Festín para Ramón Montoya: la danza cortesana y revoltosa de Estévez y Paños

Galería fotográfica Ana Palma & vídeo

Qué curioso soñar con las doncellas y, cuando hay que ponerse a escribir, se queda una en blanco, como El Bo en este mismo teatro. Qué difícil es arrejuntar las letras pertinentes para dar una idea, así sea leve, de lo que Doncellas (Juerga Permanente) trajo anoche al Festival de Jerez.

El estreno absoluto más esperado del certamen jerezano volvió a demostrar la amplitud creadora del tándem artístico formado por Rafael Estévez y Valeriano Paños. Su trayectoria está ya inscrita en el olimpo flamenco por muchas razones, aunque una de las más importantes es la de ser capaces de poner de acuerdo a los más gore de la vanguardia y a quienes defienden la vertiente más conservadora.

Desde esa orilla suya única en la que resaltan la pulcritud coreográfica y escénica, el manejo estratégico de la dramaturgia y el cuidadísimo trabajo coral, estos hijos del futuro que tanto miran al pasado tejieron una red tupida y flexible sobre la que oscila todo lo demás. De los bailes individuales ortodoxos (e impecables) al hacer entre todos una pavana cumbianchera con tintes de kung-fu. De los café-cantantes a los teatros. De las fiestas de terratenientes a la celebración colectiva. De la factura deliciosa a sacar el móvil.

En ese universo E&P todo cabe, pero solo lo que supera el filtro de estos Premios Nacionales de Danza 2019, que no es un detalle menor, porque procede de una dilatada y profunda querencia por la investigación terrenal. Cualquier detalle, por espontáneo que pueda parecer, proviene de algo previo estudiado y analizado de un tiempo del que tantas joyas quedan por desempolvar todavía. De Manuel Vallejo a la Niña de los Peines, pasando por una especie de Young Pope de Sorrentino con bajos reguetoneros para volver a la Milonga de Ramón y estallar en un after psicodélico.

Incluso el punto final sugiere creación sin fin, pues terminan como empiezan, por rondeña de Montoya en manos y cuerpo de Alejandro Hurtado. Tremenda responsabilidad para el alicantino meterse en la piel del gitano madrileño que elevó la guitarra flamenca de acompañamiento a solista de concierto, entre otros logros.

Además de Rafael y Valeriano, vemos en todo momento al resto del equipo: Yoel Vargas, Manu Montes, Jorge Morera, Jesús Bergel, José Alarcón y Jesús Perona. Este rebaño que bala, muge, cacarea, masca, asesina y procesiona, se da un aire a los Yesterday de Juan Carlos Aragón puestos de MDMA. Pero también podrían parecer a ratos una banda de pequeños hooligans de un instituto de Arizona. No deja de sorprender la capacidad que tienen Estévez y Paños de convertir a quien se acerca a su religión, una bien flexible y divertida.

Fieles a su línea de riesgo e innovación, y a la voluntad de honrar el caudal, estos creadores presentan el flamenco como lenguaje principal sin dejar de echar mano de la danza española, la contemporánea o el folklore. Todo en su caja de herramientas cobra sentido. Tampoco dejan de lado parte de la historia jonda con sus sombras: el hilo de la juerga permanente, el subtítulo de la obra, tiene que ver con el poema que dedicó a Montoya Manuel Benítez Carrasco, Juerga en el cielo, pero también con la necesidad que pasaron muchos flamencos, siempre ávidos de una juerga con la que llevar el pan para su casa. Todos los paisajes de esta inventada línea de tiempo parecen cercanos y están íntimamente trabados con el diseño de luces de una Olga García inmensa: concentra su saber de años en la sutileza de subrayar lo esencial. No en vano, la caja negra del Villamarta estaba prácticamente desnuda. Qué fácil y qué todo lo contrario.

Uno de los momentos más aplaudidos con luces rojas y fumando a contraluz, que acaba con besos de fuego y tosiendo, la excusa perfecta para llegar al anuncio de Antonio Chacón de las pastillas Crespo, “con mentol y cocaína”. Las doncellas enfilan para comulgar y el jilguero del flamenco, encarnado en Estévez, da una a cada uno como si fuera una hostia consagrada. Cuando vemos el inicio pero al revés en un espejo infinito, sabemos que la juerga continuará, pero no hoy. Remata Hurtado-Montoya por rondeña. Esta vez, con la camisa partida. No es para menos.

Galería fotográfica Ana Palma y vídeo – Especial Festival de Jerez 2026

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