Hay artistas que no eligen entre mundos: los habitan todos a la vez. María Marín (Utrera, Sevilla, 1987), guitarrista y cantaora/cantante, creció entre las clases en el conservatorio y los viajes en coche con Camarón sonando de fondo, y lleva desde entonces tendiendo puentes que otros ni saben que existen: entre Fernando Sor y Tom Waits, entre una soleá de Utrera y George Crumb, entre la voz que brota de la garganta y las cuerdas que vibran bajo los dedos. Fue necesario cruzar medio continente -años de vida y escena en La Haya y Rotterdam, a donde marchó para estudiar un máster en guitarra clásica- para que esa libertad encontrara por fin su forma.
Su carrera la ha llevado a trabajar junto a algunos de los nombres más importantes del flamenco contemporáneo: ha cantado para bailaoras como Leonor Leal, Vanesa Aibar o Úrsula López. En la Bienal de Flamenco de Sevilla de 2022 estrenó Sinda junto a Pastora Galván, que supuso otra demostración de hasta dónde puede llegar su voz cuando se queda a solas con la guitarra. Es colaboradora habitual de Pedro G. Romero, pero todo cambió para ella cuando Israel Galván la llamó para una sustitución en La edad de oro y descubrió en ella algo que ella misma todavía no había terminado de ver. Desde entonces, Marín se ha convertido en una de sus colaboradoras más estrechas: ha sido su voz y su guitarra en Dream, el espectáculo sobre la maternidad que Galván creó junto a Natalia Menéndez en el Teatro Español, y también la presencia flamenca que acompañó su relectura de la ópera Carmen -junto a la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla- con la que clausuró la XXIII Bienal de Flamenco en el Teatro de la Maestranza. Una trayectoria que la sitúa, sin necesidad de etiquetas, en el centro mismo de lo que el flamenco más vivo está haciendo hoy.
Las tres Marías, su nuevo álbum publicado en marzo de 2026 en el sello Plan B Records, es el resultado de ese regreso: doce canciones de voz y guitarra a pelo, donde la canción de autor, el flamenco más antiguo y la experimentación conviven como si nunca hubieran estado separados. Un disco de infancia y memoria, de amor y abandono, enhebrado con poemas de Lorca, una nana de Tom Waits y un Ave María silbado en homenaje a su padre. Este martes lo presenta en directo en Madrid, y el próximo 19 de septiembre el disco llegará a su cita más importante: la Bienal de Flamenco de Sevilla, donde la tierra sabrá reconocer, en su propia lengua, todo lo que María Marín ha ido construyendo lejos de ella.
¿Cómo estás viviendo el lanzamiento de ‘Las tres Marías’? ¿Qué feedback estás recibiendo?
Está siendo muy especial y también muy emocionante para mí. Es un disco importante en el desarrollo de mi carrera, pero sobre todo creo que es un disco que necesita que la gente lo escuche con calma, que lleva su tiempo. Hemos decidido hacer un álbum de voz y guitarra a pelo, grabado a la manera antigua, sin truco ni cartón, y donde me acompaño la voz. Todo se ha hecho desde una línea más cantautora. La verdad es que lo estoy recibiendo con gran expectación, también por ver cómo acoge el público esta nueva etapa de mi vida como músico, porque es un disco muy distinto a lo que venía haciendo.
¿Cómo se relaciona este trabajo con tu disco anterior y con tu faceta escénica?
Bueno, te soy totalmente honesta: al final los discos que uno hace son resultados de un proceso. En estos últimos tiempos, desde las colaboraciones con Israel Galván, estando de la mano de Pedro G. Romero y colaborando con Proyecto Lorca, me he movido por senderos distintos, y en todos esos procesos he ido desarrollando inquietudes y componiendo música. Para mí no está lejos de esta última etapa mía como música. La diferencia, respecto al primer disco que saqué, que fue también una autoproducción, es que ahí yo necesitaba cantar y tocar a la vez, unir esas dos piezas, porque estaba literalmente haciendo mucho tablao y mucho baile como cantadora de flamenco, y al mismo tiempo era intérprete meramente clásica. Llegó un momento en que eso era insostenible: ahí fue la primera carta de presentación y la bisagra. Aquí ya me he sentido con mucha más libertad para explorar un nuevo sonido que está en mí pero que no había investigado tanto. Es otro registro de la voz, que tiende más a la canción popular o a una línea cantautora, donde ya está más desarrollada la faceta experimental y compositora, porque tengo otra experiencia. Y sobre todo también influye la etapa que estoy viviendo, que es distinta: mi vuelta a España después de muchos años. Son sensaciones y vivencias completamente diferentes.
