Después de catorce noches de Festival de Jerez, anoche pasó. A una jornada de culminar esta trigésima edición, y después de asistir a montajes de todo pelaje y salir extasiadas, descompuestas, risueñas o somnolientas, anoche se alinearon los astros (incluso los retrógrados) para recibir Color sin nombre.
Galería fotográfica Ana Palma y vídeo
Ni es un espectáculo nuevo (se estrenó en 2022) ni hacía tanto que no veíamos a José Maya en el certamen jerezano (lo inauguró en 2023 con Liturgia), pero hacía casi quince años que el bailaor madrileño de origen andaluz no pisaba las tablas del Teatro Villamarta.
Pero como escuché a alguien al salir del teatro, “los tiempos de la vida son perfectos”, Maya aterriza en Jerez en un momento de madurez artística indiscutible, especialmente a nivel corporal y conceptual. No en vano, su mera presencia provocó múltiples oleadas de jaleos durante toda la noche y arrancó casi sin pausa los mejores oles a tiempo en lo que llevamos de Festival (que es casi todo ya).
Y eso que la propuesta sencilla no era. Porque José hace tiempo que baila para algo más que para bailar per se y se adentra en recovecos del ser humano a través de lo que le impacta, afecta, conmueve. En esta ocasión, Color sin nombre alude directamente a Mark Rothko, leyenda del expresionismo abstracto, aunque él renegara habitualmente de las etiquetas.
El bailaor encuentra puntos de conexión entre la obra de este artista y su sentir flamenco y propone un viaje doble (porque lo que es por dentro es por fuera), espiritual y cuasi místico. Lo acompañará a la guitarra el jovencísimo y virtuoso jerezano Marcos de Silvia (que lleva haciendo virguerías con su instrumento muchos años pese a los pocos que tiene), la percusión de Iván Losada, el cello de Batio Hangonyi y el cante sobrenatural y arrollador de José del Calli, Gabriel de la Tomasa y una Delia Membrive espeluznante que fue para muchas otro de los hallazgos de la jornada. El primer fandango ya tiró veinte puñalás de las que aún estoy convaleciente.
Asistimos a un Maya entregado a su causa contemplativa. Nos sitúa en la Capilla Rothko e induce al trance en una escena de gran lirismo que acompaña el violonchelo con el kaddish, la oración judía que Maurice Ravel rearmonizó. Esta melodía súper cantábile y de fraseos largos permite a Maya dejarse atravesar por el impacto pictórico, que tironea su cuerpo y lo sacude, sumiéndolo en la introspección. Resulta un ejercicio de contención extraordinariamente sensorial y propicio para que cada quién bucee en sus aguas profundas y ajuste cuentas consigo mismo, si es menester. Ahí radica uno de los grandes logros del montaje: sus preguntas rebotan en el público y ya nadie se sienta igual que antes.
Es cierto que la proyección digital audiovisual fluctúa. Usada como guía, a ratos sus destellos chocan y nos sacan del viaje. Otras, en cambio, contribuyen maravillosamente a profundizar en los estados anímicos que el bailaor atraviesa y encarna. Con todo, el madrileño hizo gala de sus estándares innegociables: fuerza, ternura, expresividad, gusto, sorpresa. Mandando por farruca, siguiriya, cantiñas, soleá y bulerías en su baile, porque señorías, este bailaor también canta y canta y baila. Se marcó una soleá a palo seco que cantó a medias con sus cantaores, hasta que se mete en el romance del Conde Niño para estallar, juicioso y vertical, por bulerías, con un zapateado deslumbrante y preciso como un bisturí.
Poco a poco, los colores de la atmósfera han ido mutando. De las profundidades del negro al ocre terrenal hasta fundirse en un cortejo de nubes que confirma la metamorfosis. Pero no nos confundamos: no se trata de un final feliz sino de celebrar la valentía de mirarse y rebuscarse.
Con los astros remando a favor, un Marcos de Silvia pletórica y creativa (de la que seguiremos hablando) y un cante en estado de gracia, José Maya se corona con este viaje arriesgado y valiente. Un viaje con el que parece cumplir una promesa no escrita: la de ser fiel a sí mismo.
Galería fotográfica Ana Palma y vídeo – Especial Festival de Jerez 2026
