Después de años viéndole sostener edificios enteros del baile y del cante con su soniquete, había curiosidad por saber qué nos iba a contar José Manuel Ramos El Oruco. Con el pretexto de “dar a la palma el lugar que merece” y compartir con el público “los momentos y artistas que más me han marcado en la vida”, el sevillano presentó Patrón en el Festival de Jerez, rodeado de un elenco de altura en el que destacaban, ya de antemano, todos los nombres.
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Así, este estreno absoluto caminó de la mano de Pepe de Pura, José Ángel Carmona y José El Pechuguita (que, por cierto, no aparece en el programa de mano) al cante, Paco Vega a la percusión y Juan Campallo a la guitarra. Solo por ellos ya merecía la pena ir hasta el Centro Social Blas Infante.
Pero este montaje, codirigido por Eva Yerbabuena y Rocío Molina, caminó desigual: con momentos electrizantes y bellísimos, de esa flamencura que nos hace estallar de llanto-risa inexplicable, a otros en los que los bailes se alargaron tanto que la energía se estancó y costó recuperarla. Amén de un volumen a todo lo que da, tan incómodo e irritante que dificultaba conectarse a lo que pasaba en escena.
Aun así, la presencia de artistas invitadas fue lo mejor de la tarde. Primero, Torombo, con el que Oruco jugó al dominó, pero no en una partida convencional, sino a hacer compás con las fichas, los nudillos, los puños y las palmas en un juego de espejos que dejaba embobada a cualquiera. Después apareció Carmen Ledesma hablando del flamenco de su vida y del paso de los años: “ese zapateado tan rápido que yo ya no puedo hacer”. Se levantó de la silla: “pero sí puedo mover los brazos”, dijo, mientras suspirábamos el resto. Bailó con su contundencia y sabrosura habitual, dedicándoselo a Juana la del Pipa, cantaora jerezana que está recuperándose de un problema de salud. Este momento de sororidad recibió una de las ovaciones más intensas del montaje.
Papelón para quien osara bailar después de Ledesma. Así que Oruco le canta a Karolina González La Negra, que se marca una soleá larga a través de un hilo rojo (el que la une personal y profesionalmente al protagonista) con el que baila enredada. Pese a su baile potente y de gran presencia, nos desinflamos ante un cierto caos organizativo de entradas y salidas difícil de entender, hasta que la aparición de Rocío Molina hizo enmudecer a la sala. La malagueña fue como una bombita en el corazón y una lección magistral de baile con intención y autenticidad. Lo único a lamentar fue que la iluminación —especialmente descentrada en este punto, y que usó dibujos de las orquestas de los años 90— no subrayara los momentitos sutiles pero reveladores de cada número.
Al final, Patrón se impone como un retrato en bruto de lo vivido y compartido. Oruco bailó y dictó sentencia porque es soberano en lo suyo, pero parece que se cobijó al abrigo de tantos invitados en lugar de ocupar el papel central que le correspondía y que tantas ganas teníamos de ver. Entre la magia de momentos de goce indiscutible y los baches logísticos, el corazón se impuso: lo que une a los artistas presentes en la pieza es que Oruco los ama y están aquí porque es algo mutuo. Y la reciprocidad es más importante que decir te quiero mil veces.
Galería fotográfica Ana Palma y vídeo – Especial Festival de Jerez 2026
