igual hubiera permitido poner un contrapunto y dar más dinamismo a la estructura de recital que sólo alivió escénicamente La Piñona abriendo el escenario al completo con su solemne taranto. Por razones obvias (codirijo con ella su último espectáculo y tenemos una relación personal estrecha) no me permito valorar la actuación de la jimenata. Pero sí compartir ahora que precisamente lo que me interesa de su propuesta es que es libre, profunda y mutable. Que su baile no responde a tendencias, cánones ni a escuelas, sino a una ética tan espiritual como ingobernable.
Por tangos Rafael Campallo no tiene competencia. No importa las veces que le hayamos visto menear el pañuelo de lunares que siempre nos mueve del asiento. Es verdad que no fue su mejor noche, pero aún así, el de Triana volvió a hacer alarde de la sensualidad de sus caderas y de la habilidad de sus pies. También de su picardía, frescura, naturalidad y gracia. Ésa en la que se mira Juan Tomás de la Molía, por ejemplo.
Artista de culto, intuitivo, orgánico y cabal es Pepe Torres que, de anacrónico, no se enmarca en tiempo alguno. Quizá fue él el que más se dejó atravesar por el cante, bailando al instante. Como si entendiera el flamenco como un impulso efímero, una emoción repentina a la que hay que abandonarse, aunque lo haga sin perder la sobriedad ni el centro. Con ese baile varonil y feroz.
Y luego el sabor, la finura y la fuerza de Adela Campallo, que con su romance enérgico y penetrante nos fue llevando donde quiso. Se notó, desde luego, sus ganas de volver a pisar un teatro grande en su ciudad, como merece, pero más si cabe las que tenía el público de disfrutarla. Entre otras cosas, pensamos, porque en sus formas bailaoras atesora unas vivencias y un aprendizaje de una Sevilla que ya no existe. Por eso, los oles volaron ante su señorío, su solidez y su flamencura. ¡Cuánta falta nos hacen más mujeres de su peso y madurez en los carteles!