Cómo conviven todas tus facetas artísticas en ‘Las tres Marías’: la música clásica, la investigación, lo flamenco, la creación, la canción popular? ¿Hay tres Marías?
Si nos ponemos a pensar, en vez de tres Marías podrían salir más. Las tres están bien definidas: siempre he sido guitarrista clásica, luego me aficioné y profesionalicé en el cante flamenco, y después llegaron la composición y la experimentación. Lo que pasa es que ha sido muy orgánico. Yo me siento muy híbrida: para mí no ha sido un esfuerzo relacionarme con todas esas facetas porque han convivido de alguna manera en mí desde siempre. Tengo una formación clásica, pero al mismo tiempo en casa había una afición muy fuerte a Los Chichos, los flamencos más clásicos, a Morente… Y por otro lado me he ido cruzando con artistas geniales, como Israel Galván, que tienen la capacidad de ver en ti lo que tú todavía no has visto. Eso es muy positivo, porque de repente te encuentras de frente con cosas que no sabías que podías hacer: por ejemplo, la nana de Tom Waits, ‘Lullaby’, que le ha hecho una adaptación al español. Israel me la pidió en inglés y yo no había cantado en inglés nunca. Creo que todas conviven porque yo soy todas esas Marías, solamente que están evolucionando.
Escuchando el disco hay mucha diversidad, pero a la vez todo tiene un sentido. ¿Hay un hilo narrativo para ti en este trabajo?
Me encanta que me lo preguntes, porque muchas veces, hasta que no me hacen estas preguntas, yo misma no sé por qué he hecho ciertas cosas. Bueno, para mí hay varias cosas, pero el hilo del que tirar es la infancia. Creo que, de alguna forma, he hecho un álbum materno: con todas las canciones he dado un paso hacia la infancia, hacia todo lo que hay ahí, porque ahí está todo: la relación familiar, las cosas que de niña vives en el pueblo… De ahí, por ejemplo, rescatar ‘Señorita’, los cuentos de Lorca, la música popular, ‘Lullaby’… Para mí, al final, es también una manera de sanar y de entender temas como el abandono o las distintas formas de querer que tenemos los seres humanos. Creo que es una propuesta valiente.
¿Y el ‘Ave María’ silbado? ¿De dónde viene ese momento tan particular?
Por una parte era un guiño, porque ‘Las tres Marías’ podría tener una connotación litúrgica, aunque yo creo en mis cosas y en mi Virgen de Consolación, no es que ahora me vaya a dar por ese camino. Para mí ese momento tiene mucho que ver con la relación con mi padre: cuando me llamaba de pequeña, siempre me silbaba. No me cantaba, me silbaba, me hacía bromas silbándome. Necesitaba una pausa en el disco, un descanso, y ese descanso era con mi padre y con esa relación. No es un taranto, es un Ave María. Al final están ahí los distintos tipos de relaciones y cada uno puede hacer su propia lectura, pero yo diría que el hilo está en la infancia, totalmente.
Tu biografía es muy peculiar: eres de Utrera, donde el flamenco está en el ambiente, pero también estudiaste en el conservatorio. ¿Cómo fue ese camino de estudio?
Sí, es una buena pregunta, porque yo también lo pienso. Yo tenía muy claro desde que tengo uso de razón que quería cantar y que iba a cantar. Lo que pasa es que en aquel momento en Utrera ni se podía estudiar guitarra flamenca, y mi padre, que en ese sentido era más conservador, no quería tampoco esa vida para mí. Pero yo conviví con las dos cosas: por un lado iba al conservatorio, y al mismo tiempo mi padre me llevaba en un Seat 127 con un álbum de Camarón y hacía que yo amara eso. Desde muy joven sentí que no entendía por qué tenía que separar ambas cosas ni por qué tenía que ser solamente una.
