Sara Calero y un renacer por confirmar

Galería fotográfica por Ana Palma y vídeo

A punto de alcanzarse el ecuador de la trigésima edición del Festival de Jerez, recala Sara Calero en Villamarta con el octavo montaje de la compañía que lleva su nombre. No es nueva ni en la ciudad ni en el certamen, mucho menos en la danza. En su última visita en 2023 presentó La Finitud, pieza de la que retoma ahora elementos estéticos y estilísticos para este nuevo trabajo, El Renacer. La acompañan casi los mismos músicos: Juanfe Pérez al bajo, Javier Conde a la guitarra y Pablo Martín Caminero como artista invitado al contrabajo. Al cante, Sergio El Colorao y José Guerrero El Tremendo, con dirección musical de la cantaora Gema Caballero, además de una larga lista de colaboraciones que completan el andamiaje escénico.

La bailaora madrileña posee virtudes indiscutibles: técnica, precisión, velocidad y una resistencia que le permite sostener escenas de gran exigencia física y encadenar números sin perder el aliento. Su baile se ha vuelto más abierto y comunicativo, con momentos de verdadero brillo. Sara Calero se conoce, domina sus recursos y sabe cómo activar la atención. Hay oficio, carácter y experiencia.

Sin embargo, en esta ocasión la artista madrileña recurre de forma constante a efectos: visuales, sonoros y escénicos. Cada escena introduce un nuevo estímulo, una nueva capa, un nuevo impacto. Proyecciones continuas sobre el telón curvo, cambios constantes, elementos que descienden desde lo alto, variaciones de vestuario no solo en la protagonista sino también en los cantaores que, lejos de reforzar la idea central, esta acumulación termina por dispersarla.

En algunos pasajes la superposición se vuelve excesiva: el cante, las palmas, el zapateado, los palillos, el bajo, la guitarra, el contrabajo, el sonido ambiente y las proyecciones conviven al mismo tiempo. Todo sucede a la vez, demasiados estímulos compitiendo entre sí. El resultado no es una mayor profundidad, sino una sensación de saturación que dificulta la recepción.

Pese a la técnica, la precisión y la velocidad de la protagonista, y del nivel de los músicos, el conjunto no acaba de sentirse cohesionado. Más que un desarrollo orgánico, la estructura transmite la impresión de escenas que se suceden sin ese hilo que permita transitar de una a otra con naturalidad. La transformación anunciada se diluye en la fragmentación: de las panaderas castellanas al contoneo de unos esqueletos que combinan con sus enaguas; de la siguiriya a tope de decibelios con el manto rojo, gigante y apretado del inicio. De los cantaores-templarios al juego a las caretas de animales.

Se nota que este espectáculo está rodado y medido. Tanto es así que da la sensación de que apenas queda espacio para la escucha, el diálogo real, el silencio, el aire, no ya la improvisación. Cuando el zapateado sigue de forma milimétrica la línea melódica de la guitarra, por ejemplo, todo avanza en paralelo, pero sin conversación. Falta pausa, falta espacio para que lo que ocurre termine de asentarse en el cuerpo del espectador (y diría, de la intérprete).

Cuando los elementos se reducen —como en las alegrías y los tanguillos de Cádiz, con bata de cola— es cuando la figura de Sara Calero crece y conecta con mayor claridad y autenticidad. Quizá una dosificación del conjunto de los recursos habría permitido disfrutar con mayor intensidad de sus virtudes. Y dejar que el renacer surgiera desde el cuerpo atravesado por las experiencias y no simplemente desde una concatenación de efectos que no siempre alcanzamos a comprender.

Galería fotográfica Ana Palma y vídeo – Especial Festival de Jerez 2026




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