Hacer de la oscuridad algo bello. Atravesarla, dejarla ser, vivirla con conciencia plena y ver qué sale de ella. Vivir la sombra desde dentro y dejar que salga el lamento. Un escenario negro, con más sombras que luces, una propuesta que requiere una amplia orquestación entre todos sus elementos, una armazón cronometrada y dejar que la emoción fluya.
Es difícil describir, sin ponernos poéticos, lo que ocurre en el escenario durante Himno vertical, la nueva propuesta artística de Rocío Márquez (Huelva, 1985) y Pedro Rojas Ogáyar (Torres, Jaén, 1984), que este jueves se presentó en Madrid, en el Centro de Cultura Contemporánea CondeDuque, donde volverá a mostrarse el próximo sábado. No es un concierto al uso, no sólo por la profundidad de la materia musical, también por el desarrollo escénico que han elegido.
¿Alguna vez has ido a un concierto, del estilo musical que se te ocurra, en el que la presencia del vocalista no sea el centro? Yo no recuerdo ninguno y algunos llevo a mis espaldas. Ocurre en Himno vertical.
El esquema de este trabajo (discográfico primero, escénico después) tiene una estructura de obra clásica: arranca con una obertura, tiene varios actos en los que se intercala un interludio, y cierra con una coda. Pasa de la oscuridad a la luz, con momentos de intensidad interpretativa y transiciones, que motivan cambios de vestuario, movimiento en escena y otros de quietud.
La guitarra de Rojas crea una atmósfera profunda y elevada en la obertura, pero lo hace completamente a oscuras. La voz entra sin presencia física, sólo a partir de esa presentación musical., permitiendo una conexión con la emoción directa, sin explicaciones ni intermediarios.
Lo que hacen Márquez y Rojas trasciende los géneros. Hay flamenco, pero en una obra como esta pierde todo el sentido analizar qué canales usa Márquez para vehicular la propuesta, por más que sea perfectamente identificable, en compás e incluso en letras. Aquí el flamenco es otra cosa: es un sustrato que sirve para llegar a otros lugares, a través de la experimentación, de la intensidad, las medias voces, los recitativos y juegos vocales. El flamenco respira, es libre, y permite la escucha real entre los dos protagonistas, no como la clásica propuesta-respuesta, porque se produce un diálogo real. Todo ocurre en un escenario en el que cada elemento envuelve, arropa y eleva el significado.
Himno vertical nació como un réquiem, como parte de un proceso de duelo que ambos músicos estaban viviendo, y eso marca el tono. Perlo que ocurría este jueves en Madrid ante las 260 personas que completaban el aforo del auditorio, trascendía ese origen. La materia con la que trabajan, de la que son canal, sigue viva, y se adapta cada noche. He tenido el privilegio de acompañar la propuesta desde sus inicios escénicos y observo cómo crece y cómo, efectivamente, cambia, se adapta y crece.
Hay detalles de excelencia: la calidad del sonido que dirige Javi Mora, que puede transformar el canto de Rocío Márquez en un bucle de asfixiante intensidad, o la guitarra de Rojas en una ambientación que hace volar hacia otra dimensión. La iluminación también aporta esa precisión requerida: pasar de la sombra a la luz, delinear perfiles, incomodar, apuntalar el discurso. La maestría de Benito Jiménez se expande en este proyecto al detalle.
Y en el centro, una música que parte de la estructura del disco para expandirse y contraerse según el momento lo requiera. Hay experimentación, pero sobre todo, hay solemnidad y liturgia. ¿Qué sentido tiene, cuándo estos son los ingredientes, analizar el detalle de la actuación? El estado de madurez como artista, como creadora, como música, de Rocío Márquez, es evidente y, como público, se agradece que haya sido capaz de encontrarse con otro artista que trasciende etiquetas, que es virtuoso pero, sobre todo, es capaz de dialogar en ese espacio de emoción y profundidad. El que este jueves atendió en sepulcral silencio a la propuesta, lo entendió así.
Fotografías: Rodolfo Contreras