¿Y el salto a los Países Bajos fue también algo natural o hubo un momento de «¿y yo qué voy a hacer allí?»
Pues muy fácil: yo sabía que como guitarrista tenía cierto potencial y mis padres siempre apoyaron la música como modo de vida, sobre todo la parte académica. Pero yo necesitaba cantar y sabía que en esos años me iba a encontrar con muchas barreras, incluso en mi propia familia. Vi que irme a los Países Bajos era una oportunidad real: mis padres me iban a apoyar y allí iba a poder hacer muchas cosas con la voz. De hecho, llegué y empecé a trabajar antes como cantante que como guitarrista. Me fui al conservatorio de Rotterdam, dije que era de Utrera, y acabé dando clases en la universidad. Me mezclé con músicos de jazz y de world music y me vi libre, libre de poder hacer lo que no me habría atrevido a hacer. Fue natural porque quería salir de Utrera para estudiar, pero también supe que si no salía de allí, probablemente no lograría lo que quería hacer con la voz.
¿Y cómo es la vuelta? ¿En qué momento decides volver a España?
La vuelta es el resultado de varias cosas. Primero, yo tenía un sueño desde muy jovencita: cuando vi bailar a Israel Galván, quise estar cerca de él. De pronto eso ocurre: me llama para un espectáculo con Pastora que él dirige. Pero aparte de eso, a raíz de sacar ‘Junio’, mi primer disco, iba y venía bastante de España a trabajar y nunca tomé la decisión de quedarme siempre en Holanda. Llegó el momento de lanzarse y volver, también porque Israel me estaba literalmente apoyando. Cuando me llamó para una sustitución en ‘La edad de oro’, sentí un voto de confianza enorme. Así que decidí volver. Y claro, cuando vuelves a tu lugar de origen después de casi catorce años, te encuentras con muchas cosas que a veces te hacen daño, porque tú has cambiado pero las cosas a lo mejor siguen siendo iguales. Todo ese proceso también ayudó a que compusiera este álbum.
En Utrera se ha formado una especie de comunidad artística con Leonor Leal, Proyecto Lorca… ¿Cómo es esa conexión utrerana?
Me parece una cosa maravillosa, primero porque son buenas personas y buenos músicos todos. Hace un tiempo, David Lagos se vino a comer con nosotros a Utrera y nos decía: “aquí pasa algo muy peculiar”. Me quedé con eso y ahora, un tiempo después, lo pienso y digo: es verdad, en Utrera se ha dado algo muy peculiar en estos últimos tiempos. Están Andrés Barrios, que ha salido tocando de una manera increíble; los Proyecto Lorca, Juan y Antonio, que son muy peculiares y también han estado mucho tiempo cerca de Israel; Leonor, que está afincada allí… hay muchos músicos y la relación es maravillosa.
¿Cómo se fraguó la colaboración con Juan Jiménez, de Proyecto Lorca, en el disco?
Fue muy natural, porque Juan es un músico que tiene muy buenas ideas, sabe mucho y le suena muy bien el instrumento. Nosotros veníamos trabajando desde hace tiempo con Pedro G. Romero, y todas las influencias del mundo de George Crumb, de la música contemporánea, ya las habíamos fraguado juntos desde hace tiempo. Entonces Juan y yo ya nos conocíamos. Se vino a Granada, fuimos a grabar en La Mina con Raúl Pérez, fue rápido, orgánico, todo muy fluido.
Aunque tu propuesta no es exactamente flamenca, hay una conexión con una tradición olvidada de mujeres cantaoras que también se acompañaban a sí mismas con la guitarra en el flamenco. ¿Te sientes conectada con ese legado?
