Galería fotográfica por Ana Palma y vídeo
Ya no sorprende como antes: entras al teatro y, mientras la gente se quita los abrigos, saluda al compañero de asiento, respira, baja revoluciones y se centra en lo que ha venido a hacer, el asunto ya ha comenzado. En este caso, lo hacía a través de oraciones proyectadas sobre el telón, pesado y solemne, azul profundo del Villamarta: “El umbral: que aquí no entre quien teme perderse en el camino”. Andrés Marín aparece a pecho descubierto y una corneta cofrade le susurra mensajes cifrados del más allá —o del más acá—. Puede que fuera una almita del purgatorio; aún no lo sabemos. Como a bordo de un avión, no queda otra que confiar en quien maneje la barca.
Un público más que expectante ante Matarife/Paraíso mide la temperatura de este panorama raro, incómodo, magnético, incluso desagradable. Porque Ana Morales y Andrés Marín —cuya firma es idéntica en el programa de mano, AM— no buscan en esta ocasión la belleza, la conexión o la armonía. Si aparecen, que sea como consecuencia de otras búsquedas, pero no como objetivo. Lo clave aquí es la antropofagia cultural: reunir en un caldero los códigos populares de las celebraciones cofrades sevillanas y deglutirlos carne mediante, en forma de rapiña, divertimento puntual o cabeceo metalero.
El viaje recoge aromas y texturas de una infancia compartida en la Baja Andalucía y, lejos de sacralizarla, la mira de frente para saborear su patrimonio y, sin romperlo, ensanchar sus horizontes. Que cada cual, desde ahí, diseñe un periplo más honesto, más propio, sin bienquedismo ni dogmatismo. Más disfrute. Más conexión con el apetito primero.
Todo suma en esta propuesta disruptiva, pero sin complejos. Morales y Marín danzan en solitario y en un paso a dos memorable: van a una, dialogan, se hablan y se responden con la carne en la boca o con los brazos afilados como machetes. Se embisten y se cuidan. Qué virguería ver tan bien al otro sin olvidarme de mí: Ana, salvaje y vehemente, gamberra; Andrés, etéreo y curvo, provocador. También es verdad que, cuando Andrés baila con las estampitas en la túnica, ésta es tan larga que casi no apreciamos sus movimientos.
No es fácil seguir el hilo de conceptos tan abstractos, pero quien maneja la barca sabe tanto de timón como de mareas. A base de pellizcos, carcajadas y sustos, una se acopla como puede a los vaivenes: de las cornetas comiéndose el bocata en la Madrugá —con refresco incluido— al cabeceo metalero penitente y al despiece literal que ejecuta Antonio Campos. Cantaor al que, por cierto, solo le faltó hacer el pino puente con los codos: no dejó un palo sin tocar, y no solo en el cante. También empuñó la guitarra, el bajo eléctrico y la percusión. Por momentos, parecía que quien realmente gobernaba la barca era él.
Hay algo de thriller en el ambiente gracias al espacio sonoro de Susana Hernández Ylia, responsable también de unos teclados sacados del apocalipsis. Será allí, en ese final, cuando acaban crucificados con gafas de sol y durmiendo la mona en un amanecer dorado que baña la piel de ambos. Parecen resacosos, supervivientes de un accidente aéreo o salidos de un sueño del que empiezan a despertar.
Una sale del teatro sin tener claro si quiere vomitar, saltar para regular el sistema nervioso o acostarse después de rezar. Puede que ese sea también el mensaje: observa tu propia opresión, las sombras que no le cuentas a nadie, tus deseos negados, la ambición de la carne que todas tenemos, incluso las veganas como yo.
Galería fotográfica Ana Palma y vídeo – Especial Festival de Jerez 2026
