‘Arena’ -Seis coreografías de Israel Galván para el mundo de los toros

XIII Bienal de Flamenco de Sevilla

“Arena”
“Seis coreografías de Israel Galván para el mundo de los toros”
Domingo, 3 de octubre, 2004. 2100h.
Teatro de la Maestranza, Sevilla.

Texto : Estela Zatania
Fotos: Manny Rocca

Baile: Israel Galván. Guitarra: Alfredo Lagos. Cante: José Anillo. Percusión: Isaac Vigueras. Palmas: “Bobote”, “Eléctrico”. Gaita del Gastor: Mercedes Bernal.

Colaboraciones especiales: Enrique Morente, Diego Carrasco, Miguel Poveda, Diego Amador. Cuarteto de percusiones de la OJA. Banda Los Sones.

Desde la superficialidad de Broadway hasta un viaje alucinante al fondo de la mente de Israel Galván – en esta Bienal de Flamenco de Sevilla hay de todo y más. El dilatado libreto de “Arena” con unas 800 palabras supera por mucho la extensión de esta crónica y contiene una frase que desmiente el texto de aquel: “Jamás el bailarín debe de pensar en lo que está bailando”. Entonces parece aconsejable hacer caso omiso del rebuscado texto y comentar la presentación en sí.

Existen dos hechos contundentes: la obra va de toros e Israel Galván es un genio. A partir de allí la cosa se enturbia bastante con imágenes y referencias que desafían nuestra capacidad de reaccionar sin analizar, o en algunos casos, de perdonar los excesos de una mente prodigiosa.

Galván es el único bailaor o bailarín de la obra que además no es de corta duración ni tiene descanso. Al comienzo, cuando las luces se han atenuado y todos estamos en la oscuridad y el silencio roto únicamente por alguna que otra tos nerviosa, hay un largo período antes de que esa ausencia de estímulo sensorial sea aliviada por las primeras imágenes proyectadas de Enrique Morente cantando con Israel Galván, sentado a su lado, supuestamente presenciando ambos una corrida, un intermedio que se repite entre número y número.
Aquella demora inicial, que no es un descuido, nos incomoda deliberadamente y nos altera – no es que el tiempo se detenga sino que se deforma como un reloj de Dalí derritiéndose, y este estado de enajenación se cultiva a lo largo de la obra.

El riesgo, la osadía y el esperpentismo componen el carnet de identidad de Israel Galván

Israel no sólo baila…Israel filosofa, sorprende, confunde, provoca… Difícilmente su trabajo se puede mirar como entretenimiento – es más bien alimentación intelectual y espiritual.
O al menos a eso aspira, pero con resultados desiguales. Le gusta reaccionar, incluso bailar con el atrezzo. Una mecedora es coprotagonista de un baile…el objeto es volcado, amado, temido, asaltado para convertirse en toro, amante, verdugo… En otra coreografía el burladero de una plaza de toros sirve de pareja de baile inmóvil y lugar apto para recibir los cabezazos y patadas del bailaor.

El riesgo, la osadía y el esperpentismo componen el carné de identidad de Israel Galván, pero algunas cosas simplemente no funcionan o son confusas e incoherentes, por no decir aburridas.
Otras cosas sorprenden: unas alegrías, en principio clásicas, son interrumpidas repetidamente por el sonido agrio, chocante, desafinado y primitivo de una gaita del Gastor, y de alguna manera la cosa marcha sin que nadie pregunte por qué, como debe de ser.
Un conjunto pachanguero toca música de pasodoble y Galván baila encima de una mesa metálica con aparatos metálicos en los pies cual Flash Gordon para conseguir el sonido de metal sobre metal. Luego sevillanas, inmóvil, escuchando la música excepto por el ocasional remate.

La casi total ausencia de referencias flamencas, más concretamente de compás, llega a cansar, y la aparición de Diego Carrasco con su eterno son de fiesta es un alivio sin el cual la obra hubiera resultado excesivamente cerebral y pesada. El sonido grabado de los olés de miles de personas en una plaza de toros facilita un trasfondo hipnotizador y el cante de José Anillo y Miguel Poveda limpia el aire cargado como ambientador de bote. Destacadas colaboraciones, además de las mencionadas, de Diego Amador al piano, y la guitarra de Alfredo Lagos.

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