No he indagado tanto en ello, hay que ser honesta. Sé que había cantadoras que se acompañaban a sí mismas —si no me equivoco, La Serneta era una de ellas— y soy consciente de ello. Lo que pasa es que yo no he tenido ese referente: no crecí escuchando cantadoras que se acompañaran. Me siento muy orgullosa de que, cuando hago la música que hago, pueda existir otra chica que cante y se acompañe y diga: «Mira, hay una compañera que también hace esto». Yo no lo he tenido: no he tenido a alguien que tocara una pavana del siglo XVI y también cantara por soleá. A día de hoy ya hay referentes, compañeras como Rosario La Tremendita, que están ahí dando caña, y es muy importante. Mis referentes en el cante han sido muy masculinos, pero eso ya está cambiando, afortunadamente.
¿Percibes en el mundo de la guitarra flamenca reticencia hacia las mujeres o hacia nuevas formas de tocar?
Yo tengo que ser sincera: como siempre estudié guitarra clásica, donde había muchas compañeras guitarristas, ese machismo en la guitarra flamenca no me ha tocado vivirlo directamente. Sé que existe y es real, pero a mí no me ha afectado porque siempre he estado en el ámbito clásico, y en la academia la cosa era distinta. Quizás eso también me ha dado más libertad, porque mi forma de cantar es otra: por formación, por solfeo, por guitarra. Y nunca he pretendido sonar a nadie. Siempre he tenido claro que no podía ni debía imitarme en nadie.
¿Cómo te inspiras? ¿A dónde recurres cuando necesitas encontrar un punto de partida?
Yo siempre me voy a lo antiguo. Por ejemplo, he hecho una canción que son los caracoles de Julia, una canción de amor a mi sobrina, pero empecé yéndome a la guitarra de Niño Ricardo, estudiando los caracoles de Chacón y haciéndolos para baile, y luego lo he convertido en otra cosa. Pero siempre creo que eso tiene que estar. Conocer el cante más primitivo y la guitarra más antigua es lo que realmente me da más libertad, porque creo que ellos eran más libres que ahora.
¿Qué es lo que más has aprendido trabajando con Israel Galván?
Qué buena pregunta. Hay varias cosas. Por un lado, yo siento que aprendo constantemente. A mí me pasa algo con Israel que creo que es verdad: es muy sencillo trabajar con él. Interiormente lo entiendo, entiendo cómo él siente, y el trabajo entre los dos fluye. Eso es muy importante, porque a veces vamos con mucha presión y poco tiempo. Pero más allá de eso, aprendo formas de trabajo y de resolución en la creación. Él sabe cuándo simplificar y cuándo dar exactamente en la tecla. Sabe tratar al público, tiene un sentido del humor con un control increíble y una visión de la música que va años por adelantado. Musicalmente me da a conocer músicas y autores que de repente descubro y puedo investigar, como pequeñas píldoras que se quedan contigo. Y lo que más me ha fijado últimamente en él es que uno tiene que creer en lo que hace. Tiene que fiarse de esa libertad creativa. Eso nunca es un error y es lo que te lleva a sacar tu mejor versión.
Este martes presentaste el disco aquí en Madrid y una fecha importante en el horizonte es la Bienal de Flamenco de Sevilla. ¿Cómo estás preparando las dos citas? ¿Cómo es la puesta en escena de ‘Las Tres Marías’?
Estoy con un nervio bonito, un poco nerviosa, pero llevo el repertorio seguro. En esta ocasión vamos a aprovechar el aniversario de Plan B, así que habrá varios conciertos. Pero mi intención es que la puesta en escena sea en solitario: desde mi vuelta a España creo que eso es lo que toca, crear también esa imagen y defender el disco como lo que soy, guitarrista y cantante. En la Sala Villanos de este martes el concierto es un poco más corto, sin muchos cambios de luces, aunque trabajaremos la luz con Benito Jiménez; será un concierto más estándar. Para la Bienal tenemos reservadas más sorpresas: estoy componiendo música nueva para implementar en este álbum, que sigue en desarrollo. Y quiero resaltar también la vertiente flamenca, porque este álbum tiene una semilla muy flamenca aunque no lo parezca a primera escucha. En la Bienal me gustaría que eso quedara bien visible, pensando también en el público que viene a vernos. Así que serán conciertos totalmente diferentes.
Vídeo y fotografías de la presentación de su disco en Sala Villanos
